Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

Ven con todo tu ser

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El lunes por la mañana me puse mi camisa buena. Era azul, con un estampado blanco diminuto que solo se veía si te acercabas mucho, y Kyle había dicho una vez que me hacía parecer «un tipo que sin duda te devolvería el cortacésped». Había decidido tomármelo como un cumplido.

—No —dijo Reggie, de pie en el umbral del dormitorio.

No había entrado. Nunca entraba. Se quedaba justo en la línea donde el suelo del pasillo daba paso a la moqueta del dormitorio, con las punteras de los zapatos negros tocando el borde, como si allí hubiera una pared invisible.

—¿No qué? —pregunté.

—Ese cuello. No está planchado.

—Está bien.

—No está bien. Pareces un hombre que ha dormido en una bañera.

—Es que he dormido en una bañera.

—Sí, pero en tu nueva oficina no tiene por qué saberlo nadie. —Echó un vistazo a la habitación—. ¿Hay una plancha?

Había una plancha. Estaba en el armario de la cocina, era muy vieja y muy pesada, y tenía el cable recubierto de tela. No quería usarla. Estaba seguro de que me iba a dar una descarga eléctrica.

—Gaz —llamó Reggie—. ¿La plancha es segura?

La cabeza de Gaz salió del radiador del dormitorio.

—Segurísima, colega. Revisé el cableado en el 96. Bueno, revisé la mayor parte del cableado. —Se quedó pensativo—. No la uses en la bañera.

—¿Por qué iba a usar una plancha en la bañera?

—La gente hace de todo.

Planché el cuello. Reggie se quedó en el umbral y me fue explicando cómo hacerlo. Presiona, no arrastres. Empieza por las puntas y ve hacia el centro. Nunca pases la plancha por encima de un botón. Cuando terminé, miró la camisa y después asintió una vez.

—Aceptable —dijo.

Con el tiempo aprendería que, viniendo de Reggie, aquello era el mayor elogio posible.

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Brightwater London estaba en la cuarta planta de un antiguo almacén de ladrillo de Shoreditch, convertido en oficinas. En el vestíbulo había una máquina de café que parecía una pequeña nave espacial, una pared llena de plantas y un enorme letrero de neón rosa que decía VEN CON TODO TU SER.

Me quedé un momento delante del letrero con mi acreditación de visitante. Era una buena idea. Por experiencia, las oficinas que te pedían que fueras con todo tu ser normalmente querían decir todo tu ser menos las partes que pudieran incomodar a un cliente.

—Es una chorrada, ¿verdad? —dijo alguien a mi lado.

Tendría más o menos mi edad: bajita, con el pelo negro y largo recogido en una coleta alta y unas gafas grandes y redondas de montura roja. Llevaba dos cafés y una bolsa de bollos, y un portátil bajo el brazo.

—¿Perdona? —dije.

—El letrero. Martin hizo que lo pusieran el año pasado. Se leyó un libro. —Se recolocó los cafés para poder tenderme la mano. Luego se dio cuenta de que no podía y lo dejó—. Priya. Equipo de redacción. Tú eres el estadounidense. Dav, ¿verdad? ¿Kowalski?

—Ese soy yo.

—Se supone que tengo que ocuparme de ti. Tu primera semana. Enseñarte dónde está todo. —Sonrió. Fue una sonrisa rapidísima y muy lista—. Además, uno de estos cafés es para ti, así que ya soy tu mejor amiga.

Tenía razón. A la hora de comer, ya era mi mejor amiga.

Priya me enseñó los escritorios, que no eran escritorios, sino largas mesas de madera donde cada uno se sentaba donde quería, «como en el comedor del colegio», dijo.

Me enseñó la cocina, donde había una nevera con un cartel que decía POR FAVOR, DEJAD DE ROBARLE EL YOGUR A ANDREW.

Me enseñó las salas de reuniones, que llevaban nombres de calles famosas de Londres, así que podías decir cosas como «Llevemos esto a Abbey Road».

También me habló de todo el mundo. En una sola mañana me enteré de que el director de diseño estaba escribiendo en secreto una novela fantástica, de que dos de los ejecutivos de cuentas llevaban un año saliendo y creían que nadie lo sabía, y de que el perro de la oficina, un animalillo marrón que se llamaba Biscuit, no era de nadie: simplemente había aparecido un día y nunca se había marchado.

—Un poco como un fantasma —dije, antes de poder evitarlo.

Priya me miró.

—¿Qué?

—Nada. Que apareció sin más. Y se quedó.

—Biscuit no es un fantasma. Biscuit come muchísimo jamón. —Me observó con más atención—. ¿Crees en los fantasmas?

—No —dije—. O sea, no creía. Antes.

—¿Antes de qué?

—Antes de Londres.

Se rio. Pensó que era una broma. Dejé que lo pensara.

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A las once conocí a Martin.

Martin Hale era el director de la oficina de Londres.

Era alto y atlético, con una barba muy corta que parecía diseñada por un comité, y llevaba una camiseta negra bajo una americana azul y unas zapatillas blanquísimas.

Me estrechó la mano con las dos manos, como hacen algunos hombres cuando quieren que sepas que son sinceros.

—Dav —dijo—. Qué bien tenerte aquí. El equipo de Columbus dice que eres un genio.

—No creo que dijeran «genio».

—Dijeron «muy fiable». Que para mí es ser un genio. —Se rio. Yo también, porque eso es lo que se hace—. Tu trabajo para la cuenta de las pizzas congeladas fue brillante. «Masa crujiente, cero complicaciones». Sencillo. Claro. Sin dramas. Eso es lo que quieren nuestros clientes.

—Gracias.

—Eso es lo que me encanta de vosotros, los americanos—dijo Martin—. Lo hacéis todo simple. No sois, ya sabes...—Hizo un gesto circular con la mano—. Complicados.

No sabía a qué se refería. Aun así, asentí.

—En fin, que tengas una buena primera semana. Priya te enseñará todo. Y recuerda—señaló el letrero de neón rosa a través de la pared de cristal de su despacho—: sé tú mismo, ¿vale? Aquí somos muy abiertos.

—Genial—dije.

Cuando regresé a la mesa larga de madera, Priya estaba comiendo un cruasán y leyendo algo en el móvil. Alzó la vista.

—¿Qué tal Martin?

—Bien. Muy sincero. Me estrechó la mano con las dos manos.

—Lo hace siempre.—Me miró un momento—. ¿Ha dicho «sé tú mismo»?

—Sí.

—¿Ha dicho «simple»?

—Sí.

Priya asintió despacio y volvió a su cruasán.

—Ese es Martin—dijo—. Quiere que seas tú mismo, siempre y cuando ese tú mismo sea muy simple.

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Llegué a casa a las seis y media. Ya era de noche. Pressed estaba cerrado. A través de la ventana empañada podía ver las sillas sobre las mesas y una luz encendida al fondo. No vi a Inácio. Me dije que no lo estaba buscando.

El recibidor volvía a oler a tostadas. La puerta del Piso 1 estaba abierta unos centímetros y, por la ranura, apareció el rostro de una mujer a la altura aproximada de mi pecho. Tenía el pelo muy blanco, en rizos apretados, unos ojos azules muy brillantes y la expresión de un perro guardián.

—Tú—dijo.

—Hola—dije—. Hola. Soy Dav, del Piso 3. Usted debe de ser la señora Penhaligon.

—Tu caja—dijo, señalando el suelo donde había estado la caja de Brightwater—me estorbaba.

—Lo siento muchísimo. Ya la he quitado. La subí el sábado.

—Me estorbó durante dos días.

—Lo siento de verdad.

—Y el sábado por la noche—dijo—pusiste música. Muy alta. Hasta muy tarde.

—En realidad, no. Estaba dormido. En la bañera.

Me miró.

—En la bañera—dijo.

—Es una historia larga.

—El Alemán—dijo la señora Penhaligon—también dormía en la bañera.

Y cerró la puerta.

Me quedé allí, en el recibidor. Desde algún lugar de arriba oí decir a Jimmy:

—Ha ido bien.

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Cuando abrí la puerta del Piso 3, la tele estaba encendida.

Yo no había encendido la tele. De hecho, ni siquiera había descubierto cómo hacerlo: era una pantalla plana pequeña y vieja, colocada sobre un mueble en un rincón, con un mando de cuarenta y cinco botones, todos etiquetados con una tipografía tan diminuta que parecía diseñada para derrotar a la gente.

Estaban poniendo un concurso de cocina. Cuatro personas con delantal preparaban tartas dentro de una gran carpa blanca. Una de las tartas tenía forma de castillo y se estaba desmoronando.

Los fantasmas estaban viendo el programa.

Los cinco. Reggie, sentado en el sofá, perfectamente erguido.

Jimmy, tumbado boca abajo en el suelo, con la barbilla apoyada en las manos como un adolescente.

Gaz, sentado delante de la tele con las piernas cruzadas, muy cerca de la pantalla.

Ricky, apoyado contra la pared, fingiendo que no miraba, aunque sí miraba.

Mike, en el asiento de la ventana, con su libro, sin leerlo.

—Oh—dijo Jimmy sin volverse—. Ya estás en casa. Chist. Alguien está llorando por un bizcocho.

—¿Cómo has encendido la tele?—pregunté.

—Gaz—respondieron cuatro fantasmas a la vez.

Gaz se volvió y levantó una mano. Una pequeña chispa azul saltó de la punta de su dedo hasta el borde de la tele y desapareció.

—Electricidad—dijo—. Mi habilidad especial.

Todo el mundo tiene una. La mía es la electricidad.

No puedo tocar gran cosa, pero sí darle un toque a un enchufe.

No preguntes cómo. No lo sé. Probablemente tenga que ver con cómo me fui.

—Se volvió hacia la pantalla—. Oh, no. El castillo se ha venido abajo.

En la tele, el castillo de tarta se había derrumbado por completo. Una mujer con acento escocés decía que estaba «destrozadísima».

—¿Y cuál es la habilidad especial de los demás?—pregunté.

—La de Jimmy es el ruido—dijo Ricky—. Puede dar golpes en las cosas y hacer cantar las tuberías. No muy bien.

—Muy bien—dijo Jimmy.

—Reggie puede mover objetos pequeños cuando se enfada lo suficiente. Marcos de fotos. Cucharillas.

—Solo cuando es necesario—dijo Reggie.

—Una vez movió una cucharilla por la mesa porque el Alemán la había puesto en el cajón equivocado—dijo Gaz.

—Era el cajón equivocado.

—¿Y la tuya?—le pregunté a Ricky.

Ricky se encogió de hombros.

—Se me da muy bien ser un pesado.

—Eso no es una habilidad fantasmal.

—Sí lo es cuando llevas cuarenta años haciéndolo.

Miré a Mike. Estaba mirando por la ventana.

—¿Y Mike? —pregunté.

—Mike no hace nada —dijo Gaz—. Solo está ahí sentado. Lleva sentado en ese sitio desde que llegó. En 2008.

—Está cansado —dijo Jimmy en voz baja—. Hay gente que simplemente está cansada.