27
Dejo a Lady corriendo en el cercado y vuelvo a la casa mientras me seco el sudor de la frente con el puño de la camisa.
Se me instala el arrepentimiento en el estómago, y también la vergüenza.
¿Qué clase de persona soy, capaz de anteponer mi resentimiento a la seguridad y el sustento de los Bradford?
Desde luego, no la que mi madre me educó para ser.
Al rodear la fachada de la casa, veo que la puerta principal está entornada.
Qué extraño. Estoy segura de que esta mañana cerramos, pero quizá, con las prisas por salir y con lo ilusionada que estaba por pasar el día con los chicos, se nos olvidó.
Cuando llego lo bastante cerca para distinguir el borde astillado de la puerta, ya tengo el corazón desbocado.
Me detengo en seco y me vuelvo: en el camino de entrada hay marcas de ruedas que han derrapado y girado a toda velocidad. Aquí ha habido gente. Gente que forzó la entrada mientras nosotros estábamos fuera, encontrando ganado muerto en el perímetro del rancho. ¿Gente que quizá siga aquí?
No sé qué hacer. ¿Debería volver corriendo hasta Lady y avisar a Cash y a los demás? Ya tienen bastante encima, ¿no? Doy un paso hacia la casa y estiro el cuello para escuchar mejor. Del interior no sale ningún sonido. Ninguna señal de que quede alguien dentro.
Doy otro paso, y otro, cuidando de que mis pies no hagan ruido sobre la tierra.
Otro más y otro, y ya estoy lo bastante cerca para asomarme a la ventana.
La cocina parece vacía, así que avanzo con cautela, sin dejar de mirar por encima del hombro.
En la puerta respiro hondo, entro en la cocina y aguzo el oído por si algo delata la presencia de un intruso.
La casa está en silencio, así que doy otro paso hacia dentro.
Desde aquí alcanzo a ver toda la cocina, y está hecha un desastre.
Han barrido de la encimera toda la vajilla sucia y la han tirado al suelo de baldosas de piedra.
Las sillas están volcadas, y los cajones, arrancados de los armarios y vaciados por el suelo.
Todo lo que hice para convertir esta casa desaliñada en un hogar ha quedado deshecho.
Como si yo no hubiera estado aquí nunca.
Y entonces veo algo en un rincón.
La cama de Big Boy está volcada, y Big Boy no está.
Siempre está ahí. El pobre viejo solo se mueve para hacer sus necesidades o, de vez en cuando, para buscar una caricia de los chicos o mía.
Quizá esté en algún rincón de la casa, muerto de miedo.
Quizá esté herido. El miedo por Big Boy me hace olvidar el peligro que corro.
En lugar de ir de puntillas, echo a correr y lo llamo por su nombre.
Recorro la casa a toda prisa, entro en cada habitación, miro debajo de las mesas y de las camas, desesperada por encontrarlo.
No está en ninguna parte.
Quizá salió fuera durante el alboroto. Quizá cruzó la puerta abierta porque estaba asustado.
Doy una vuelta completa a la casa y al patio, pero no hay ni rastro de él.
Está demasiado débil para haber llegado más lejos. Sus patas no lo habrían llevado tan lejos, ni aunque estuviera asustado.
Y entonces lo sé.
Hay que darles una lección a los Bradford.
Eso fue lo que dijo Jethro Flint. Ha envenenado a sus animales y les ha saqueado la casa.
¿Quién sabe qué se habrá llevado? Papeles.
Dinero. Objetos de valor sentimental que no tienen reemplazo.
Esto no va solo de recuperar la fortuna que creen que les robaron.
Si fuera eso, se habrían llevado el ganado en vez de matarlo.
Habrían intentado sacar todo lo que pudieran.
Los Flint se han llevado a Big Boy, no porque valga nada, sino porque los Bradford lo quieren. Si quieres hacerle daño a alguien, no le quitas sus cosas: le haces daño a lo que más quiere.
Se me escapa un sollozo y me llevo la mano a la cara. Esto es culpa mía. Todo es culpa mía.
La llave del camión sigue en el cuenco. Salgo corriendo de la casa y dejo abierta la puerta destrozada.
Me subo al camión y salgo disparada por el camino de entrada, dejando atrás una polvareda que se alza a mi espalda mientras abandono el rancho Hard Valley y tomo la carretera del pueblo.
Paso junto al cartel que indica mi antiguo hogar y parpadeo al ver la casa que fue mía, del tamaño de una caja de cerillas en la distancia.
Ni siquiera sé adónde voy. Los Flint viven en algún sitio del pueblo, pero ¿dónde?
El único lugar que se me ocurre es la ferretería. A lo mejor Rob sabe dónde encontrarlos. Y, si no lo sabe, quizá conozca a alguien que sí.
El trayecto se me hace eterno. Llevo el pie casi pegado al suelo y el motor del viejo camión ruge como un tractor mientras intento sacarle toda la velocidad posible.
Al llegar a Main Street, reduzco lo justo para no matarme y lo aparco de cualquier manera en el primer hueco que encuentro.
No me molesto en cerrarlo: echo a correr hasta irrumpir por la puerta de la tienda, girando la cabeza y forzando la vista en busca de Rob.
Está junto a las herramientas, colocando paquetes de tornillos y clavos en el estante. Se vuelve al oír la campanilla.
—¿Melanie?
—¿Sabes dónde vive Jethro Flint? —pregunto entre jadeos.
—¿Jethro Flint? No te conviene meterte con un hombre así —dice Rob, frotándose las manos en el delantal de trabajo—. Es un millón de veces peor que los Bradford.
—Tú dime dónde vive. Tiene algo mío y necesito recuperarlo.
—¿Qué se ha llevado?
—Da igual, ¿vale? Por favor, ¿me lo dices?
Rob niega con la cabeza y aprieta los labios, claramente a disgusto.
—Vive con su hermano en una caravana de un solo módulo, en el parque de caravanas McCafferty. Sabrás cuál es porque le han puesto un porche de madera improvisado y hay un montón de botellas de cerveza apiladas de lado. Pero no deberías ir sola, Melanie. ¿Tienes a alguien que te acompa—
Salgo por la puerta antes de que termine la frase, salto al camión y me alejo a toda velocidad sin abrocharme el cinturón.
El parque de caravanas McCafferty está a las afueras del pueblo, en dirección contraria al rancho Hard Valley.
Se llega por un largo camino de tierra y está metido en un claro abierto en el bosque, así que queda oculto desde la carretera y no se ve hasta que el camino desemboca en un descampado lleno de vehículos viejos y oxidados, muebles tirados y basura de todo tipo.
Alcanzo a contar unas veinte caravanas, y ninguna tiene porche de madera. La que busco debe de estar al fondo.
Otra vez dejo el camión sin cerrar y avanzo al trote entre las caravanas, escudriñando cada una en busca de la que encaje con la descripción de Rob.
—Eh, guapa, ¿me buscas a mí?
Es un hombre despatarrado en una silla de plástico blanca y manchada, con una botella de cerveza en la mano, pero no es Jethro ni su hermano.
No le contesto, y me grita algo mientras desaparezco tras otra caravana. El aire huele a comida y al hedor de los cubos de basura, calentados por el sol y sin vaciar a tiempo para que no apestaran.
Y allí, delante de mí, se alza un porche de madera endeble, pegado a una caravana que parece sostenerse sobre una pila de botellas de cristal. Si a los Flint todavía no les ha fallado el hígado, desde luego van camino de conseguirlo.
Reduzco el paso y miro a un lado y a otro.
A lo lejos se oyen los gritos de unos niños, pero la puerta de la caravana de los Flint está cerrada y todo alrededor permanece en silencio.
Me acerco sigilosamente, con el corazón desbocado y un rugido de sangre en los oídos, como la estática de una radio.
Big Boy podría estar dentro, y los Flint también.
Ahora que estoy aquí, no tengo ni idea de qué voy a hacer.
Pero si Big Boy no está aquí, ¿dónde puede estar?
Ni siquiera quiero pensar en lo que podrían haberle hecho.
Si están dispuestos a matar vacas para vengarse, son capaces de casi cualquier cosa.
Aprieto los puños con fuerza y las uñas se me clavan en las palmas mientras me acerco.
Las ventanas están mugrientas, amarilleadas por la nicotina y el abandono.
Los Flint no sienten el menor orgullo por este sitio, y se nota.
Me arriesgo a asomar la cabeza para mirar por la ventana, pero vuelvo a agacharme enseguida.
Miro a un lado y a otro, me seco las palmas sudorosas en los vaqueros y me arriesgo a asomarme de nuevo.
Parece vacío, pero entonces capto un movimiento: una forma marrón en el suelo, delante de un viejo sofá hundido.
Es Big Boy.
Está vivo.
Expulso el aire de golpe y el soplo me refresca los labios. Me arriesgo a probar la manilla de la puerta. Está cerrada con llave y siseo de frustración.
¿Cómo voy a entrar? Mi padre me enseñó muchas cosas que las chicas no suelen aprender. Sé reparar vallas y sacar adelante una cosecha. Sé ayudar a una vaca a parir un ternero que viene mal colocado, pero nunca me enseñó a forzar la cerradura de la caravana de un capullo ladrón.
Vuelvo a probar la manilla, esta vez arriesgándome a hacerla sonar y a empujar la puerta. No sirve de nada, pero la frustración me hierve por dentro y no sé qué más hacer.
Dentro oigo un gemido familiar.
—No pasa nada, Big Boy —murmuro para tranquilizarlo, aunque no pueda oírme.
Ojalá supiera que estoy aquí fuera. Quizá así tendría menos miedo.
Me llama la atención una pila de ladrillos viejos junto a la caravana de al lado. Tal vez pueda usar uno para arrancar la manilla de un golpe. Quizá entonces se abra la puerta. Agarro un ladrillo y me raspo los nudillos lo bastante como para sangrar.
—Dillan, ven aquí ahora mismo, mocoso de mierda —grita una mujer a lo lejos. Una puerta se cierra de golpe, un perro que no es Big Boy ladra con fuerza y a mí casi se me sale el corazón del pecho de puro miedo.
—Ya voy, chico —susurro, y aferro el ladrillo y lo descargo con todas mis fuerzas contra la manilla blanca de palanca.
La pintura salta del metal junto con el polvo del ladrillo.
Lo repito, y el golpe de la piedra contra el acero me retumba en los oídos.
De dentro llega otro gemido mientras vuelvo a aporrear la manilla.
—Vamos, pedazo de mierda inútil —siseo—. Vamos.
Otro golpe, y la manilla sigue aguantando. Entonces, de repente, se oye un rugido dentro y la puerta se abre de par en par, a punto de darme en la cara. Doy un salto atrás y el hermano de Jethro Flint se alza sobre mí.
—¿Qué coño estás haciendo?
Lleva una camiseta de tirantes que se le tensa sobre una barriga enorme y unos pantalones cortos de rayas que le cortan por debajo del vientre y acentúan la desmesura de su torso. Tiene los ojos inyectados en sangre y medio cerrados, y hasta desde cierta distancia le huelo la cerveza en el aliento.
—¡Ahí dentro tienes a mi perro! —grito, con la esperanza de que alguien de una caravana vecina me oiga y venga a ver qué ocurre.
—Es mi perro —responde, y sale de la caravana y pisa la tierra, aunque va descalzo.
—Ese perro es mío y lo sabes. Tienes que dármelo ahora mismo y me iré. No le diré nada a nadie, ¿vale? Déjame llevarme al perro.
Esboza una sonrisa torcida, llena de dientes amarilleados por el tabaco y el descuido.
—¿Te crees que puedes venir aquí a dar órdenes y que yo voy a decir que sí? Lárgate de aquí.
Me escabullo a su alrededor gritando el nombre de Big Boy, y rezo para que encuentre no sé qué fuerza sobrecanina, salga disparado de la caravana y se lance a mis brazos, que lo esperan.
Es grande, pero podría cargar con él un rato si hiciera falta.
Llego cerca de la puerta y vuelvo a oír gemir a Big Boy, pero el bruto me agarra la muñeca y tira de mí hacia atrás.
—¿Adónde crees que vas? —dice, cerniéndose sobre mí con una mirada lasciva.
El frío se me extiende por las venas y el latido sordo del corazón apaga todo lo demás a mi alrededor.
El tiempo se detiene mientras recorro con la mirada sus ojos desquiciados y su barba rala y mugrienta, los cercos de sudor bajo los brazos y el lamparón que le baja por delante de la camiseta.
Su cuerpo huele a cebolla picada y a carne cruda, y sus dedos son como salchichas gordas que me rodean la muñeca por completo.
Tiro de la mano, pero no consigo soltarme.
Oigo las uñas de Big Boy arañando el linóleo y vuelvo a gritar su nombre mientras me arrastra cada vez más lejos de la puerta.
—¡SUÉLTAME! ¡BIG BOY, SAL DE AHÍ!
Vuelve a tirar de mí y me levanta del suelo; trastabillo hasta lograr enderezarme.
—¡LÁRGATE DE AQUÍ! —brama mientras todo el cuerpo se me tensa y se contrae.
Me arde la muñeca, con la piel retorcida dentro de su palma sudorosa. Le doy una palmada en el brazo e intento apartar de mí esa carne repugnante, pero nada funciona. Yo soy débil y él es fuerte, y, por mucho miedo y mucha rabia que sienta, no tengo nada que hacer contra él.
—¡SUÉLTAME! —grito otra vez.
Y esta vez arremeto contra él y le doy en la cara con la palma abierta; uno de mis dedos le da de lleno en el globo ocular húmedo.
Se lleva la mano a la cara y, al hacerlo, me suelta, así que echo a correr hacia la caravana, pero Big Boy está fuera de mi alcance y una sombra enorme se cierne a mi espalda.
Es demasiado rápido y no voy a dejar que vuelva a atraparme.
Rodeo la caravana y corro todo lo que me permiten las piernas; al menos así puedo burlarlo.
No hay manera de sacar a Big Boy de esa caravana yo sola. Tendré que volver, llamar a Cash y confesarle lo que ha pasado.
Es entonces cuando me doy cuenta de que esta mañana he dejado el móvil en la mesilla y no tengo ni idea del número de Cash.
Estoy junto a la camioneta cuando asimilo que voy a tener que dejar a Big Boy en manos de ese bruto y conducir de vuelta al rancho Hard Valley a pedir ayuda.
Solo espero llegar a tiempo.