Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Cinco son muchos

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Hay algo que le pasa al cuerpo cuando ves algo que no debería existir.

Ahora lo sé. Primero, las rodillas se olvidan de cuál es su trabajo.

Luego se olvidan las manos del suyo, y por eso solté el paraguas.

Golpeó el suelo y se abrió solo, como se abren los paraguas baratos, con un plof sonoro, y se quedó ahí, entre los dos, como una pequeña tienda de campaña negra.

El hombre del traje gris bajó la vista hacia él.

—Abrir un paraguas dentro de casa —dijo— trae muy mala suerte.

—Yo no lo he abierto —dije. Mi voz sonó aguda y fina—. Se ha abierto solo.

—Aun así.

—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado aquí? He cerrado la puerta con llave. Sé que la he cerrado con llave porque la comprobé tres veces, porque siempre la compruebo tres veces, así que usted no puede estar aquí, no puede estar aquí de ninguna manera.

—Me temo que sí puedo —dijo con educación—. Llevo aquí desde 1951.

Miré su mano, todavía cerca del marco. Veía la pared a través de ella. Veía el papel pintado de rosas desvaídas a través de su muñeca.

—Es usted un fantasma —dije.

—Ese es el término habitual, sí. —Apartó la mano del marco y se la puso a la espalda, como si le avergonzara—. Reginald Ashworth. Mucho gusto.

Extendió la otra mano.

La miré. Era una mano bonita. Dedos largos. Un fino reloj plateado en la muñeca, con correa de cuero. Un puño de camisa muy blanco y muy limpio, con un gemelo pequeño y redondo. Era la mano de alguien que nunca, jamás, se olvidaría de enviar una tarjeta de agradecimiento.

No se la estreché. No me enorgullezco de eso. Mi madre me educó mejor. Pero allí estaba yo, en pijama a las tres de la mañana, mirando a un muerto, y tenía la sensación de que las reglas de siempre estaban en suspenso.

—Voy a volver a la cama —dije—. Esto es un sueño. Tengo desfase horario, me he comido un sándwich de crema de cacahuete con un pan raro y ahora estoy soñando con un británico con traje.

—Es perfectamente comprensible —dijo Reginald Ashworth—. La señorita de Leeds dijo casi exactamente lo mismo. Aunque ella lo dijo mientras me lanzaba un zapato.

—¿Le dio?

—Me atravesó. Le dio a la lámpara. Lo de la lámpara me disgustó muchísimo. —Se volvió a mirar la lámpara de cristal verde con auténtico cariño—. Era mía, ¿sabe? La compré en 1953, en Selfridges. Costó el sueldo de una semana.

Retrocedí hacia la puerta del dormitorio. No me di la vuelta. No quería tenerlo a mi espalda.

—Por favor, no me siga.

—Ni se me ocurriría. Un caballero no entra sin invitación en el dormitorio de otro hombre. —Hizo una pausa—. Aunque me gustaría mucho enderezar ese cuadro antes de que se marche. Me está molestando desde hace seis horas.

—Vale. Arréglelo. Arregle lo que quiera.

Se volvió hacia el marco con auténtico alivio y lo movió otro cuarto de pulgada. Vi cómo sus dedos tocaban la esquina. Esta vez no la atravesaron. Empujaron, con mucha suavidad, y el marco se movió.

—Ya está —dijo, satisfecho—. Así está mejor. Ahora se ve el río.

—Eso no es un río —dije, sin saber por qué—. Es el Scioto. Es un río, pero no es un río famoso. Está en Columbus.

—Ohio —dijo Reginald Ashworth.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo pone en sus pantalones.

Bajé la vista hacia mis pantalones de Ohio State. Después entré en el dormitorio, cerré la puerta y me senté en la cama con la espalda contra la pared y el móvil agarrado con las dos manos.

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Llamé a Beth. En Ohio eran las diez de la noche. Contestó al cuarto tono y se oía la tele de fondo y a uno de sus hijos gritando algo de un cepillo de dientes.

—¿Dav? ¿Va todo bien? ¿Estás muerto?

—No —dije—. Pero hay alguien muerto en mi piso.

—¿Qué?

—Hay un hombre en mi salón. Es un fantasma. Es británico. Me ha enderezado el cuadro.

Hubo una larga pausa. De fondo, mi sobrino Tyler dijo:

—Mamá, ¡Lily ha usado MI cepillo de dientes con el PERRO!

—Vale —dijo Beth—. Vale. Cariño. ¿Estás bebiendo?

—¡No! Me he comido un sándwich de crema de cacahuete.

—¿Has dormido en el avión?

—No mucho.

—¿Has comido algo aparte de crema de cacahuete?

—Un latte. Con un corazón dibujado.

—Dav. —Se le ablandó la voz, esa voz que usa con sus hijos cuando están enfermos—.

Estás agotado. Estás en un país nuevo. Acabas de pasar por una ruptura.

Tu cerebro se está inventando cosas. Es normal.

A mí me pasó cuando nació Lily. Durante una semana creí que había un hombre en el armario. Era un abrigo.

—Esto no era un abrigo. Me ha dicho su nombre. Ha dicho que compró la lámpara en Selfridges en 1953.

—¿Qué es Selfridges?

—¡No lo sé! ¡Creo que es una tienda!

—Vale. Escúchame. Bébete un vaso de agua. Vete a dormir. Por la mañana todo será normal. Y, si sigues viendo al hombre británico, me llamas y te buscamos un hotel. ¿Vale?

—Vale.

—Te quiero. Que no te asesine un fantasma.

—Yo también te quiero. Dile a Tyler que se compre otro cepillo de dientes.

Colgué. Me bebí el vaso de agua que había en la mesilla. Me tumbé. Cerré los ojos.

En algún lugar del salón, un hombre empezó a cantar.

No era Reginald Ashworth. Lo supe enseguida. Reginald Ashworth tenía una voz como una bonita mesa de madera. Aquella voz era grande y salvaje y un poco desafinada, y cantaba algo con muchos «ooh» y «yeah», y se acercaba.

La puerta del dormitorio no se abrió. Un hombre la atravesó.

La atravesó como si fuera agua: primero una bota, luego una pierna, después todo él.

Iba vestido de plateado. Un mono plateado, muy ceñido, abierto hasta la mitad del pecho, con las perneras anchas, que acababan en unas botas de plataforma tan altas que con ellas debía de medir un metro noventa y tres.

Tenía purpurina en la cara. Tenía purpurina en el pecho.

Llevaba al cuello una larga boa de plumas rosas que se movía sola, como agitada por un viento que solo ella podía sentir.

Tenía el pelo rubio, enorme y ahuecado, y los ojos pintados de azul y dorado.

Se detuvo a los pies de mi cama, abrió los brazos de par en par y terminó el último verso de su canción con una nota larguísima y agudísima.

Luego dijo:

—Hola, cariño.

Me subí la manta hasta la barbilla.

—Reggie ha dicho que estabas despierto —dijo—.

Y yo le he contestado: «Reggie, no puedes dejar que el nuevo te conozca a ti primero; tienes la personalidad de un archivador, pensará que todos somos así».

Así que aquí estoy. Primeras impresiones.

Jimmy Starr. —Hizo una pequeña reverencia.

La boa se movió con él—. Puede que hayas oído hablar de mí.

—Pues no —dije.

—Bueno. Ya oirás. —Miró el dormitorio con mucho interés—. Ah, tienes el armario de Laura Ashley. Qué bonito. Antes era de Mike. ¡Mike! Ven a ver. Tiene tu armario.

—Jimmy —la voz de Reginald Ashworth llegó desde el otro lado de la puerta, aunque él no la atravesó—. Deja en paz al pobre chico. Ha tenido un día muy largo.

—¡Le estoy dando la bienvenida!

—Estás armando escándalo.

—En mi profesión, cariño, es lo mismo.

—¿Cuál —dije— es tu profesión?

Jimmy Starr se volvió hacia mí, encantado.

—Soy una estrella.

—Es un cantante de pub —dijo una tercera voz—. En Islington. En 1973. No es una estrella. Es una bombilla.

El tercer hombre estaba apoyado en la pared, junto a la ventana.

No lo había visto llegar. Tal vez siempre había estado allí.

Era delgado y pálido, con el pelo negro, corto por los lados y muy largo por arriba, que le caía sobre un ojo.

Llevaba una camisa blanca con volantes en el cuello, como un pirata que hubiera estudiado bellas artes, y encima un abrigo negro largo cubierto por delante de chapas metálicas redondas.

Alrededor de los ojos, una línea negra perfecta.

Tenía los brazos cruzados. Y la expresión de alguien que espera el final de una obra de teatro que no había querido ver.

—Me fastidia darle la razón a Ricky —dijo Jimmy—, pero eso ha sido una grosería.

—Es exacto —dijo el hombre llamado Ricky. Me miró—. Eres estadounidense.

—Sí.

—Trágico.

—Ricky —dijo Reggie desde el otro lado de la puerta.

—Estoy siendo sincero. Es estadounidense, lleva una camiseta de empanadillas y se esconde debajo de una manta. Solo describo lo que veo.

—Los pierogi no son empanadillas —dije. No sé por qué lo dije—. Bueno, vale, son una especie de empanadilla. Son polacos. Mi familia es polaca.

Ricky me miró.

—Kowalski —dijo.

—¿Cómo es que todo el mundo sabe mi nombre?

—Lo pone en el paquete. Tu empresa ha mandado una caja. Está abajo. La señora Penhaligon lleva dos días dándole patadas.

—¿Quién es la señora Penhaligon?

—La del piso 1 —dijo Ricky—. Setenta y siete años. Sorda de un oído. Cree que somos tú.

—¿Cree que vosotros sois yo?

—Cree que el ruido lo hace el inquilino. Pensaba que era el alemán. Pensaba que era la chica de Leeds. Ahora pensará que eres tú. —Descruzó los brazos y, por un segundo, pareció casi compasivo—. Te va a odiar. Para que lo sepas.

Desde algún lugar de las paredes llegó un fuerte ruido metálico. ¡PUM! ¡PUM-PUM!

—Oh, no —dijo Reggie al otro lado de la puerta.

—Oh, sí —dijo Jimmy, entusiasmadísimo.

El radiador que había bajo la ventana del dormitorio empezó a temblar. Tembló con más fuerza. Entonces, con un ruido de lata pisoteada, salió de él un cuarto hombre, igual que se sale de una piscina.

Era más joven que los demás. Veintipocos, quizá.

Tenía la cara redonda y simpática, el pelo castaño muy corto, y llevaba un sombrero de pescador blanco, una camiseta de fútbol azul enorme que le llegaba a los muslos y unos pantalones de chándal negros y brillantes con tres rayas blancas a los lados.

Tenía una sonrisa enorme, con un pequeño hueco entre los incisivos.

—¿Todo bien? —me dijo con mucha cordialidad, como si nos hubiéramos encontrado en una parada de autobús—. Soy Gaz. Perdona por el radiador, tío. Es como me desplazo. Ya es costumbre.

Miró a los demás.

—¿Me he perdido algo?

—Todavía no ha gritado —dijo Ricky.