EXTRACTO - DEEP 6 #3
Asiente como si yo tuviera que entender algo más en esas tres palabras, y lo entiendo. Quiere decir que no es nada comparado con marcharse sin despedirse… nada comparado con irse sin dar ninguna explicación.
Y tampoco es nada en comparación con todo lo que fuimos y todo lo que perdimos.
—Connie se pondrá contenta —digo.
—¿Quién es el afortunado? ¿Es alguien a quien conozco?
Me detengo un momento, pensando cómo responderle, pero no hay forma de suavizar la respuesta cuando estamos a punto de llegar y lo verá con sus propios ojos.
—Afortunados —digo—. Se va a casar con cuatro hombres.
—¿CUATRO?
Vuelve a mirarme y le señalo la carretera.
—Cuatro hermanos. Tienen una relación poliamorosa. Un harén inverso.
—¿Un harén inverso?
—Sí, ya sabes. Como un rey con muchas concubinas, solo que ella es una reina con muchos reyes.
Sonrío mientras suelta un silbido largo y grave.
—¿Connie?
La incredulidad de su voz tiene demasiada gracia.
—A mí me pasó lo mismo cuando me enteré de su situación. Incluso me sugirió que conociera a los primos de su novio, para ver si yo quería una relación parecida.
—Ah, ¿sí? —dice Tyler, con tono alegre y despreocupado, pero lo conozco lo bastante bien para saber que está picando el anzuelo.
—Sí… Son rancheros, cinco en total.
—¿Cinco?
—Sí.
Dejo la respuesta flotando un rato, observando de reojo cómo le palpita la mandíbula a Tyler. Cuando creo que ya le ha dado vueltas suficientes, lo saco de su agonía.
—Aunque no salió bien.
—Connie no parecía de esas —murmura, incómodo.
—¿Y eso qué se supone que significa?
—Bueno, ella… No sé.
Se atasca en las últimas palabras, como si ya se arrepintiera de lo que ha dicho.
—¿Y quién lo parecería?
—Alguien con una moral más relajada, supongo.
Una moral más relajada. ¿Eso es lo que insinúa que tengo yo? Pues que le den.
—No va solo de sexo —le digo, con un tono mordaz—. Va de amor. Del amor entre cinco personas que trasciende las convenciones sociales. De un amor que lucha cada día contra los prejuicios.
Tyler asiente y aprieta un poco más las manos alrededor del volante.
—Lo entiendo —dice—. El amor no siempre es fácil.
Aprieto los dientes y frunzo los labios; su comentario me corta como una cuchilla. Necesito respirar hondo varias veces para serenarme antes de contestar, porque lo que voy a decir es importante.
—El amor es muy sencillo, Tyler. El amor es sincero y amable. Es desinteresado y sacrificado. Es creer que la otra persona vale tanto como tú y tratarla siempre como te gustaría que te trataran a ti. Lo es todo.
Agacha la cabeza y cierra los ojos un instante; después niega con la cabeza y vuelve a concentrarse en la carretera. Los nudillos se le quedan blancos de tanto apretar el volante.
—Lo siento.
De mi garganta sale un sonido que no había emitido en tres años.
Me prometí que llorar por Tyler pertenecía al pasado.
Me prometí que nunca volvería a darle ese poder.
Pero cuando hice esa promesa pensaba que él sería siempre un fantasma.
Nunca creí que llegaría a oír esas dos palabras que me han arrancado el corazón y lo han dejado palpitando y ensangrentado en las palmas de mis manos.
—Mierda —murmura Tyler, y me mira de reojo mientras las lágrimas amargas se me derraman por las mejillas.
—No puedo con esto ahora —digo entre jadeos, enjugándome la cara.
No servirá de nada que Tyler me lleve a la boda de Connie si me echo a llorar y se me corre el maquillaje y llego demasiado destrozada para fingir entereza—.
¿Podemos fingir que somos dos viejos amigos… fingir que nada de esto ha ocurrido?
A Tyler le vuelve a palpitar la mandíbula mientras aprieta los dientes. Bajo la mirada y descubro una fecha tatuada en su piel. Es de tres meses después de que me dejara, cuando llevaba tres meses sumida en la tristeza.
—Claro —dice Tyler por fin—. Lo que necesites.
Aparto el cuerpo de él y me giro hasta apoyar las rodillas contra la puerta de la camioneta, con la mirada clavada al otro lado de la ventanilla. Me quedo así hasta que me he tragado todas las emociones y las he encerrado en la caja que fabriqué para mantenerlas bien lejos de mi corazón.
Cuando entramos en el aparcamiento del salón donde la boda de Connie está en pleno apogeo, me enderezo, me aliso la falda y me coloco el pelo. Me paso un dedo por debajo de los ojos para retirar cualquier resto de máscara de pestañas y respiro hondo para serenarme.
—Parece que hay mucho ambiente —dice Tyler mientras aparca en un hueco libre y apaga el motor.
—Vamos a pasarlo bien.
Abro la puerta de golpe y niego con la cabeza ante mi propia frivolidad. ¿Quién habría pensado que acabaría comportándome así? Yo, desde luego, no. Las miles de conversaciones que mantuve con Tyler en mi cabeza nunca se parecieron a esto. Pero la vida real suele ser muy distinta de la imaginación.
Tyler me sigue hasta el salón mientras busco entre la gente a Carmella, a Connie o a cualquier otra cara conocida.
Pero Carmella me ve primero y se abalanza hacia mí con un plato lleno de postre.
—Sandy.
Me rodea el pecho con los brazos y me dejo envolver por el abrazo de mi mejor amiga, agradecidísima de verla. Sé el momento exacto en que ve a Tyler, porque se le pone todo el cuerpo rígido.
—¿Qué coño…?
—Es largo de contar —digo deprisa—. No montes una escena. Me ha traído él desde el taller. Le he dicho que no quiero hablar de nada… que solo vamos a pasarlo bien. Cuando acabe la celebración, diré lo que tenga que decir y me marcharé, ¿vale?
Con la mano libre, Carmella me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja con la ternura de quien tiene amor en el corazón.
—Protege ese corazón tuyo, San San.
Que use mi apodo me devuelve el escozor a la garganta.
Asiento con firmeza.
—Lo haré. Me he vuelto toda una experta en eso.
Me vuelvo y hago un gesto a Tyler para que se acerque.
—Tyler, te acuerdas de Carmella.
Él asiente y tiene la decencia de hacerlo con cara de vergüenza en su atractivo rostro. Es rarísimo verlo entre mis amigos, como si hubiera traído por arte de magia al hermano mayor imaginario de Tyler.
—Tyler.
Carmella asiente una sola vez y le transmite con cada fibra de su ser que está pisando terreno peligroso.
—Ahí estás.
Derek aparece junto a su mujer y le tiende una copa de tallo largo con algo que parece champán.
Se hace un momento incómodo en el que nos quedamos todos en silencio. Entonces Carmella reacciona.
—Derek, te presento a Tyler.
Los dos hombres se tienden la mano educadamente.
—¿El Tyler? —pregunta Derek mirando a su mujer, y ella asiente.
Derek abre un poco más los ojos y luego sonríe con educación.
—¿Así que habéis vuelto?
Para meter la pata, los hombres no tienen rival.
—Eh, no, cariño —dice Carmella, intentando salvarlo—. El coche de Sandy se ha averiado y Tyler se ha ofrecido amablemente a acompañarla.
—Bueno, muy amable por tu parte —dice Derek, paseando la mirada de uno a otro como si esperara leernos la mente y averiguar qué está pasando en realidad.
—Vamos a por algo de comer —le digo a Tyler—. Y a beber algo. Debes de estar muerto de hambre.
Le cojo la mano por instinto, y sentir su palma grande y áspera dentro de la mía me resulta abrumador.
Antes nos medíamos las manos: la mía tan pequeña frente a la suya, fuerte y capaz.
Me sostiene con delicadeza, como si temiera romperme, y es verdad.
Podría romperme. Podría, si sigo retrocediendo.
—Sandy —la voz de Connie se alza por encima del murmullo de los demás invitados—. No pensaba que fueras a venir…
Sus ojos se clavan en nuestras manos unidas y después recorren el brazo musculoso de Tyler, su hombro igual de musculoso y su pecho de una definición increíble, hasta subir por fin a su cara.
—Uf —dice—. Bueno… Tyler, no esperaba que fueras tú.
—Enhorabuena —dice él, y retira la mano de la mía—. Estás preciosa.
—Gracias —responde Connie, radiante—. Me he puesto este conjunto sin más. No lo he planeado en absoluto.
Pone los ojos en blanco y después me busca con la mirada, muy abierta e inquisitiva.
—Me alegro muchísimo de que hayas venido.
—Yo también.
La abrazo, recordando lo amable que fue con Carmella durante su crisis en la boda.
—Y ahora, ¿dónde están esos maridos tan sexis que tienes?
—Bueno, la verdad es que no tengo ni idea. Son demasiados para llevarles la cuenta, así que he tenido que aceptar que andan por ahí, en algún sitio.
Agita la mano en el aire con teatralidad.
—Uno de ellos está con Brett, de eso estoy segura.
—Estoy deseando verlo. Debe de haber crecido muchísimo.
—Casi le está cambiando la voz —se ríe Connie.
Exagera un montón, pero entiendo lo que quiere decir. Por el rabillo del ojo veo a Natalie con sus gemelos, y parece que han dado un buen estirón desde la última vez que coincidimos en la misma sala.
El tiempo pasa para todos, pero mi vida se ha quedado parada.
—Connie.
Una mujer le hace señas desde el otro lado de la sala y Connie se encoge de hombros a modo de disculpa.
—Servíos lo que queráis de comer. Todo viene de una granja ecológica.
—Gracias —digo con una sonrisa mientras ella se despide con la mano y desaparece entre la gente.
Tyler se acerca, y el calor de su cuerpo y su estatura imponente me roban el aliento.
—No ha cambiado —dice.
—No —digo—. Las mejores personas siguen siendo fieles a sí mismas.
Es una pulla, sin duda, y me arrepiento en cuanto las palabras salen de mis labios.
—Vamos a prepararnos un plato.
—Claro.
Espero a que Tyler se dirija primero al bufé y lo sigo, reprendiéndome a cada paso. No quiero caer tan bajo. Necesito mantener la superioridad moral, porque es ahí donde he estado siempre en todo esto.