29
Lo que pasa después lo recuerdo todo borroso.
Sawyer y Cary saltan a la caja de la camioneta y Sawyer me abrocha el cinturón desde atrás mientras Scott se sube al volante.
La camioneta se aleja a toda velocidad del humo que sube en columnas, sale de nuevo a la carretera y yo me tapo la cara con las manos.
—McCafferty’s… Así que ahí es donde han acabado los Flint —dice Scott con los dientes apretados, cuando Sawyer lo pone al corriente—. Esos cabrones van a pagarlo.
—Oficina del sheriff —dice Cary por teléfono—.
Quiero denunciar un allanamiento en Flint House, un incendio provocado en Cooper’s Cottage, el envenenamiento de unos animales y el secuestro de un perro…
Sí. Vamos de camino al parque McCafferty para intentar recuperar al perro.
Ya han avisado a los bomberos para que se ocupen del incendio.
Ahora mismo no sabemos qué falta de la casa, aparte del perro, y allí no hay nadie… De acuerdo. Llegamos en diez minutos.
Cary cuelga el teléfono.
—Se reúnen con nosotros allí. Creo que les preocupa que hagamos alguna estupidez.
—Puede que tengan razón —gruñe Scott—. Te juro que, si le han tocado un solo pelo de la pata a Big Boy, los despellejo vivos.
—¿Estaba bien cuando lo viste? —pregunta Sawyer, que me pone una mano en el hombro.
—Estaba bien, pero asustado. Lo llamé, pero iba demasiado lento, y el tipo me agarró del brazo e intentó retenerme. Le pegué y forcejeé para soltarme. Quería llamaros, pero me había dejado el móvil en casa, y luego vi el fuego y…
Vuelvo a taparme la cara e intento tragarme los sollozos, aunque no lo consigo del todo.
Sawyer me frota el hombro.
—Tranquila —dice—. Has hecho todo lo que podías. A partir de aquí nos encargamos nosotros.
—¿Y si le ha hecho daño a Big Boy? ¿Y si se lo han llevado a otro sitio?
—Vamos a encontrarlo.
La mano enorme de Sawyer me aprieta el hombro y todo mi ser quiere creer que tiene razón.
Pero yo soy realista con la vida. A la gente buena no siempre le pasan cosas buenas.
A veces le pasan cosas terribles, sin lógica ni explicación posible.
No hay forma sencilla de entenderlo. Ni manera de superar el dolor que deja.
Tenemos que encontrar a Big Boy o no podré vivir conmigo misma.
Y los Bradford nunca encontrarán la forma de perdonarme.
Scott mete la camioneta en el aparcamiento y rellena los surcos que dejaron mis ruedas al derrapar cuando me fui. Abren las puertas de golpe antes de que me dé tiempo a desabrocharme el cinturón.
—¿Dónde, Melanie? —grita Sawyer.
—Al fondo del parque, a la derecha. Hay un porche de madera. Es la única caravana que lo tiene.
Los chicos salen corriendo y yo bajo de la camioneta a trompicones y echo a correr.
Ya me llevan muchísima ventaja; sus piernas fuertes los llevan entre las caravanas como un rayo.
Lucho por alcanzarlos porque me da miedo que todo esto acabe fatal.
No sé por qué, pero los hombres no parecen saber cuándo una cosa es demasiado peligrosa y hay que dar media vuelta. No miden el riesgo igual.
A mi espalda oigo el crujido de unos neumáticos al entrar en el aparcamiento. Me vuelvo de golpe y veo acercarse varios coches de policía, pero no me detengo. Solo necesito llegar hasta mis chicos.
Resuena el golpe de un pie sobre el metal. Al doblar la esquina de la caravana, veo a Sawyer y a Cary desaparecer dentro y los sigo, pero, cuando llego, oigo decir a Scott:
—No está aquí.
Y tengo que agarrarme al lateral de la caravana para que no me fallen las rodillas.
Cary sale a la luz del sol y parpadea al verme.
—Ya se han ido —dice—. Parece que han recogido sus cosas, aunque cuesta saberlo: aquello de dentro es una pocilga.
—Vamos a encontrarlos —dice Sawyer—. No pueden haber llegado muy lejos.
—No les hace falta llegar muy lejos —dice Scott—. Solo lo suficiente para que no sepamos por dónde tirar.
—Tienen un primo en Coldsville —dice una voz de mujer desde el otro lado de la caravana.
Me acerco enseguida y encuentro a una mujer mayor asomada a la ventana de su caravana.
—Los he oído decir que iban a llevarse el perro allí. Piensan pedir dinero antes de devolverlo.
—¿Sabe en qué parte de Coldsville? ¿O cómo se llama? ¿Cualquier cosa? —pregunto jadeando, con las manos apoyadas en las piernas para intentar respirar hondo.
—No, pero seguro que es igual de grande y de feo que esos gilipollas. No debería costar mucho encontrarlo.
Su sonrisa tiene un aire malicioso y, acto seguido, cierra la ventana de golpe, como si no quisiera que la vieran hablando con nosotros.
Cuando me doy la vuelta, los Bradford están detrás de mí y, tras ellos, dos agentes de policía.
—Se han llevado al perro a Coldsville —digo sin aliento.
—¿Adónde?
—No lo sé. A casa de un primo.
—Oye, quiero que vayas con uno de los agentes. Vuelve a la casa y enséñale qué falta —me dice Scott.
Aparta la mirada de mi cara enseguida y la fija en el agente más cercano. Es joven, puede que más o menos de mi edad.
—Melanie te explicará lo del robo.
El agente asiente y mueve la cabeza para indicarme que lo acompañe de vuelta a su vehículo. Cary, Sawyer y Scott pasan junto a nosotros a paso ligero hacia su camioneta, seguidos de cerca por el otro agente.
Sé lo que está haciendo Scott. Quiere sacarme de su coche y quitarme de en medio. Ni siquiera soporta mirarme. Tengo la garganta cerrada por las lágrimas que no he llorado, pero voy a mantener la compostura porque es lo único que puedo hacer ahora mismo.
Más adelante llegará el momento de llorar, cuando haya dejado atrás el rancho Hard Valley.