25
Scott duerme boca abajo, con las piernas ligeramente separadas y un brazo junto a la cara. Ha dejado las cortinas abiertas y la luz de la luna le ha teñido la piel de azul marino, con destellos dorados sobre la curva redondeada del culo.
Me muero de ganas de deslizar la mano por su piel bronceada, de recorrer los duros planos de músculo que esconde debajo, pero no quiero sobresaltarlo.
En lugar de eso, me arrodillo junto a la cama y le acaricio con suavidad el cuero cabelludo hasta que abre un ojo apenas una rendija.
—Melanie —dice con voz ronca—. ¿Qué haces en el suelo? Métete en la cama.
Me coge de la mano y me hace sitio delante de él. Me deslizo en el hueco y recibo sus besos profundos y apasionados con los brazos abiertos. Mete una pierna entre las mías para frotar el muslo contra mi coño, ya maltrecho. Tengo el clítoris más hinchado que nunca y gimo con la mínima presión.
—Mis hermanos te han calentado —dice mientras me recorre la mandíbula con la lengua y me mira a los ojos con un brillo travieso.
—Creo que voy a estar caliente para siempre —digo.
—Creo que podrías ser mi mujer perfecta.
—Eso es lo que dicen todos los Bradford.
Muevo las cejas y él resopla y me mordisquea el lóbulo de la oreja.
—No te pongas demasiado chulita, señorita, o uno de nosotros tendrá que enseñarte cómo domamos a nuestras yeguas.
Le doy una palmada en el bíceps y frunzo el ceño.
—Scott Bradford, la próxima vez que me compares con un caballo, tendrás que apártértelas con tu propio problema.
Entre los dos, su problema se me clava incómodamente en la cadera.
—Entendido, señora —ríe—. Así que, si mis hermanos te han calentado, ¿qué puedo hacer por ti?
—Quizá debería recompensarte por tu paciencia.
Scott asiente pensativo.
—Me gusta cómo piensas. ¿Qué tienes en mente?
Juego con la sencilla cadena de plata que lleva al cuello mientras su polla se agita contra mi piel. Quizá debería dejarle decidir a él lo que quiere. Necesita sentir que tiene el control para mantener a raya a sus demonios.
—Tú decides —le susurro al oído.
—Eres como un genio, dispuesta a cumplir todos mis deseos.
—Más bien un hada madrina —digo con una sonrisa—. Los genios tienen más barriga.
—Así que puedo elegir lo que quiera... hacer lo que me apetezca.
—Bueno...
Me entra un ligero pánico y empiezo a pensar en todas las cosas que podría querer hacer y que quedarían fuera de lo que me parece aceptable.
Puede que fuera virgen, pero no me crié debajo de una piedra.
Sé que hay gente con fetiches raros y no estoy dispuesta a que me humillen de ninguna manera.
No creo que a Scott le vaya eso, pero todavía no lo conozco lo suficiente para estar segura.
—No voy a pedirte nada que te incomode —dice con suavidad.
—¿Qué vas a pedirme?
—¿Te arrodillarías para mí?
—¿Arrodillarme?
—En el suelo, entre mis piernas. Creo que verte así, chupándome la polla, sería lo más sexy que he visto en toda mi maldita vida.
«Vaya... podría ser jodidamente excitante», pienso, aunque supongo que no lo sabré hasta que lo pruebe.
—Vale.
Scott suelta el aire de golpe cuando salgo de la cama y me arrodillo en el suelo. Se mueve para dejar las piernas a ambos lados de mí y se sujeta la polla, dura como una porra en la oscuridad.
—Si quieres parar, dímelo, ¿vale? —dice.
Mientras me acerco arrastrando las rodillas y alargo la mano para cogerlo, no creo que vaya a querer parar.
Huele a limpio, al aroma fresco del jabón alpino que haya usado en la ducha, y cuando le recorro la punta de la polla con la lengua, lo saboreo.
Salado y dulce, y caliente también. Me hunde una mano en el pelo y aprieta los dedos, clavándolos un poco, con la presión justa para indicarme lo que necesita.
Ese toque de control me recorre como un escalofrío de excitación.
Alzo la vista y encuentro sus ojos de obsidiana brillando en la oscuridad.
Sin apartarle la mirada, me lo meto hasta el fondo de la boca y me deleito con los pequeños latidos de su polla y con el tic de su mandíbula mientras me observa.
Apoyo las manos en sus muslos musculosos, hundo los dedos en su carne firme y siento el poder contenido de ese cuerpo hecho para el trabajo.
Pero ahora no está trabajando. Ahora soy yo la que trabaja, tragándome su polla, con los ojos llorosos y el corazón retumbándome en el pecho.
—Joder —murmura, y me suelta para que pueda respirar un momento—. Estás condenadamente buena así.
Me acaricia la mejilla con suavidad, se sujeta la polla y me roza el labio inferior solo con la punta.
—Ven, siéntate en mi cara —dice.
Niego con la cabeza y me sonrojo solo de pensar en contarle por qué.
—¿No quieres que te pruebe?
—Quiero esto.
Saco la lengua y le doy un golpecito en la punta de la polla. Luego me pongo de pie, me subo a horcajadas sobre este hombre grande y fuerte y me dejo caer sobre su polla grande y gruesa.
Y gimo. Gimo tan alto que todos los demás hombres de la casa podrían oírme, al menos si estuvieran despiertos.
—Joder, Melanie —dice Scott mientras nos da la vuelta y se cierne sobre mí con los ojos serios y los dientes apretados por la contención.
Y entonces empieza a moverse como una máquina, a empujar tan hondo que un dolor sordo se me extiende por el vientre.
Me maneja como si fuera una muñeca a la que puede colocar exactamente como quiere: me levanta las piernas, me las apoya en los hombros, me dobla casi por la mitad, y es una sensación tan buena.
Tan buena que las lágrimas se me escapan de los ojos cerrados y me resbalan hasta el pelo.
—No pares —jadeo mientras sus caderas bombean como un pistón y rozan ese punto perfecto dentro de mí que me hace gruñir como una bestia—. No pares.
—No voy a parar, joder —dice, jadeante, y lanza todo el cuerpo al trabajo encima de mí.
El sudor resbala entre los dos y le reluce en el pecho, entre esos pectorales deliciosamente redondeados; me incorporo para lamerlo y saboreo la sal perfecta de su esfuerzo.
—Oh… oh…
Echo la cabeza hacia atrás y le ofrezco el cuello tenso; se me alzan los pechos mientras la espalda se me arquea como un arco.
—Eso es, cariño —dice—. Dámelo. ¡DÁMELO!
Y, ay, Dios mío, se lo doy. Se lo doy. Se lo doy.
De mis labios escapan sonidos que no reconozco como míos. Scott me embiste tan fuerte que se me escapan más lágrimas y entonces se queda rígido, con el cuerpo retorcido de placer, mientras me agarra las caderas con tanta fuerza que sé que mañana tendré moratones, pero no me importa.
No me importa en absoluto.
Porque, en medio de todo esto, me doy cuenta de algo.
Tuve que caer muy bajo para volar muy alto y ahora, con estos cinco hombres, surco como un águila un cielo luminoso bañado de sol.