EXTRACTO - DEEP 6
SANDY
La carretera se extiende ante mí, vacía salvo por un camión enorme a lo lejos. Hace calor, pero el aire acondicionado me mantiene fresca. Lo agradezco, porque quiero llegar a la boda de Connie con buen aspecto y no hecha un desastre sudoroso y arrugado.
Llevo una maleta pequeña en el maletero por si tengo que quedarme a dormir. No he reservado nada, lo cual es una estupidez, pero estoy a punto de ir muy justa de dinero. Supongo que, si la necesito, habrá alguna habitación libre en algún sitio.
La música suena a todo volumen en la radio y me hace tamborilear con los dedos en el volante.
Siempre me ha encantado la música disco de los setenta.
Los clásicos me dan ganas de levantarme a bailar, pero hace siglos que no piso una discoteca.
Mis amigos ya llevan todos una vida estable, con responsabilidades laborales, novios o maridos.
Ahora el único momento en que puedo bailar es en las bodas, y cada una que pasa me hace sentir más y más fracasada.
La cabeza se me va hacia un terreno por el que no quiero aventurarme: la última noche que pasé con Tyler.
Es el último hombre al que dejé entrar en mi cama y el último al que confié mi corazón.
No acabó bien, y basta el pensamiento más fugaz sobre lo que ocurrió hace cuatro años para despertarme un dolor en el pecho que cuesta espantar.
Me concentro en la letra de la canción y empiezo a cantar, aunque sé que canto alto y desafinada.
Aquí no hay nadie que tenga que escuchar mi voz horrible, y cantar me anima.
Al menos funciona hasta que el coche empieza a llenarse de humo y me veo obligada a detenerme en el arcén, presa del pánico.
Mientras salgo a toda prisa de mi viejo Lexus, tengo la sensatez de coger el bolso del asiento del copiloto. Si va a arder, necesito el teléfono.
Desde el arcén miro hacia atrás, en la dirección de la que venía, con la esperanza de que se acerque alguien amable, pero enseguida cambio de idea.
Podría ser peligroso. Muchas historias de crímenes reales empiezan así, con una mujer en una situación vulnerable.
Saco el teléfono del bolso y me alejo un poco más del coche.
No se ven llamas, así que me pregunto si lo que ha reventado será el sistema de refrigeración.
Lo que yo creía humo debía de ser vapor.
Hago una búsqueda rápida y encuentro un taller a solo tres kilómetros. Deep Repairs. Me parece un nombre raro, pero me da igual cómo se llame siempre que puedan venir a rescatarnos al coche y a mí y lo arreglen deprisa.
Una voz grave y ronca contesta:
—Deep Repairs, ¿en qué puedo ayudarla?
Le explico rápidamente lo que ha pasado. El hombre me dice que estarán aquí en veinte minutos y, cuando cuelgo, suspiro aliviada.
Veinte minutos se me hacen veinte horas de pie al borde de esta carretera polvorienta, subida a mis tacones plateados y con el vestido rosa palo sin tirantes.
La gente pasa en coche pero, por suerte, nadie se detiene.
Supongo que el buen samaritano es un concepto relegado al pasado.
Cuando la grúa aparece a lo lejos, casi me pongo a cantar otra vez de felicidad.
El conductor se detiene delante de mi vehículo y baja de la cabina del camión con la cara oculta tras una gorra de béisbol y unas gafas de sol.
La camisa gris que lleva se le ciñe al pecho ancho y a los brazos musculosos, sin dejar nada a la imaginación.
Tiene grasa en los antebrazos y también un tatuaje.
Un tatuaje que me resulta familiar.
Cuando fija la vista en mí, se queda clavado en el sitio, como si le hubieran disparado en el pecho, y la sonrisa que ya traía preparada se le borra de los labios al reconocerme, al mismo tiempo que yo lo reconozco a él.
—¿Sandy?
Su voz grave y profunda me recorre el cuerpo con un escalofrío, no de miedo, sino de reconocimiento. Es como si cada molécula de mi cuerpo conociera a este hombre y se sintiera atraída por él.
—¿Tyler?
A mí también me sale como una pregunta, aunque sé de sobra que es él. Me arden las lágrimas detrás de los ojos y en la garganta. Lágrimas de rabia, de traición, de una decepción tan honda que me abrió en canal y nunca me ha dejado recomponerme del todo.
Este hombre fue el responsable de mis días más felices y de mis momentos más dichosos. Me llenó de luz, de risas y de esperanza, y luego desapareció, y a mí solo me quedó el fantasma de lo que fuimos cuando estábamos juntos y un millón de preguntas sin respuesta.
¿Cómo pudo dejarme? ¿Cómo pudo no decirme que se iba? ¿Me quiso alguna vez? ¿Fue real o solo una mentira hábilmente construida?
Me tiemblan las manos a los costados, así que las entrelazo delante de mí para no delatarme. Nuestros días de compartirlo todo quedan tan lejos que parecen algo que vi en el cine, no algo que me pasara de verdad.
Tyler se lleva una mano a la mandíbula y se frota la barba incipiente, como hacía siempre que estaba pensando. Supongo que está tan perdido como yo sobre cómo comportarse.
—Entonces… ¿se te ha averiado el coche?
Alzo las cejas y abro mucho los ojos. ¿De verdad va a ignorar el elefante enorme que hay sentado entre nosotros y fingir que aquí no pasa nada?
Rodea mi coche, abre la puerta del conductor y levanta el capó antes de que pueda responder.
Me tambaleo sobre estos zapatos ridículos mientras lo observo inclinar la cabeza sobre mi motor achicharrado y buscar consuelo, como hacía siempre, en la simple mecánica del metal y la grasa, dejando las emociones a un lado.
—Voy a tener que llevártelo con la grúa —dice Tyler, y suelta el capó, que vuelve a su sitio con un estrépito metálico.
—Vale.
—Sube a la cabina mientras lo engancho.
Me quedo un momento ahí plantada, mirándolo boquiabierta, a este hombre que, salvo por el impacto inicial al verme, parece del todo indiferente a mi presencia. ¿Cómo puede estar tan tranquilo y entero cuando a mí me parece que se me va a desprender la piel solo de verlo?
Entonces recuerdo que fue él quien decidió dejarme. Debió de saber desde hacía tiempo lo que iba a hacer. Puede que aquella última noche que dormimos juntos, cuando yo creí sentir amor de verdad en la punta de sus dedos, en su cabeza él ya se hubiera ido.
Me recompongo, me doy la vuelta y camino con paso firme hasta la parte delantera de su camión. Abro la puerta y subo con toda la elegancia que logro reunir. Cuando cierro la puerta, me hundo en el asiento y aprieto el bolso contra la rodilla como si acunara a un niño.
¿Cómo puede estar pasando esto? He pensado en él y, de pronto, ahí estaba, en todo su arrebatador esplendor.
Los años han tratado bien a Tyler. Se ha hecho hombre de una manera que llama a la parte primitiva y animal de mi cerebro y me llena de desprecio hacia mí misma.
No hay un solo pelo en su cabeza que merezca ninguna reacción por mi parte, y mucho menos una sexual.
El problema es que a Tyler siempre se le dio de maravilla hacerme arder.
Era capaz de hacerme correr solo con la polla y las palabras y, por lo que me cuentan mis amigas, sé que esa habilidad no es nada común.
Creo que podría haberme corrido solo con mirarle el cuerpo desnudo y escuchar todas las guarradas que me susurraba al oído.
Ahora está más ancho y más macizo. Los músculos que yo recorría con las yemas de los dedos mientras dormía están más redondeados y más fuertes. Camina con más chulería y su voz tiene un tono más ronco. Cualquier rastro de aire juvenil que le quedara cuando estábamos juntos desapareció hace mucho.
Este hombre, al que conocí más íntimamente que a nadie en el mundo, es un desconocido para mí, y eso vuelve a destrozarme.
Lo observo por el espejo mientras engancha mi coche al camión y lo sube a la plataforma. Se mueve con precisión, así que estamos listos para salir antes de lo que esperaba. Cuando empieza a dar la vuelta al camión, me aliso el pelo y me abrocho el cinturón, inspiro hondo y aguanto la respiración.
Cuando abre la puerta de golpe, el corazón me da un vuelco, y cuando se encarama a la cabina junto a mí, su olor me inunda de recuerdos.
Recuerdos que creía haber dejado atrás, pero que sigo sintiendo tan a flor de piel como entonces.
Recuerdos que desearía poder olvidar. Pero no puedo. Los llevo grabados en la piel y en la vida igual de hondo que en la memoria. No hay forma de olvidar a Tyler Evans. Nunca la hubo y nunca la habrá.
—Así que…
Gira la llave de contacto y la radio cobra vida de golpe.
Y no es solo la radio: está poniendo música disco de los setenta, algo de lo que siempre me tomaba el pelo antes.
Nuestras miradas se cruzan a través de los cristales oscuros de sus gafas y es como una descarga eléctrica que me recorre entera.
Luego apaga la música, mete la marcha y sale a la carretera.
Supongo que no soy la única que sigue pensando en el pasado.
2
TYLER
Joder.
Es la única palabra que me retumba en la cabeza desde que vi a esa mujer preciosa tirada en el arén de la carretera con el coche averiado y me di cuenta de que era Sandy.
Sandy, la chica a la que dejé en la cama, a la que besé en esos labios bonitos mientras dormía y a la que nunca volví.
Noto la ira que emana de ella. Una ira contenida y poderosa; sé que, si no estuviera agarrando el bolso con tanta fuerza, se me echaría encima. Merezco un bofetón, o incluso un puñetazo en la boca. Merezco palabras duras y miradas cortantes. Merezco su odio.
El aire entre nosotros crepita como antes de una gran tormenta. La miro de reojo y su perfil bonito se me clava en el corazón como un anzuelo en la boca de un pez.
También huele distinto, a una fragancia más de mujer que la que llevaba antes.
—¿Qué haces por aquí? —pregunto.
Ella se vuelve y me mira el perfil fijamente mientras yo no aparto la vista de la carretera.
—Voy de camino a una boda.
—El coche no tiene buena pinta —le digo. Me quedo corto, pero no quiero preocuparla antes de saber al cien por cien qué es lo que falla.
—Mierda —murmura, y rebusca en el bolso.