CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 20
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Me despierto en una cama vacía, en una casa vacía. Sigo desnuda entre las sábanas; me doy la vuelta hasta quedar boca arriba y me quedo mirando el techo, reviviendo todo lo que pasó anoche.

Ya no hay vuelta atrás. Los he besado a todos. Los he tocado a todos. Ya no soy virgen.

Me llevo la mano entre las piernas y me noto pegajosa y un poco dolorida.

El corazón me late un poco más deprisa al recordar lo que sentí cuando las manos de los Bradford me recorrían, cuando sentí cómo se corrían en mis manos, en mi boca y en mi coño.

Me sonrojo, aunque estoy sola, y me pregunto si Connie se sintió así después de su primera vez con sus hombres. Tengo la impresión de que Connie tenía mucha más experiencia que yo en estas cosas. Quizá por eso a ella le resultó más fácil entenderlo.

¿Es normal sentirse como otra persona? Es extraño tener la sensación de haber cruzado la frontera que separa a la niña de la mujer. Aunque quizá «cruzado» no sea la palabra adecuada. ¡«Lanzarme de cabeza» sería una comparación más acertada!

Pero no puedo pasarme todo el día pensando en anoche.

Tengo que hacer la compra y comprar semillas y plantas para el huerto. Si quiero estar en casa a tiempo para prepararles la comida a los Bradford, voy a tener que darme prisa.

El trayecto hasta el pueblo me parece distinto. Hace sol y me burbujea por dentro una sensación muy parecida a la que tengo cuando llueve después de un verano largo. La sonrisa que llevo en la cara debe de ser ridículamente grande, porque por donde paso todo el mundo me la devuelve.

Esta noche pienso preparar un estofado de ternera enorme, con trozos de carne bien tierna, una salsa de cerveza y mucha verdura de raíz, y mañana creo que probaré a hacer lasaña por primera vez.

Montar todas esas capas de láminas de pasta, salsa de carne y salsa blanca y cremosa parece complicado, pero no creo que pueda meter mucho la pata si sigo la receta.

Después de meter la comida en el maletero, recorro Main Street buscando una tienda que venda lo que necesito. De esto siempre se encargaban mis padres, así que no tengo claro adónde ir. Al final de la calle hay una ferretería y entro con la esperanza de encontrar lo que busco.

Un chico joven que me resulta familiar está reponiendo las estanterías. Quizá fuimos al mismo colegio.

—¿Vendéis semillas de hortalizas? —le pregunto.

—Claro. —Sus ojos azules me recorren la cara; está claro que se pregunta lo mismo que yo—. Sígueme.

—Gracias.

Se dirige al fondo de la tienda y me señala con la mano un expositor con una enorme variedad de semillas. Esto va a llevarme un rato, porque tengo que asegurarme de comprar semillas que den plantas resistentes, capaces de crecer y sobrevivir con un cultivo ecológico.

El hombre, cuya placa lleva el nombre de Rob, se queda rondando.

—Tú eres Melanie, ¿verdad?

Asiento, ladeo la cabeza y entrecierro los ojos, todavía sin tener claro qué relación hay entre nosotros.

—Me llevabas tres años en el colegio —dice con una sonrisa.

—Y ahora me sacas casi un metro —me río.

—He crecido —dice Rob, y mueve las cejas de forma sugerente.

En serio. ¿Está coqueteando conmigo?

—Sí que has crecido. —Sonrío y alzo las cejas mientras observo su pelo castaño y despeinado y su barba descuidada. Con la camisa de cuadros y el delantal protector, parece hecho para trabajar en este sitio.

—¿Así que vas a cultivar hortalizas?

—Sí. He pensado probar suerte.

—Pensaba… había oído que habías perdido la granja. —Se le encienden las mejillas: se da cuenta de lo brusco de su comentario en cuanto las palabras salen de su boca.

Me encojo de hombros y decido no contarle demasiado. En este pueblo todo el mundo está relacionado de formas que aún no conozco bien. No quiero decir nada que pueda llegar a oídos de los Bradford o perjudicarlos.

—Y ¿dónde vas a plantar?

—¿Las preguntas forman parte del servicio? —Cuando alzo las cejas, se pone aún más colorado.

—Solo está siendo amable —dice una voz a mi espalda. Una voz que conozco demasiado bien.

Me vuelvo y me encuentro cara a cara con Amber, que parece vestida para una cita en la playa y no para comprar productos de limpieza en una ferretería.

—Amber. —Asiento con frialdad, y ella me dedica una sonrisa radiante, con todos los dientes a la vista.

—¿Esos Bradford te tienen muy ocupada? —Su mirada baja hasta mi mano, que aprieta cinco paquetes de semillas.

—¿Los Bradford? —tartamudea Rob—. ¿Ahora trabajas para ellos?

—Es la criada —dice Amber alegremente—. ¿Y quién sabe qué otros servicios esperan de ella?

Rob inspira con fuerza y yo me quedo completamente inmóvil. ¿Quién iba a pensar que se pudiera sonreír a alguien y ser tan ruin al mismo tiempo?

—¿Estás insinuando que soy una puta?

Amber se ríe y se echa los rizos rubios por encima del hombro.

—No insinúo nada de ti, cariño. Pero esos hombres tendrán sus necesidades, ¿no? Y sé de buena tinta que no las están satisfaciendo en ningún sitio del pueblo.

—Quizá se las estén satisfaciendo ellos solos —murmuro—. La mayoría de los hombres lo hace.

Rob se pone del color de un tomate madurado al sol.

—Eso sí que sería un desperdicio. —Amber se ajusta el bolso y me examina con ojo crítico; está claro que mi ropa informal y mi pelo revuelto no son en absoluto de su agrado.

Seguro que piensa que los Bradford tendrían que estar desesperados para recurrir a alguien como yo en sus momentos de necesidad sexual, y más teniendo a mano a alguien como ella—.

Quizá debería ir a verte pronto. Una tarde, tal vez.

—No es mi casa —digo—. No puedo invitar a nadie a mi lugar de trabajo.

—Los Bradford no parecen muy amables —interviene Rob—. Seguro que podrías encontrar otro trabajo. En Pecans Coffee Shop buscan camarera.

—Melanie no tiene experiencia como camarera —dice Amber poniendo los ojos en blanco.

—Estoy seguro de que la adquiriría con un poco de práctica —responde Rob con amabilidad, pero sus palabras me escuecen porque suenan muy condescendientes. Apenas conozco a esta gente y ya quieren opinar sobre mi vida.

—Gracias, pero estoy bien donde estoy.

—Deberías tener cuidado —dice Rob, mirando a su alrededor. Se inclina hacia mí y me llega a la nariz el olor de su aliento a café—. En este pueblo hay gente que les tiene ganas a los Bradford.

¿Estará hablando de los Flint?

—¿Quién?

Amber pone los ojos en blanco.

—En este pueblo hay hombres a los que les gusta hablar mucho, pero que en realidad no piensan mover un dedo.

—No sé nada concreto —dice Rob con una mirada de reojo hacia la izquierda—. Pero deberías tener cuidado de no intimar demasiado con los Bradford. Su reputación podría salpicarte.

¿Reputación? Ahora sí que estoy cabreada.

—¿Qué reputación? ¿La de ser buenos empresarios? ¿La de no ser unos mujeriegos que van siempre detrás de cualquier falda del pueblo? ¿La de cuidar de su familia? ¿Qué?

—La de aprovecharse de la mala suerte de los demás —dice Rob—. Como, por ejemplo, de la tuya.

—Si no hubieran sido ellos, habría sido otro. No puedo odiarlos por estar en posición de comprar mi granja, y nadie más debería hacerlo.

—Melanie, siempre habrá gente mezquina. Rob solo intenta protegerte, y eso es muy tierno, ¿no? Creo que le gustas.

Amber se ríe con inocencia y se lleva la mano a la boca para taparse los labios, mientras el rostro de Rob adquiere el mismo color que la remolacha del paquete de semillas que tengo en la mano.

—Es más probable que a Rob le gustes tú, Amber —digo. Cojo al azar unos cuantos paquetes más de semillas y empiezo a alejarme—. Ha sido agradable hablar contigo —añado con frialdad.

Cotillas entrometidos que quieren decirme cómo vivir mi vida cuando no conocen ni la mitad de la historia.

Si supieran lo que hice anoche, ¿dirían lo mismo?«Aléjate de los peligrosos Bradford. Se aprovechan de cualquiera que se cruza en su camino».

Mientras pago, me hago un lío con el dinero que me dejó Cash, con los dedos temblorosos. En realidad, Amber y Rob no saben nada de los Bradford. Todo son cotilleos y suposiciones.

Y yo sí lo sé, ¿verdad?

Sé que son hombres buenos.

Me tratan bien.

Me dan todo lo que necesito.

Pero ¿quién puede saber de verdad qué hay en la mente y el corazón de otra persona?

A la hora de comer no les cuento las especulaciones que corren sobre ellos en el pueblo.

No les revelo las advertencias que me han hecho.

Paso la tarde intentando apartar de la cabeza los pensamientos negativos que Rob y Amber me han sembrado de algún modo, en lugar de plantar las diminutas semillas que florecerán en algo útil.

Y cuando los Bradford regresan, hay algo distinto en todos ellos.

Están callados durante la cena y los sorprendo mirándose unos a otros, como si hubiera algo que quisieran decir y esperaran el momento adecuado.

O quizá esperan a que alguien reúna el valor.

Mi estofado está delicioso, pero no lo saboreo, porque el corazón me late demasiado deprisa y los ojos me van de uno a otro: escucho a medias la conversación que mantienen mientras intento descifrar algo de esa otra conversación silenciosa que se desarrolla entre ellos.

Mientras sirvo el postre, una tarta de chocolate cubierta de una ganache oscura y cremosa, Cash se aclara la garganta.

—Hemos estado hablando de algo —dice. Se produce una larga pausa que yo lleno mentalmente con frases como «Lo de anoche fue un error» o «Hemos decidido que ya no necesitamos una criada, así que haz las maletas». Pero lo que dice es algo completamente distinto.

—Queremos que nos ayudes a convertir la granja Cooper en una granja ecológica.

No hay nada parecido por aquí. Podríamos añadir esas tierras a nuestra explotación actual, pero sería un desperdicio, teniendo allí todo lo necesario para poner en marcha algo nuevo.

Nosotros no sabemos nada del tema y ahora mismo no tenemos tiempo para aprender, pero tú sí. Este puede ser tu proyecto.

Durante un largo instante me limito a mirarlos. Ojos grises, sonrisas oscuras y expresiones de incertidumbre. Cinco hombres a los que la gente de fuera del rancho Hard Valley ve con tan malos ojos y que, sin embargo, intentan hacerme feliz como pueden.

—¿Queréis que dirija mi granja? —pregunto, y me ruborizo al oír el chillido agudo de mi voz.

—Queremos que la conviertas en algo rentable. —Cash asiente para confirmar sus palabras.

—¿Y creéis que puedo hacerlo?

—Creemos que puedes hacer prácticamente cualquier cosa que te propongas —dice Sawyer con firmeza.

—¿Y la casa? —pregunto—. ¿Y el jardín?

—Tendrás que contratar a gente que te ayude. Nosotros te echamos una mano con eso. Te echamos una mano con todo, pero serás tú quien lo gestione. Tú tendrás la última palabra.

—¿En serio?

Siento en el pecho un dolor parecido al del día en que vendieron la granja en la subasta y al del día en que Cash me encontró durmiendo a la intemperie en lo que antes era mi granero. Entonces era un dolor de pérdida y de cambio; ahora es un dolor de gratitud y emoción.

—En serio —dice Colt con una sonrisa.

—Dios mío. —Me agarro al borde de la gruesa mesa de roble e intento serenarme—. No sé qué decir.

—Un «sí» sería un buen comienzo —dice Scott, con un leve movimiento de los labios que casi podría ser una sonrisa.

Un «sí» no bastaría, no cuando esto es tan trascendental.

Perdí mi granja y creía que era para siempre, pero ahora estos hombres increíbles me dan la oportunidad de volver a pisar mis tierras.

Sé que no será lo mismo. Seguirán siendo suyas.

Seguirán formando parte del rancho Hard Valley.

Yo solo seré una especie de administradora, pero es mucho más de lo que podía esperar. Lo es todo.

Me levanto, rodeo la mesa, le pongo las manos en las mejillas a Scott y lo beso con suavidad.

—Gracias —digo, y vuelvo a besarlo.

Repito lo mismo con cada uno de mis hombres Bradford y acabo en el regazo de Colt, apretada contra su pecho.

—Va a ser estupendo —dice—, siempre que sigas cocinando para nosotros. No creo que pudiera soportar volver a los fideos instantáneos de Scott y a las salchichas quemadas de Cash.

—No te olvides de los sándwiches de queso a la plancha de Cary —se ríe Sawyer.

—Oye, mis sándwiches de queso a la plancha están buenos. Solo me salió mal uno, aquella vez —responde Cary, indignado—. Y Colt no es quién para hablar: sus filetes siempre estaban duros como la suela de un zapato.

Me río solo de pensar en estos hombres apáñándoselas otra vez por su cuenta sin un poco de formación. Se me ocurre que podría enseñar un plato a cada uno y repartirnos la cocina por turnos. O puede que me esté adelantando.

Por dentro me burbujea la emoción, inquieta. Puedo volver a formar parte de mi granja y, por mucho que imponga empezar algo totalmente nuevo desde cero, me muero de ganas.