EXTRACTO - DEEP 6 #2
Saca el móvil, va pasando los contactos y marca un número. Casi al instante se me encoge el estómago al pensar que llama a su novio para contarle lo que ha pasado. No lleva anillo, así que supongo que no hay marido.
—Hola… Se me ha averiado el coche… No creo… Ya lo sé, estoy hecha polvo… ¿Puedes darles recuerdos de mi parte a Connie, Karter, Kane, Holden y Harris?… Claro. Vale… Adiós.
—¿Se casa la hermana de Carmella?
Sandy asiente, guarda el móvil en el bolso y vuelve a cerrar la cremallera.
—Qué bien.
Seguimos el camino en silencio mientras en mi cabeza se suceden un millón de conversaciones. Un millón de conversaciones que nunca podré tener con ella en la vida real, porque no sería justo y porque probablemente ella no querría escuchar nada de eso.
Ha pasado demasiado tiempo.
Ha llovido demasiado desde entonces.
Soy un hombre distinto del que era cuando estábamos juntos. Un hombre demasiado roto para arreglar las cosas.
Cuando entramos en el taller que monté con mis amigos y que me salvó la vida, siento tal alivio que la tensión que me opría la garganta cede lo suficiente para poder tragar.
Damien es el primero en salir, arrastrando esos pies enormes con su andar pesado de siempre.
Hoy tiene un aspecto especialmente desastroso, como si se hubiera pasado la mañana arrancando árboles de raíz y cortándolos en pedazos con un simple cuchillo de untar.
No espera a que abramos las puertas del vehículo: pasa de largo y empieza a desenganchar el coche de Sandy para inspeccionarlo.
No tiene ni idea de que la mujer sentada a mi lado sea algo más que una clienta tirada en la carretera.
No tiene ni idea de que siento el corazón partido en dos solo por estar cerca de ella y no poder tocarla.
Sandy pone la mano en el tirador de la puerta y se vuelve hacia mí.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Le echamos un vistazo y te decimos qué es lo que ha fallado.
Ella asiente y abre la puerta.
—¿Dónde puedo esperar?
—Dentro. Hay una sala de espera y una máquina de café.
Sandy baja de mi camión, da un portazo y se cuelga el bolso del hombro. Se nota que no está acostumbrada a los tacones, porque camina despacio hacia el interior de Deep Repairs, y la sigo con la mirada, hambriento y reticente a la vez.
Ella es como un imán y mi corazón, una esquirla de metralla que quedó de otro tiempo y de otro lugar. De una época en la que tenía paz en el alma. Una época en la que podía dormir sin despertarme por la misma pesadilla que me visita una y otra vez, por mucho tiempo que pase.
—Está buenísima —silba Damien cuando por fin abro la puerta.
—Vuelve a decir eso y te arranco el corazón —le digo, y al instante me siento como una mierda cuando a Damien se le descompone la cara como a un cachorro apaleado.
Será grande, pero tiene el corazón tan blando como el relleno de un donut de crema.
—¿Quién es? —pregunta—. ¿Alguien especial?
—La más especial de todas —respondo, y me meto las manos en los bolsillos.
—¿Sandy? —Levanta las cejas pobladas de golpe cuando asiento—. Joder, tío. ¿Cómo ha pasado eso?
—No lo sé. El destino. El universo conspirando. ¿Quién sabe?
—¿Y qué vas a hacer?
—No lo sé, tío. Vamos a echarle un vistazo al coche y a ver con qué nos encontramos.
—Claro, Tyler —dice, y me da una palmada en el hombro para hacerme saber que está conmigo. Todos mis chicos saben lo de Sandy. Ellos fueron los que me recogieron cuando mi vida se fue a pique. Los que me recompusieron.
La música retumba dentro de Deep Repairs. Hoy manda Greg en la lista de canciones, así que lo que mantiene concentrados a los mecánicos es el rock. Empujamos el coche de Sandy hasta el interior y Greg sale rodando de debajo de la camioneta azul en la que estaba trabajando.
—¿Qué tenemos ahí?
—El sistema de refrigeración está reventado por alguna parte. Y parece que también pierde aceite.
—Mierda.
Se pone de pie y se asoma al motor antes de que pueda decirle que ya me encargo yo. Con sus casi dos metros, a Greg no es fácil decirle que se meta en sus asuntos. Además, es el mejor diagnosticando rápido, y eso es justo lo que Sandy necesita.
Lo observo trastear con el motor, tocar la grasa y olerse los dedos. Es un mecánico táctil, a su manera: usa todos los sentidos para localizar el problema.
—Vamos a tener que pedir piezas —dice al final.
—¿Cuánto tardarán?
—Quizá setenta y dos horas —responde—. El fin de semana retrasa las cosas.
—Mierda.
A Sandy le va a destrozar perderse la boda de Connie. Entonces se me ocurre una idea.
—¿Os importa si me escapo el resto del día?
Damien y Greg se miran y luego Greg asiente. No es el jefe, pero, como es el mayor, ha asumido el papel de organizador.
El taconeo me avisa de que Sandy ya está aquí.
—¿Es grave?
Greg y Damien se ponen rectos y yo me giro hacia la mujer que se me metió tan dentro de la sangre que nunca he conseguido sacármela de las venas.
—Es grave —dice Greg, negando con la cabeza.
—¿Podéis arreglarlo hoy?
—Tenemos que pedir las piezas. No llegarán hasta dentro de cuarenta y ocho horas como mínimo. Y luego necesitamos tiempo para montarlas.
—Tres días.
A Sandy se le descompone el rostro, y a mí el estómago. Verla decepcionada es como una patada en las tripas.
—La boda…
Niega con la cabeza y suelta el aire despacio para serenarse, con la mirada clavada en una mancha de grasa del suelo.
—Boda —interviene una voz desde el otro lado del taller. Es Andrew, que nos observa con interés con sus brillantes ojos azules.
—Sandy tiene una boda a la que no va a poder ir —explico.
—¿Por eso se ha puesto tan guapa? —pregunta Damien con inocencia, y se ruboriza casi al instante.
—Sí.
Le lanzo una mirada y tiene la decencia de encogerse de hombros.
—¿Por qué no la llevas tú? —pregunta Andrew, ajeno a toda la historia que bulle entre nosotros, pero es la respuesta a mis plegarias. Lo ha propuesto antes de que pudiera abrir la boca, y eso me facilita mucho las cosas.
Todas las miradas se posan en mí y cambio el peso de un pie al otro.
—Podría llevarte… si quisieras.
Sandy aprieta el bolso delante del cuerpo como si fuera un escudo contra mí.
—Está demasiado lejos.
—¿Dónde?
—A una hora de aquí.
¿Eso es todo?
—Eso puedo hacerlo, ¿no?
Se muerde el labio y sé que está dividida. Decir que no significa perderse el gran día de su amiga, pero decir que sí nos encerrará en un espacio mínimo durante al menos dos horas de coche.
—Será mejor que antes pases por casa a cambiarte —dice al final, y me deja tan sorprendido que doy un paso atrás.
—¿Qué?
—Bueno, no puedes ir a una fiesta vestido así.
Bajo la vista hacia mi mono manchado, anudado a la cintura, y la camiseta gris ajustada que me puse esta mañana. Tiene toda la razón, pero no se me había pasado por la cabeza que fuera a entrar con ella. Me había imaginado que la llevaría y la esperaría fuera.
Debería haber supuesto que no se sentiría cómoda con eso. A Sandy nunca le gustó que la gente se molestara por ella. Es justa y considerada desde sus bonitos deditos de los pies hasta el último pelo de la cabeza.
—Parece que te has ganado una comida gratis —dice Arden, sonriendo al lado de su hermano. Se acaricia la barba, lo único que lo distingue a simple vista de sus trillizos.
Una comida gratis con guarnición de incómodo silencio.
Mierda. Supongo que más vale que vaya a adecentarme.
3
SANDY
Mientras espero sentada delante de la casa colosal donde Tyler se está cambiando, me pellizco la piel de alrededor de la uña, todavía sin asimilar lo raro de la situación.
Jamás, ni en un millón de años, habría predicho algo así, y aquí estoy, viviendo esta realidad tan peculiar junto a la versión de carne y hueso de mi exnovio fantasma, sin saber cómo comportarme.
Estoy en una balsa, perdida en el mar, a la deriva y braceando sin rumbo.
Mi rabia inicial ha dado paso a algo curioso. A algo dolido, desgastado y lleno de preguntas.
Cuando la puerta se cierra de golpe, mis ojos van hacia la silueta del hombre que me destrozó tanto que nunca he vuelto a reunir el valor para confiar.
Ha cambiado el uniforme de mecánico por un pantalón de vestir azul marino y una camisa blanca que lleva desabotonada en el cuello.
También se ha remangado, probablemente por el calor, aunque quizá sea porque siempre le encantó presumir de sus tatuajes.
Se ha quitado la gorra de béisbol y ahora veo los rizos oscuros por los que solía pasar los dedos, a veces cuando nos relajábamos en el sofá delante de la tele y otras cuando Tyler se movía dentro de mí como si fuera a quedarse a vivir entre mis muslos.
Me arden las mejillas y algo se remueve entre mis piernas, algo que llevaba mucho tiempo sin notar.
Excitación.
No es que no haya querido sexo en los años posteriores a Tyler. Es más bien que no había vuelto a sentir esto.
¿Qué es? ¿Una atracción que va más allá de lo físico? Yo conocía a este hombre y lo creía bueno en todos los sentidos.
—Hola.
Se desliza a mi lado, con un olor a bosque alpino al amanecer, y ocupa en la camioneta mucho más espacio del decoroso. Cuando su mano busca la palanca de cambios, el recuerdo de esa palma agarrándome el culo me golpea con toda su fuerza. El gemido que se me escapa de los labios es una vergüenza.
Soy mejor que esto. Más fuerte que esto. No merece saber que su presencia todavía me afecta de otro modo que no sea para provocarme desprecio.
—¿Quieres introducir el código postal?
Me tiende su teléfono y tecleo la dirección en su aplicación. Nos ponemos en marcha enseguida, acompañados únicamente por el ruido del aire acondicionado y del motor.
La incomodidad se hace insoportable.
—Gracias por hacer esto —digo para romper el silencio—. Seguro que tienes cosas mejores que hacer… trabajar…
—No pasa nada. Los chicos tienen controlados todos los trabajos del taller.
—Aun así. Esto es… es mucho.
Se vuelve hacia mí, apartando la mirada de la carretera unos segundos.
—No es nada, Sandy.