19 #2
Pero mis manos no están de acuerdo. Le buscan la cara y lo sostienen con ternura. Le recorren el terciopelo del pelo al rape, y los párpados se le vencen.
—No está mal, Scott —le susurro contra los labios—. Es el destino.
El gemido que llena el aire no parece humano.
Es desgarrador, parte el corazón. Habla de dolor, de liberación y de rendición.
Y entonces me atrae hacia su regazo, hasta que quedo a horcajadas sobre él, y me hunde la cara en el pecho.
Su aliento me quema la piel y sus dedos se me clavan en la carne de las caderas.
—¿Por qué no me escuchas? —dice.
—Sí te he escuchado —digo—, pero no estoy de acuerdo.
Y el cuerpo de Scott tampoco lo está, por lo que parece. Tengo el coño aplastado contra sus vaqueros y, debajo de la tela gastada por el trabajo, hay una erección muy dura y muy evidente. Su cabeza y su boca dicen una cosa; su cuerpo dice algo muy distinto.
El impulso de frotarme contra él es puro instinto y, cuando lo hago, vuelve a gemir.
—¿Por qué tenías que ser así? —pregunta—. ¿Por qué no podías ser como tu amiga Amber? Si fueras como ella, habría podido resistirme. Habría tenido fuerza de voluntad.
Gira la cara y su boca traza un camino cálido hasta mi pezón. Su lengua me lame, áspera y caliente, y arqueo la espalda. Dios, qué bien sienta. Y de pronto se pone de pie, me agarra por debajo de los muslos y nos lleva a zancadas hasta la cama.
—Hueles a mi hermano —dice cuando mi espalda choca contra el edredón.
Me baja la camisa por los hombros, se arrodilla entre mis piernas y me contempla desde arriba, desplegada ante él.
—Huelo a todos tus hermanos —digo, y veo cómo los párpados se le bajan despacio en respuesta—. Yo también puedo hacerte disfrutar.
—¿Ah, sí?
Los labios se le curvan, como si le hiciera gracia. Suena condescendiente, pero lo dejo pasar, porque ya conozco todos sus mecanismos de defensa y no me los voy a tomar a pecho.
—Puedo.
Alargo la mano y la meto por la cinturilla de sus vaqueros. Él cierra los ojos en cuanto le rodeo con los dedos la polla rígida. Me palpita en la mano, como si llevara demasiado tiempo esperando ese contacto.
—¿Quieres que te la chupe? —pregunto.
Cuando niega con la cabeza, lo acaricio de arriba abajo, primero con suavidad y luego con más fuerza; me encanta cómo mueve las caderas y embiste contra mi palma. Pero no me basta. Quiero más.
La sensación de tenerlo entre las piernas sigue fresca. La presión de su polla contra el clítoris fue demasiado buena para olvidarla. Me muevo y alzo las caderas para pasarme el glande por el coño resbaladizo. Él abre los ojos de golpe y me mira.
—¿Qué estás haciendo?
—Sienta bien —digo, y me ruborizo.
—No quieres eso de mí —dice sin aliento.
—¿Por qué no? —pregunto.
—Por cómo soy. Porque te he hecho la vida difícil mientras todos mis hermanos te acogían con los brazos abiertos y te trataban con amabilidad.
—Lo quiero —digo en voz baja, y me incorporo para besarle los labios mientras le acuno la cara con la palma de la mano.
Vuelve a cerrar los ojos mientras mis palabras se le asientan dentro.
Todo esto es un riesgo. Estoy bastante segura de que podría apretar demasiado, ir demasiado rápido, y que se levante y vuelva a negar lo que siente.
Pero, si no lo hago, existe el riesgo de que esto no baste para integrarlo en el grupo.
Siempre se quedará fuera, en un lugar detrás de sus hermanos.
Me muevo y me llevo el glande hasta la entrada. Pongo los ojos en blanco cuando se encaja ahí y aprieta ya unos nervios que me hacen sentir mejor que nada en el mundo.
—Joder —murmura, y me agarra la mano que le rodea la polla para dejarlo todo quieto.
Vuelvo a moverme y empujo hacia arriba, intentando metérmelo un poco. Tiene que haber un punto en el que esté demasiado dentro para querer dejarme marchar.
—Eres virgen —susurra, y me mira con los ojos muy abiertos—. Esta sería tu primera vez. No debería ser yo.
—Quiero que seas tú —le digo—. Quiero esto, si tú también lo quieres.
—Claro que lo quiero —gruñe—. Lo deseo tanto que me está costando todas mis fuerzas no hundirme en ti ahora mismo.
—Hazlo —susurro—. No te contengas.
Vuelve a cerrar los ojos e inspira hondo.
Lo que viene ahora no va solo de que yo entregue mi cuerpo: va también de que Scott renuncie a algo profundo.
A su convicción de que esto no está bien.
A su creencia de que las mujeres le harán daño, sean quienes sean.
Quiero que renuncie a las dos cosas, porque será la única manera de que pueda ser feliz.
Nuestra felicidad está entrelazada.
—Podemos esperar —dice con la mano temblorosa—. Podemos esperar hasta que estés segura.
—Estoy segura —digo—. Por favor, no me hagas repetirlo.
De sus labios escapa un largo suspiro. No es un suspiro de fastidio, sino de resignación.
Es la liberación de las restricciones que él mismo se ha impuesto, una señal de que me está escuchando.
Y entonces me rodea con los brazos y me atrae hacia sí.
Ay, Dios, sentir su peso encima de mí es increíble.
Tiene los hombros tan anchos y los brazos tan grandes que me envuelve por completo.
Al principio me besa con suavidad, y luego más hondo, y me hechiza con la presión de sus labios y el roce de su lengua.
Me agarra como si se estuviera ahogando, y puede que los dos nos estemos ahogando, en cierto modo, el uno en el otro.
Su enorme palma me roza un pezón y luego me aprieta un pecho, mientras un gemido le crece en la garganta.
Las caderas se frotan contra mi coño y el calor de su polla se desliza entre mis pliegues.
Me pierdo en el ritmo de todo, desbordada por su masculinidad y su fuerza, abrumada por su ternura y su pasión.
Esto está bien, esta cosa extraña y llena de desencuentros que hay entre nosotros. Está bien que sea él mi primera vez. Siendo el primero, su posición en el grupo será más sólida y su lugar en mi corazón, firme.
Quizá sea una estúpida por desear al chico malo. Es un cliché que he leído en más de una de mis novelas románticas. El caso es que, debajo de cada chico malo, hay un alma herida. Algunos tienen redención y otros te rompen el corazón. Solo espero que Scott no sea de los segundos.
Cuando su polla vuelve a encajarse en mi entrada, se detiene y me mira a los ojos.
Hay algo misterioso en él, algo que nace de unos ojos tan oscuros que resulta imposible distinguir el iris de la pupila.
Su piel bronceada parece aún más oscura con la luz tenue, y la barba y el pelo los tiene igual de negros, como la tinta.
Una sonrisa fugaz le asoma a los labios mientras lo miro parpadeando, con los ojos muy abiertos.
—¿Estás preparada? —pregunta.
Debe de saber que lo estoy. Estoy tan resbaladiza que noto cómo me corre entre las nalgas. Solo tiene que dejar caer un poco más de peso sobre mí y ya estará dentro.
Tomo aire de golpe y asiento; lo retengo y sonrío también.
Y entonces sucede.