CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 19 #3
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No sabía que iba a ser así. La cercanía física.

La intimidad increíble de dejar que un hombre entre en mí.

La intensidad. La forma en que sus ojos no se apartan de los míos y el surco entre sus cejas mientras lo controla todo, avanzando tan despacio que me estiro y me abro sin molestias; la realidad emocional.

Nada volverá a ser igual después de esto.

Lo que estamos haciendo no se puede deshacer.

Es una línea trazada en la arena, una marca entre nosotros que existirá siempre.

Y sienta tan bien.

Tan bien, y todavía no ha hecho casi nada.

—Joder —murmura cuando parece que ya no puede empujar más adentro—. Estás muy estrecha.

Me arden las mejillas. Puede que estemos haciendo esto, pero lo de hablar sucio no lo tengo tan claro.

No tengo ni idea de qué responder. «Gracias» parece ridículamente formal.

Y creo que estar estrecha es bueno, pero quizá no lo sea.

Tal vez le esté haciendo daño. Es que él es muy grande y yo soy muy pequeña ahí abajo.

Ojalá supiera lo que hago para que esto fuera bueno para él también. Quiero que recuerde esta noche tanto como yo. No quiero limitarme a quedarme tumbada mientras él hace todo el trabajo.

—No duele —le digo—. Se siente…

—¿Qué?

—Bien —respondo.

En un instante, sus ojos se dulcifican: pasan del carbón al chocolate derretido.

—Bien es bueno.

El siguiente beso apenas roza mis labios, como un fantasma, y entonces empieza a moverse.

Nada me había preparado para lo maravilloso que se siente esto.

Scott mueve las caderas, sale y entra en mí con fluidez, rozándome el clítoris en cada pasada.

Me engancha un brazo bajo una rodilla y me abre más, con la mirada fija en el punto donde nos unimos, y luego en mis pechos, que se agitan con su vaivén.

Cierro los ojos y me hundo en mis fantasías, en el recuerdo de la lengua de Cash entre mis piernas, del sabor de Colt.

Recuerdo el palpitar de la polla de Cary entre mis manos y la imagen del semen de Sawyer salpicándome el estómago.

Abro los ojos y encuentro el apuesto rostro de Scott muy cerca del mío.

—Eres preciosa, Melanie —dice—. Qué bien se siente estar dentro de ti.

Le agarro el culo y tiro de él hacia mí para que embista más fuerte, para que sepa que no tiene que contenerse. Puedo con él. Quiero que me lo dé todo, no un sexo a medio gas, apto para vírgenes.

—Despacio —dice contra mi oído, y su aliento cálido y su tono ronco me tranquilizan—. No hay prisa. Tenemos todo el tiempo del mundo. Quiero que lo disfrutes.

Vaya. ¿No se da cuenta de que a mí me basta con tenerlo así de cerca? Sentir el cuidado de sus manos, ver la dulzura de sus ojos y saber cuánto se está entregando él también por estar aquí conmigo.

Scott me besa entonces, profundamente, y luego más profundamente aún, y olvido todo lo que pensaba sobre cómo debería ser esto y sobre lo que tengo que hacer. Simplemente soy. Y él simplemente es.

Y juntos somos increíbles.

¿Cuántas mujeres tienen un orgasmo la primera vez?

Supongo que no muchas, pero Scott sabe lo que hace.

Desliza un dedo resbaladizo entre nosotros y me frota el clítoris en círculos lentos mientras me folla al mismo ritmo, y estoy lo bastante relajada para que mi mente lo siga.

Y, madre mía, cuando alcanzo la cima siento una expansión mental y física como nunca antes.

Él sigue moviéndose a través de todo, con los ojos cerrados, mientras mi coño se contrae en oleadas alrededor de su polla y mis dedos se clavan en la carne de su culo.

—Eso es, cariño —dice en voz baja mientras se hincha dentro de mí.

Sé que va a correrse y, cuando lo hace, es lo más hermoso que he sentido en mi vida.

La liberación absoluta: un hombre fuerte reducido por mi cuerpo a su momento más vulnerable.

No se me pasa por la cabeza que no estemos usando ningún anticonceptivo hasta después, cuando sale de mí y su semilla se escurre en un chorro cálido.

Acunada entre sus brazos, me siento segura, deseada y completa.

Pero ¿qué vendrá después, cuando despertemos de la extraña fantasía onírica que ha sido esta noche a una mañana de vuelta en el mundo real?

No sé cuánto tiempo duermo, pero en algún momento de la noche me levantan de la cama de Scott.

—¿Qué? —susurro al descubrirme desnuda en brazos de Cash.

—Te necesito —dice mientras me lleva a su habitación. La cama está caliente, y me cubre primero con el edredón y luego con su cuerpo, hundiendo la nariz en mi cuello.

—¿Está todo bien? —susurro, y le acaricio la mejilla.

—Ahora sí —responde.

Durante un rato, sus manos recorren mi cuerpo: me acarician los pechos, las caderas, los muslos, el culo, todas las partes de mí que son suaves y femeninas.

Me preparo para que quiera lo mismo que Scott, pero no llega hasta ahí.

En lugar de eso, se queda dormido abrazado a mí en actitud protectora, y yo sonrío.

Me necesitaba para poder entregarse al mundo de los sueños, y me parece la cosa más tierna del mundo.