22
Cary duerme como un niño, con las manos echadas por encima de la cabeza, completamente relajado.
Me tomo unos instantes para observarlo. La fuerza de su cuerpo se adivina en las ondulaciones del músculo que le recorren el torso y en sus muslos recios.
Me ruborizo al ver su polla, que de algún modo parece vulnerable en reposo.
Le beso los labios, ligeramente entreabiertos, antes de marcharme, y él se agita, pero no se despierta.
Todavía no he salido de la habitación, vestida tan solo con una camisa que he encontrado en el respaldo de su silla, cuando noto su semen resbalar fuera de mí.
¿Adónde voy ahora?
Hay otros cuatro hombres esperándome, aunque quizá ninguno esté despierto. Me cuelo luego en la habitación de Colt y me siento como una ladrona que busca riquezas en plena noche.
El hermano trillizo de Cary también duerme boca arriba, pero con un brazo cruzado sobre el pecho y el otro relajado a un lado.
Él también está desnudo, casi un reflejo de su hermano.
Me quedo contemplando a este hombre que, de día, rara vez deja de sonreír.
Incluso dormido, las comisuras de los labios se le curvan ligeramente, algo que sus hermanos no tienen.
¿Cómo lo despierto?
Veamos de cuántas maneras puedo hacerlo.
¿Con un beso en esos labios risueños? ¿Deslizándole los dedos por el pelo o por el cuerpo? ¿Susurrándole al oído para arrancarlo del sueño? ¿O quizá de alguna otra forma?
Ha decidido dormir desnudo y dejar su cuerpo a mi alcance. Eso me hace pensar que tenía en mente algo mucho menos inocente.
Me arrodillo junto a la cama, me inclino sobre su cuerpo y le toco con la lengua la punta de la polla. No se mueve, así que lo repito, esta vez dejándole el aliento cálido sobre la piel.
Sigue sin pasar nada. Parece que Colt duerme como un tronco.
Le envuelvo la polla con los labios y noto el primer indicio de que empieza a cobrar vida. Me toco el clítoris y descubro que seducir a un hombre dormido me resulta tremendamente excitante.
Sus muslos se mueven apenas cuando la polla alcanza la erección completa.
Quiero chuparla con más fuerza, pero se me ocurre otra idea que creo que le gustará.
Me arrodillo sobre él, el colchón se hunde y le froto el coño a lo largo de la polla expectante, lubricándosela con mis jugos y los de su hermano.
Colt no abre los ojos, pero me rodea la espalda con una mano y tira de mí hacia su pecho.
—¿Te gusta jugar conmigo?
Su voz es como el papel de lija más basto, y suelto una risita cuando abre un ojo y me mira entonándolo en la oscuridad.
—Tu polla se ha despertado antes que tú —susurro.
—Tiene voluntad propia.
Colt traga saliva luchando contra la ronquera del sueño y la nuez le sube y le baja bajo la barba de varios días. Me desliza las manos por el culo y las sube por la espalda, me arruga la camisa de Cary y luego me la baja de los hombros.
—Estás tan cálida —dice—. Tan suave y…
Me anima a incorporarme, se muerde el labio y sacude la cabeza.
—…joder, qué sexy.
Sus dedos trazan un camino sobre mis pechos, dibujan círculos alrededor de mis pezones endurecidos y bajan por mi vientre hasta meterse en el suave vello del vértice entre mis muslos.
—¿Qué te ha hecho mi hermano? —pregunta.
—¿Tú qué crees?
Los dedos de Colt se deslizan entre mis piernas y me encuentran empapada. Se lleva la mano a la cara.
—Hueles a sexo —dice—. ¿Quieres un poco más?
Muevo las caderas para demostrarle cuánto.
—Súbete —dice—. ¡Te enseñaré a montar a un vaquero!
—Todavía no lo he hecho así.
Colt se adelanta y se sujeta la polla por la base. Tengo que elevarme mucho para colocarme encima y, cuando se me encaja en la entrada, me parece imposible hacer lo que me pide.
—Ve despacio —dice, relamiéndose y sonriéndome desde abajo con picardía en los ojos.
Me sube las manos por los muslos y ejerce la presión justa para entrar un par de centímetros. Dios, es demasiado. La dilatación resulta abrumadora y, cuando miro entre nuestros cuerpos, parece que aún queda una cantidad imposible de polla por meter.
—¿Ves? —Se coloca las manos detrás de la cabeza y mueve las caderas, empujando un poco más hacia arriba.
Apoyo las manos en las sábanas, a ambos lados de su cuerpo, y las cierro en puños para sujetarme. Muevo las caderas en círculos y lo acojo un poco más, cierro los ojos y frunzo el ceño.
—Eso es —me anima—. Ábreme ese coño tan bonito.
—Para —resoplo, y le doy una palmada en uno de esos pectorales perfectamente redondeados. Sus abdominales se ondulan como la arena agitada por el viento, y tengo que tocarlo, necesito estar más cerca de él.
—Incorpórate —digo, y me gano otra sonrisa.
—Eres muy mandona para ser virgen —ríe—. Bueno, casi virgen.
—Eres el número tres —siseo, sin dejar de mover las caderas mientras él me atrae contra su pecho.
—A la tercera va la vencida.
Colt me mete el lóbulo de la oreja en la boca y lo muerde con suavidad. Sus palmas me acercan más y más con cada movimiento, hasta que ocurre lo increíble: está enterrado hasta el fondo dentro de mí.
—Eres muy chulo —me río mientras sus manos me abarcan los pechos. No son pequeños, pero desaparecen bajo esas manos ásperas y curtidas por el trabajo.
—Tú estás muy… —Sacude la cabeza—. …empalada en mi polla. ¿Qué tal la sientes?
—La siento como si tuvieras que moverte —resoplo.
—Ah, no, mandona. No voy a moverme yo. Vas a moverte tú.
El desafío está lanzado, y yo no sé resistirme a un desafío.
Los primeros movimientos de caderas me salen torpes y me cuesta moverme porque estoy demasiado llena, pero luego encuentro el ritmo y me agarro a los hombros de Colt mientras él me besa el cuello y me chupa y mordisquea los pezones.
Sienta de maravilla. Tan bien que, aunque estoy cansada y Colt aún tiene la mirada nublada por el sueño, nos aferramos el uno al otro como si nos fuera la vida en ello.
—Joder —murmura, y me da una palmada en el culo como si clavara los talones en un caballo para espolearlo.
—Estoy… Estoy… —jadeo—. No pares.
Cuando pierdo el ritmo, Colt toma el relevo y me embiste desde abajo, apretándome contra su pecho mientras su cuerpo, inmensamente poderoso, sustituye al mío.
—Eso es. —Tiene los dientes apretados y me agarra el pelo con tanta fuerza que se me saltan las lágrimas.
—Oh… —jadeo cuando una oleada de placer me sale arrancada de dentro, y Colt gruñe mientras su polla se hincha hasta unas proporciones aún más ridículas, se hunde hasta el fondo y se corre justo donde lo hizo su hermano antes que él.
Nuestras respiraciones se mezclan mientras me besa la boca abierta y su lengua me lame de una forma tan explícita que me estremezco.
—Ha sido…
—Lo ha sido… —coincido.
Y entonces se ríe y se ríe, y esa alegría que siempre parece llevar dentro le borbotea hacia fuera y se derrama en mi corazón.
Nos dejamos caer de espaldas sobre las sábanas, intentando contener la risa para no despertar a toda la casa.
Colt me aplasta la cara contra su pectoral y me revuelve el pelo como si fuera un perro y no su amante.
Le doy un puñetazo flojo en el estómago y él se encoge fingiendo dolor, me agarra el culo y me lo aprieta con fuerza.
Es como un cachorro juguetón. Un cachorro con el que quiero acurrucarme y quedarme dormida, los dos sonriendo.
Pero eso no va a pasar esta noche, al menos no para mí.
—¿Estás contenta? —me pregunta al cabo de un rato.
Inclina la cabeza para mirarme a los ojos, como si tuviera un método para detectar si miento.
—Sí —respondo—. ¿Cómo no iba a estarlo?
—Es mucho que asimilar. Muchos cambios.
—Pero todo bueno —digo, y lo beso con suavidad—. Ahora duerme, para que pueda ir con tu hermano.
—¿Con cuál? —pregunta Colt, somnoliento.
—Elige tú.
Cierra los ojos y me acaricia el pelo, y luego me atrae hacia él para darme un beso suave en la frente.
—Sawyer —dice, y se queda dormido como si alguien le hubiera dado al botón de apagado.
—Pues Sawyer —susurro mientras levanto el edredón y arropo con él a este hombre que personifica la felicidad—. Dulces sueños —digo mientras me pongo la camisa y salgo de la habitación con el mismo sigilo con el que he entrado.