EPÍLOGO
El corazón me late con fuerza en el pecho cuando el cuarteto de cuerda empieza a tocar. El vestido me queda un poco justo. La culpa es de mis chicos, que no paran de animarme a repetir. Es como si quisieran llenarme de amor y de comida a todas horas, siete días a la semana.
Me vuelvo para ver al pequeño Brett avanzar por el pasillo, de la mano de sus primos segundos, Tommy y Thai. Al frente, los padres de Brett esperan pacientemente a que aparezca su novia.
Y entonces aparece.
El vestido de Connie no es el tradicional vestido blanco de encaje hasta el suelo.
En su lugar, ha optado por un vestido de cóctel azul pastel, hasta la rodilla.
Me contó que era el color que llevaba el día que conoció a sus futuros maridos.
Además, no ve sentido a fingir que es una princesa Disney por un día.
Ya es madre. Esos días han quedado atrás.
Les sonríe de oreja a oreja a Karter, Kane, Holden y Harris, vestidos con trajes grises idénticos, aunque con corbatas de distintos tonos de azul. Brett está al frente y corre a abrazar al papá que tiene más cerca, se agarra a las piernas de Karter y esconde allí la cabeza.
Es emocionante estar aquí sabiendo que Connie y sus hombres han capeado muchas dificultades en su relación y han conseguido llegar hasta aquí. Me da esperanza: venga lo que venga, mis hombres estarán a mi lado.
El corazón me late deprisa, y no solo por el romanticismo y la ilusión del final feliz de Connie, sino también porque sé que la fiesta de después es responsabilidad mía.
Los Banbury querían que los productos de nuestra granja ecológica fueran el centro de su boda, ¿y cómo iba a decirles que no?
Después de todo, fue Connie quien plantó la semilla que acabó floreciendo en nuestra relación.
Connie, que me dio seis meses de plazo antes de aparecer con otra mujer para los Bradford.
Tampoco es que los celos tuvieran mucho que ver.
Me convencieron con el corazón y con algunas otras cosas que no cambiaría por nada del mundo.
Cash me aprieta la rodilla.
—Relájate. Todo saldrá bien. Los del catering han hecho un trabajo estupendo, y sabes que todo lo que sale de la granja Cooper es de primerísima calidad.
Está tan orgulloso de mí y de todo lo que he conseguido en los últimos dieciocho meses que se me saltan las lágrimas.
La ceremonia es divertida y desenfadada.
Los Banbury sorprenden a Connie revelándole quién va a pronunciar los votos oficiales.
Al parecer, se lo han guardado en secreto durante un año y medio.
Kane es quien da un paso al frente, y Connie se lleva la mano a la boca.
Me contó que él había pedido ser el elegido, pero que iban a echarlo a suertes para que fuera justo.
Supongo que al final consiguió lo que quería.
Es muy tierno que sea él. Fue el primero de los hermanos con quien ella habló.
Aquel cuyo flirteo terminó en una relación que ahora es para siempre.
Mientras recitan sus votos, un silencio se extiende por toda la congregación.
Karter apoya la mano en el hombro de su hermano, y después Holden y Harris hacen lo mismo.
Kane es quien dice las palabras, pero las sienten todos.
Y no podría ser más hermoso.
Después nos reunimos en la carpa instalada en los terrenos del pequeño centro comunitario de Hope Springs.
El organizador de la boda ha hecho un trabajo fabuloso: ha convertido el discreto local en algo realmente especial.
Las sillas van cubiertas con fundas blancas y lazos azul pastel.
Las mesas rebosan de enormes ramos de flores silvestres.
En cada cubierto hay una cajita con un cupcake y una nota de agradecimiento de la novia y los novios.
Los del catering han dispuesto la comida en una mesa de bufé, en un rincón, y tiene un aspecto increíble.
Holden me da un codazo.
—¿Ves? Te dije que todo saldría bien.
—Eso lo dirá el comer —respondo.
—¿Alguien ha dicho comer? —pregunta Sawyer.
—Siempre es el primero en llegar al bufé —dice Scott, poniendo los ojos en blanco—. No tiene nada de autocontrol.
—No creo que debas sacar ese tema —dice Cary—. Anoche tú tampoco fuiste precisamente un ejemplo de paciencia.
Scott tiene la decencia de ruborizarse al recordar cómo anoche se quitó a sus hermanos de en medio a empujones en el dormitorio, y yo me río por lo bajo con el pique. Me encanta oír a mis hombres meterse unos con otros y reírse después. Cada día demuestra lo estrecho que es el vínculo que los une.
Antes de que pueda seguir a Sawyer, que avanza como una exhalación hacia la comida, alguien me toca el hombro.
—Aquí estás —dice Connie, y me envuelve en un abrazo perfumado.
Lleva un maquillaje muy natural y, aun así, hay algo especial que la hace resplandecer. Puede que solo sea el colorete bien puesto, o puede que sea esa luz interior que trae el ser novia.
—Estás espectacular —digo—. Perfecta.
—Me siento increíble —dice, rebosante de felicidad—. Es como si todos mis sueños se hubieran hecho realidad. Sinceramente, no sabía que decir unas palabras delante de amigos y familiares haría que todo pareciera tan distinto, pero así ha sido.
Mira por encima de mi hombro, hacia el corrillo donde están mis hombres, charlando con sus otros primos hermanos, Max, Mason y Miller. Juro que esa familia tiene algo en el ADN que solo engendra hombres.
—En fin, la siguiente serás tú —susurra.
—Lo seré —digo, y le enseño mi precíoso anillo de compromiso.
—¡Dios mío! —chilla, y me levanta la mano para examinar las piedras centelleantes—. No puedo creer que lo hayas mantenido en secreto. Sobre todo teniendo en cuenta que yo tuve mucho que ver en todo esto.
Connie mueve la mano para abarcarme a mí, a mis hombres y también a su mejor amiga, Natalie. Está claro que a Connie le encanta su papel de casamentera.
—Tienes suerte de que te dejara vía libre y no trajera a mi amiga Sandy para hacerte competencia.
—La tengo. ¿Dónde está Sandy? Una parte de mí siente que debería disculparme por haberle quitado a sus hombres.
—Nunca fueron suyos —se ríe Connie—. Supe desde el momento en que os vi juntos que eran tuyos. Tú aún no lo sabías, pero lo eran. En fin, a la pobre Sandy se le ha averiado el coche por el camino, así que se lo va a perder todo. Se ha quedado tirada en un pueblecito a unas tres horas de aquí.
—Oh, no. Pobre Sandy.
—Está destrozada por perderse tu queso especial. Le di un poco la última vez que estuvimos juntas y no ha dejado de hablar maravillas de él. De hecho, creo que le dio un trozo a una amiga suya que trabaja de compradora para una cadena de alimentación.
—¿Que hizo qué?
—Que le dio tu queso a una compradora. Te lo juro, Melanie. Está tan bueno que tendría que estar en todos los supermercados.
—No tengo capacidad para producirlo a esa escala —digo mientras se me oprime el pecho.
—Todavía no —dice Connie, y me guiña un ojo—. En fin, tengo que ir saludando a todos estos invitados, pero quería darte las gracias en persona por hacer realidad mis sueños con la comida.
Me besa en la mejilla, me aprieta los brazos y luego se da la vuelta y desaparece entre la gente en una nube azul pastel.
—¿A qué venía todo eso? —pregunta Scott.
—La amiga de Connie le ha presentado el queso a un comprador importante.
—Pues ya está —se ríe—. Vas a convertirte en una magnate del queso y no querrás saber nada de nosotros, unos humildes rancheros.
—Primero, no tengo ni idea de qué es un magnate del queso y, segundo, creo que te olvidas de algo.
—¡Ah, sí! ¿Y qué es?
Le planto el anular con el anillo delante de las narices.
—Ahora ya no te libras de mí.
Me agarra y me aprieta en un abrazo feroz antes de estamparme un beso en la frente.
—No, cariño. Eres tú la que no se libra de nosotros.
—Pues supongo que eso me convierte en magnate del queso y en mujer de ranchero —digo entre risas.
—Mujer de ranchero… ¿Y por qué me gusta tanto cómo suena eso? —se ríe.
Pasamos el resto del día comiendo, bebiendo y divirtiéndonos de lo lindo.
Los niños son los primeros en salir a la pista y se tropiezan con los adultos, que desempolvan sus dotes para los bailes lentos.
Del bufé no queda nada, como si hubiera pasado por él una plaga de langostas, y Connie y los Banbury están más contentos que ninguna pareja de recién casados que haya visto en mi vida.
Y, siempre a mi lado, mis cinco rancheros guapísimos. Creía que eran despiadados. Creía que me habían arruinado la vida, pero resulta que me han convertido en la mujer más feliz de la sala, ¡y eso ya es decir mucho!