CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 24
69%

24

Cash está despierto cuando entro en su habitación. Sus ojos buscan los míos en la oscuridad y, al instante, es como si hubiera alargado la mano para apretarme el corazón.

Recostado contra el cabecero sobre unos almohadones blandos, sostiene un cuaderno y un lápiz.

—Deberías estar durmiendo —digo en voz baja mientras me subo a la cama a su lado.

Deja el cuaderno y el lápiz en la mesilla y levanta el brazo para que me acurruque contra él.

—No podía dormir. Ahora mismo hay muchas cosas en marcha y me pesan.

—Ninguno de tus hermanos se preocupa tanto como tú.

Se encoge de hombros mientras me juguetea con el pelo.

—Cada uno afronta la vida a su manera. ¿Y qué tal con mis hermanos?

—Bien.

No creo que quiera un relato minucioso de lo ocurrido, así que me guardo los detalles.

—Me alegro. Debes de estar cansada.

—No tanto —digo, y le paso la mano por el pecho y le rozo con la palma el bonito pezón duro hasta hacerlo estremecerse.

—Mejor.

—Quizá, si te hago sentir bien, consigas dormir.

Mi mano se desliza bajo las sábanas hasta el miembro de Cash, que espera. No está del todo duro, así que disfruto de la sensación de acariciarlo hasta que queda completamente erecto. Suspira muy despacio y sus ojos gris lobo se cierran.

—No tienes ni idea de lo bien que sienta —dice, y me atrae hacia él.

Huele a limón, a las primeras gotas de lluvia sobre un campo de maíz y a algo más que me llena la cabeza de burbujas.

Podría seguir así toda la noche sin cansarme, sintiendo cómo levanta las caderas apenas un poco contra mi palma.

Lo necesita más que ninguno de sus hermanos, y dárselo me da tanto placer a mí como a él.

—A mí también me gusta —susurro.

—Me lo dirías si algo fuera demasiado para ti, ¿verdad? —Se le quiebra un poco la voz, y eso hace que me acurruque aún más contra él.

—Por supuesto.

—Entonces esto… esto que hay entre todos nosotros. ¿Es lo que quieres?

Cuando nuestras miradas se encuentran, tengo que contener las lágrimas, porque ahí veo la ternura que solo nace del amor.

—Es lo que quiero —le digo, y lo beso suavemente en los labios.

—Sabes que te daría el mundo entero —dice, colocándose encima de mí—. Sabes que mereces todo lo que tengo y mucho más.

—Me has dado el mundo entero. —Le acaricio la cara y veo cómo se le cierran los ojos cansados—. Me has dado un hogar, a ti mismo, a tu familia, una vida.

—¿Es suficiente? ¿Es demasiado?

—Es perfecto —digo—. Perfecto del todo.

Cash se desliza dentro de mí como si nunca hubiera tenido que haber un solo hueco entre nosotros.

Me estrecha entre sus brazos, tan cerca que siento el latido de su corazón contra mi piel.

Me hace el amor como si fuera algo precioso y frágil que necesitara sus cuidados más tiernos y, en algún momento, sin esperarlo, me hundo en el orgasmo más profundo, largo y dulce de mi vida.

Después me quedo envuelta en sus brazos, jugueteando con su pelo hasta que creo que se ha dormido. Yo también estoy a punto de caer, pero no puedo descansar sin haber ido a ver a Scott. Cada uno merece compartirme por igual. Es algo en lo que ninguno de nosotros puede ceder.

—Te quiero —susurra Cash mientras me deshago de sus brazos; tres palabras que a menudo se dicen con demasiada ligereza, pero no aquí. Aquí siento su verdad atravesarme de parte a parte, tan cierta como el viento que sopla sobre los campos de maíz y la lluvia que trae el cambio a la tierra sin vida.

—Yo también te quiero —digo, y le beso el hombro redondeado y curtido por el trabajo.

Puede que Cash no haya sido el primero en hacerme el amor, pero sí es el primero en amarme, y eso siempre va a ser especial.

En el pasillo apoyo la espalda contra la pared y respiro despacio y con calma para serenar las emociones. Llegará el momento en que podamos estar todos juntos, y el amor recorrerá todo lo que somos.

Hasta entonces, me queda otro hermano por ver.