Cinco fantasmas y un barista (Embrujado por un guapo nº 1) CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

—Has dicho «café normal» como si eso existiera. ¿Qué quieres en realidad? ¿Con leche? ¿Solo? ¿Caliente? ¿Muy caliente?

—Con leche. Medianamente caliente. Grande.

—Eso es un latte. Un latte grande. Tú eres el del Piso 3.

Me quedé mirándola.

—¿Cómo lo sabe?

—Fenwick ha venido dos veces esta semana, a comprar galletas y con cara de nervios. Solo se pone nervioso por el Piso 3 —dijo, y me tendió la mano por encima del mostrador—. Bev. El local es mío. Me entero de todo lo que pasa en esta calle, así que no te molestes en guardar secretos.

—Dav. David. Dav.

Le estreché la mano. Apretaba muchísimo.

—¿Y por qué se pone nervioso el señor Fenwick por el Piso 3?

—Pregúntaselo a Inácio —dijo ella—. Él te hará el café. ¡Inácio! ¡Un latte grande para el chico nuevo del Piso 3!

Se oyó un ruido en la parte de atrás, una puerta que se abría, y salió un hombre con una bandeja de tazas limpias.

Quiero describirlo bien, porque es importante para todo lo que pasó después.

Era un poco más alto que yo, de piel morena y pelo oscuro y rizado que había intentado domar con algún producto, sin éxito.

Llevaba una barba corta, muy cuidada, y tenía una boca ancha que parecía sonreír antes de que el resto de la cara se decidiera a hacerlo.

Llevaba un delantal verde con PRESSED delante, sobre una camiseta blanca, y tenía los brazos de alguien que se pasa el día cargando bandejas de tazas y que probablemente hacía algo más que implicaba levantar cosas pesadas.

Tenía una pequeña cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda.

Dejó la bandeja. Me miró. Y entonces hizo algo que ningún desconocido me había hecho jamás en la vida.

Salió de detrás del mostrador y me abrazó.

Fue un abrazo de verdad. No de esos abrazos americanos en los que dos hombres se tocan los hombros y se dan dos palmadas en la espalda para demostrar que todo está bajo control.

Me envolvió con los dos brazos y no me soltó durante un segundo entero, quizá dos, y olía a café, a jabón y a algo dulce, como a canela.

Después se apartó y me besó en la mejilla. Solo una vez, deprisa, en el lado derecho.

—Bienvenido a Londres, querido —dijo—. Eres muy valiente.

No dije nada. Mi cerebro había abandonado el edificio. Mi cerebro estaba ahí fuera, en la acera, bajo la lluvia, preguntándose qué acababa de pasar.

—Soy Inácio —dijo. Lo pronunció despacio para mí: I-NA-SI-O.

—De Brasil. De Bahía. ¿Conoces Bahía?

—Yo... conozco Brasil —dije—. Hola. Soy Dav.

—Dav. —Sonrió al oír el nombre, como si fuera una broma pequeña y simpática—. Dav, el del Piso 3. Nossa. Nadie se queda en el Piso 3.

—Eso no para de decirme todo el mundo.

Volvió al otro lado del mostrador y se puso con mi café. Se movía deprisa y con soltura, como si la máquina fuera una vieja amiga. Mientras la leche se calentaba, me hablaba por encima del ruido.

—¿De qué parte de Estados Unidos eres?

—Ohio.

—¡Ohio! ¿Del centro?

—Sí. Del centro. Muy del centro.

—¿Hace frío?

—¿Ahora? Muchísimo. Más que aquí.

—Imposible —dijo—. No hay nada más frío que esto. Hoy en Bahía hay treinta y un grados. Lo compruebo todas las mañanas. Es mi castigo.

Vertió la leche en la taza y dibujó una forma en la superficie. Cuando me la tendió, vi que la forma era un corazón.

Miré el corazón. Lo miré a él. Ya se estaba girando hacia el siguiente cliente.

Entonces miré la taza del siguiente cliente, que esperaba lista sobre el mostrador. También tenía un corazón. La de después, también.

—Hace corazones para todo el mundo —dijo Bev mientras me cobraba—. No te emociones.

—No estoy emocionado —dije.

—Sujetas la taza como si fuera un pajarillo.

Y era verdad. La bajé.

—Inácio —dijo Bev, alzando la voz—. Cuéntale lo del Piso 3.

Inácio se secó las manos en el delantal y se apoyó en el mostrador. Se puso serio, pero los ojos le seguían riendo.

—La última persona —dijo— fue una chica de Leeds. Muy simpática. Se quedó tres semanas. Decía que las cosas se movían. Que oía música por la noche. Música antigua. Y a alguien cantando fatal.

—Cantando fatal —repetí.

—Y antes que ella, un hombre de Alemania. Se quedó cuatro días. Bajó una mañana y dijo: «Hay un hombre de traje que no para de decirme que me siente derecho». —Inácio se encogió de hombros—. Se fue a un hotel.

—Entonces está embrujado —dije. Intenté decirlo en broma.

—No lo sé —dijo Inácio—. Yo no creo en esas cosas. Pero mi madre sí. Mi madre diría que en esta calle hay mucha gente. —Volvió a sonreír—. No te preocupes. Si ves un fantasma, baja. Te invito a un café.

—¿Es una oferta de verdad?

—¿Para ti? Sí. A la chica de Leeds le di un cruasán.

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Pasé el resto del día haciendo cosas pequeñas y útiles, porque las cosas pequeñas y útiles son mi forma de sobrevivir.

Compré comida en un supermercado cerca de la estación. Compré un paraguas de catorce libras que se rompió con el viento antes de llegar a casa. Compré otro paraguas. Deshice las maletas. Le mandé a Beth una foto del ventanal y de los dos tarros de Jif en la estantería.

Me contestó: «Tu cocina parece un museo. ¿Eso es una cocina de gas? No te mueras».

Y luego: «¿Cómo estás de verdad?».

Me quedé mirando el mensaje. Beth es dos años mayor que yo y siempre ha sabido cómo estoy antes que yo mismo.

Fue la primera persona de mi familia ante la que salí del armario, con dieciséis años, sentados en su coche delante de un Wendy’s.

Dijo: «Vale. ¿Quieres un Frosty?». Y yo dije que sí.

Así afrontaba mi familia las conversaciones importantes: a través de Beth y, normalmente, cerca de algún sitio de comida rápida.