26
Es mi primer día acompañando a los Bradford después del desayuno. Los platos sucios se quedan en el fregadero y tendrán que esperar hasta la hora de comer. Los sándwiches ya están preparados para cuando volvamos dentro de unas horas.
Estoy en la gloria; los recuerdos de la noche anterior me llenan la cabeza como rescoldos en un día frío.
Estoy un poco dolorida entre los muslos, y montar a caballo hace que lo recuerde todo con más fuerza.
Hoy todos los chicos han estado cariñosos: me han besado por la mañana y me han apretado contra sus camisas gastadas en abrazos bruscos que me han hecho sonrojar.
Incluso Scott se ha mostrado afectuoso, para diversión de sus hermanos.
Y ahora estoy cabalgando con mis hombres. Nada podría ir mejor.
El sol apenas empieza a asomar por el horizonte y tiñe el cielo de un dorado bruñido perfecto; a mí el corazón me vuela.
Lady aguanta bien el ritmo y sigue a los caballos más grandes y a los hombres que los montan.
Cash va en cabeza y nos lleva a sus hermanos y a mí a revisar las vallas y a mover el ganado.
Aprieto las riendas con fuerza y me siento poderosa.
Esta es la vida que adoro: respirar el olor húmedo de la mañana y notar la fuerza del animal debajo de mí.
Cash incluso me ha comprado un sombrero nuevo.
—Hay que parecerlo para serlo —dijo antes de salir, y me lo encasquetó y lo fue ajustando hasta quedar satisfecho.
Cuando nos acercamos al lugar donde se agrupa la enorme manada, algo asusta a Cash. Clava los talones y su caballo sale disparado. Colt y Scott lo siguen y llegan a la cancela justo cuando Cash la está abriendo.
—Mierda —oigo gritar a Scott, y entonces veo qué les preocupa. Hay tres animales en el suelo y, incluso desde lejos, distingo la rigidez de la muerte.
Que haya muertes en una manada es mala noticia. Podría tratarse de algo contagioso capaz de acabar con cientos de animales y, con ellos, con miles de dólares. El ganado empieza a dispersarse mientras Scott y Colt acercan sus caballos.
—Llama al veterinario —le grita Scott a su gemelo—. Lo necesitamos aquí cuanto antes.
—¿Qué es? —grita Cary.
—No lo sé, pero no tiene buena pinta.
—Quédate atrás —me dice Cash, y agarra las riendas de Lady cuando llegamos a la cancela.
—Puedo ayudar —digo.
—Algunas enfermedades que matan al ganado se transmiten a las personas. No voy a correr ese riesgo contigo, Melanie.
—¿Y tus hermanos?
Mientras lo digo, Scott se baja del caballo y lo acerca.
—Ellos saben lo que hacen.
Scott rodea los cadáveres y niega con la cabeza. Se pasa la mano por la barba rasposa, pensativo. Después mira hacia la valla.
Aquí estamos en el límite de las tierras de los Bradford. ¿En qué estará pensando?
—Se les salen los ojos de las órbitas y les cuelga la lengua. Tenemos que llevarnos a los demás, pero mantenerlos separados de cualquier animal que no esté ahora mismo en este campo.
—¿Crees que puede ser contagioso? —pregunta Cash.
Scott mira otra vez a los animales y luego a la valla.
—No lo sé. Tengo un mal presentimiento. Estas vallas son resistentes, pero están hechas para que los animales no salgan, no para que la gente no entre.
—¿Crees que los han envenenado?
—Ya sabes lo que dijo Flint. —Scott mete el pie en el estribo y se sube al caballo con absoluta soltura.
—Eso fue hace años —dice Cash.
—El odio sobrevive a casi todo —replica Scott.
—¿Qué dijo Flint?
Pienso en el hombre al que pillé mirándonos fijamente la noche que salimos del restaurante y se me remueve algo en el estómago.
—Dijo que nos haría arrepentirnos de haberle robado la granja.
Colt resopla.
—No le robamos una mierda a ese hombre. Lo perdió todo él solito y no es capaz de asumirlo.
—Da igual lo que pasara en realidad —dice Sawyer—. Lo que importa es lo que él cree que pasó.
—Bueno, sigue enfadado con vosotros —digo, y después me muerdo el labio, preguntándome si contárselo no hará más que remover las cosas. Sé cómo son los hombres, y de momento no tenemos pruebas de nada. A lo mejor Jethro Flint solo estaba soltando bravatas.
Cinco pares de ojos se vuelven hacia mí.
—¿Tú qué sabes de eso? —pregunta Scott, con los ojos oscuros ya cargados de sospecha.
Me vuelvo hacia Cash en busca de la dulzura tranquilizadora de su mirada, que sigue ahí a pesar de las terribles circunstancias.
—Jethro habló conmigo en la tienda. Me dijo que sois unos buitres a los que hay que dar una lección.
—¿Se te acercó en la tienda? —Cash frunce mucho el ceño mientras sopesa mis palabras.
Asiento.
—Fue el primer día que me dejaste la camioneta…
Scott agita las riendas y hace que su caballo se acerque al trote.
—Eso fue hace semanas. ¿Por qué no nos contaste entonces lo que te dijo?
Cash le lanza a su hermano una mirada de advertencia.
—¿Eso fue todo lo que dijo?
El corazón me empieza a latir deprisa mientras cinco hombres que confían en mí se dan cuenta de que les he estado ocultando secretos.
Lo que hay entre Scott y yo se asienta sobre un terreno inestable, y algo así podría echarlo todo abajo.
Tengo que ser sincera y contárselo todo ya.
Es la única posibilidad que tengo de que confíen en mí.
—Me dijo que me tratabais como a una esclava. Me dijo que no tenía por qué quedarme con vosotros. Se ofreció a cuidar de mí, él y su hermano.
La expresión siempre serena de Cash se ensombrece de golpe; los celos le arrugan la frente y le entornan los ojos. Lady retrocede, como si estuviera en sintonía conmigo y oliera el peligro.
—¿Te deseaba?
—Era como si creyera que iba a salvarme de vosotros.
—¿Y dijo eso de «hay que dar una lección»?
Asiento.
—Lo dijo dos veces. Me hizo sentir muy incómoda.
—Pero no lo bastante incómoda como para contárnoslo —sisea Scott.
—¡BASTA! —Cash monta en su caballo y lo conduce por la cancela—. Concentrémonos en sacar de aquí a estos animales. Lo demás lo resolveremos después.
Scott pone mala cara, pero obedece a su hermano, y los cuatro Bradford que no andan buscando al veterinario empiezan a sacar el ganado vivo por la cancela.
Aparto a Lady y espero a un lado, con la mirada saltando de los pobres animales muertos que yacen en el suelo a los vivos, que avanzan despacio.
¿De verdad han matado Jethro y su hermano a estos animales?
Parece raro que solo se tomaran la molestia con tres, pero quién sabe.
Tal vez pensaban matar más y algo salió mal.
Resulta extraño desear que los hayan matado en circunstancias tan siniestras, pero la alternativa podría ser mucho peor.
Si han muerto por algo contagioso, el resto de la manada corre peligro.
Un cosquilleo de culpa me recorre la piel a medida que asimilo la rabia de Scott. Tiene razón. Debería haberles contado enseguida lo que dijo Jethro. Era una amenaza clara, no solo contra su negocio, sino contra ellos mismos. ¿Por qué no lo hice? Cuesta tragar la verdad.
Fue en la época en la que los culpaba de mi propia desgracia.
No confiaba en ellos y, aunque el aspecto y los modales de Jethro me daban escalofríos, una pequeña parte resentida de mí se alegraba de que hubiera alguien más que sintiera lo mismo que yo hacia los Bradford.
Me gustaba que los Flint compartieran ese rencor por algo que, en realidad, no era culpa de los Bradford, porque así me sentía menos vengativa y mezquina.
Éramos aliados en nuestra amargura, y puse eso por encima de cualquier lealtad que debiera a los hombres que me daban techo y trabajo.
Se me revuelve el estómago solo de pensarlo.
—Deberías volver a la casa —me dice Cash—. No es sitio para ti… no hoy.
Sé que tiene razón. Tienen mucho que resolver y yo solo estorbo, pero eso no impide que sienta el aguijonazo del rechazo. Ni que convierta lo que acaba de hacer, y las palabras y los gestos duros de Scott, en algo más.
El miedo a que esto pueda cambiarlo todo.
Asiento y tiro de las riendas de Lady para encaminarla de vuelta a la casa Flint mientras el pánico me encoge el corazón.
Y así, sin más, el corazón que hace un instante volaba como un águila se estrella de nuevo contra el suelo.