23
La habitación de Sawyer está iluminada por la luz de una lámpara, como si le preocupara que me hiciera daño tropezando a oscuras.
Con los ojos cerrados y las pestañas proyectando sombras sobre sus marcados pómulos, parece un ángel recién caído del cielo: un ángel con un cuerpo increíblemente perfecto y solo una sábana que le tapa la cintura.
Tengo los muslos resbaladizos de sexo, pero, en vez de morirme de vergüenza, me siento aliviada. Si no estuviera tan húmeda, acostarme con cinco hombres en una sola noche podría doler mucho más de lo que duele.
Me quito la camisa y me deslizo en la cama junto a Sawyer, acurrucada contra su cuerpo cálido, y le paso la mano por el pecho. Se gira sin abrir los ojos hasta que me rodea con los brazos y me echa una pierna por encima, dejándome atrapada contra él.
—Ahí estás —murmura—. ¿Te lo estás pasando bien?
—¿Bien? Supongo que esa es una manera de decirlo —resoplo.
Se ríe bajito, hunde la cabeza en mi cuello e inhala mi olor.
—Hueles a melocotón —dice—. Y a sexo.
—Dos cosas deliciósas —digo entre risas.
—No tienes ni idea. Cuando Cash propuso este acuerdo, pensé que estaba loco.
No porque no te deseara. Te he deseado desde la primera vez que te vi entrar en el restaurante con tu padre.
Lo que me preocupaba era cómo iba a funcionar todo.
¿Podrías con esto? ¿Sentiríamos celos? Pero creo que todas mis preocupaciones eran infundadas.
—¿Me viste entrar en el restaurante con mi padre?
—Sí. Llevabas un jerséy negro con un corazón delante.
—Era mi cumpleaños —digo sonriendo.
—Parecías feliz —dice Sawyer, y sonríe al recordarlo.
—Lo era —respondo—. Vaya, no me puedo creer que te acuerdes.
—Verte… fue como un rayo.
—¿Te diste un golpe en la cabeza aquel día? —pregunto sonriendo, ruborizada.
—No. Y cuando se lo conté a Cary, me dijo que él ya tenía prioridad contigo.
—¿Prioridad?
—Sí. Al parecer, te vio primero, aunque no sé por qué eso le daba prioridad.
—Entonces, ¿qué habría pasado si Cary me hubiera pedido salir? ¿Te habrías quedado mirando mientras salíamos juntos?
—Habría luchado por ti —ríe Sawyer, y hace como que se toca el sombrero.
—Qué caballeroso —digo entre risas, poniendo un acento británico pésimo.
Se coloca encima de mí, me sonríe desde arriba y me separa las piernas con las rodillas.
—¿Te duele? —Mira entre mis piernas, pero no hay luz suficiente para ver nada.
—No me duele, pero estoy hecha un desastre.
—A mí el desastre no me molesta, pero puedo traer un paño si lo prefieres. No me puedo creer que mis hermanos no te lo ofrecieran.
—Tus hermanos han caído en coma sexual. Creo que limpiar lo que han ensuciado era lo último que tenían en la cabeza, como de costumbre.
—Bueno, yo siempre limpio lo que ensucio —dice Sawyer. Me acaricia el cuello con la nariz y me besa con suavidad, provocándome—. Creo que quiero tener mi propia primera vez contigo —susurra—. Cuéntame qué te hicieron mis hermanos y se me ocurrirá algo.
Pese al frescor de la habitación, siento las mejillas más calientes de lo normal. ¿Puedo contarle los detalles de momentos que me parecieron tan íntimos? ¿Debería haber momentos privados entre todos nosotros? Todo esto es muy nuevo para mí.
—Con Scott y Cary, ellos estaban encima, y con Colt estaba sentada en su regazo.
Sawyer sonríe y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—¿Eso significa que seré el primero en follarte por detrás?
—Supongo. ¿Y cómo funciona?
—Bueno, podrías ponerte a cuatro patas, pero creo que eso lo dejaremos para otro día. Túmbate de lado.
Sawyer se quita de encima para dejarme girar y se coloca detrás de mí, me rodea la cintura con un brazo y tira de mí contra su cuerpo.
—¿Ves? Así puedo abrazarte fuerte. Puedo susurrarte al oído y sentir cómo responde tu cuerpo al mío. Es más íntimo, y eso me gusta.
Dobla las rodillas detrás de las mías y su polla se desliza hasta quedar colocada justo para penetrarme.
Gime mientras me ensancha. Sigo estrechísima, aunque esta noche ya me han abierto dos hombres con pollas igual de grandes.
Sus dedos juguetean con mis pezones y me aprietan los pechos mientras entra y sale despacio y, joder, qué bien se siente.
—Esto no se parece a nada —dice—. Tenerte en mi cama, saber que estarás aquí mañana y pasado. Saber que esto no hará más que mejorar.
Gimo y me aferro a su mano, apretándola contra mí.
A mi espalda noto la fuerza de su cuerpo; su brazo alrededor de mí me dice que me tiene y que nunca va a dejarme marchar.
Estoy demasiado exprimida para correrme, creo.
Mi cuerpo solo puede soportar cierta cantidad de placer, pero Sawyer tiene otros planes.
Me empuja la mano entre las piernas.
—Tócate —susurra.
Ay, Dios. ¿Habla en serio? ¿No se supone que eso es algo privado?
—Quiero sentir cómo te das placer.
Despacio, deslizo el dedo sobre el clítoris y describo círculos cada vez más pequeños, como hago cuando estoy sola por la noche. Sawyer sigue saliendo de mí con suavidad y me pellizca los pezones con delicadeza, a un ritmo sincronizado que me enciende.
—Eso es —susurra—. Quiero sentir cómo te corres sobre mi polla. Quiero sentir cómo te dejas ir.
Y yo también. Quiero saber qué se siente al correrme tres veces con tres hombres distintos. Quiero saber que mi cuerpo puede soportarlo y salir al otro lado.
—Qué bien se siente —susurra—. Estás tan estrecha y húmeda, tan perfecta. Dámelo, cariño. Deja que sienta todo lo que llevas dentro.
Y, como un titiritero que tira de mis hilos, me hundo en las profundidades del placer y aprieto tanto mi propia mano entre los muslos que hago una mueca.
Sawyer gruñe mientras me contraigo alrededor de él; aminora el ritmo mientras mi cuerpo palpita y da sacudidas, y luego acelera de nuevo en busca de su propio orgasmo.
—Mierda… —sisea mientras se corre muy hondo dentro de mí, apretándome contra su pecho perlado de sudor, con la barbilla hincada en mi nuca.
Pasan varios minutos hasta que nuestra respiración se calma, y muchos más hasta que mi mente regresa a la realidad. Sawyer juguetea con mi cuerpo sin prisa, recorriendo todos sus rincones favoritos.
—Eso ha sido… —Se detiene y me besa en la nuca.
—Y tanto que lo ha sido —coincido, y los dos reímos entre dientes en la oscuridad.
Sé que se ha marchado al país de los sueños cuando el brazo se le afloja en mi cintura y la respiración se le vuelve un soplido suave y regular.
Tengo las piernas de gelatina, pero consigo deslizarme fuera de la cama y agarro la camisa para envolverme en ella.
El aire se ha enfriado, pero yo estoy ardiendo: pensar en Cash y en Scott listos y esperándome me manda oleadas de calor entre los muslos, todavía pegajosos.
Cash será el siguiente. Fue el primero en muchas cosas, pero será el último en hacerme el amor.
Acurrucarme entre sus brazos será como volver a casa y, después, dormiré con Scott.
Compartirme entre cinco hombres no debería ser tan fácil, pero lo es.
Y sonrío en la oscuridad ante la vida que ahora es mía, al darme cuenta de que ¡Sawyer se ha olvidado de limpiar el estropicio, después de todo!