19
Puede que sea virgen, pero no soy ninguna ingenua.
Sé lo que va a pasar antes incluso de que pase.
Lo que no sé es qué voy a sentir. Cuando la polla de Cash se hincha en mi mano, sé que está al borde.
Cary no se queda atrás, y los aprieto con más fuerza, pendiente de sus gemidos, con el corazón acelerando a cada segundo que pasa.
—Joder —grita Cash, y me agarra la muñeca y me la sujeta con fuerza mientras su semen caliente se derrama sobre mis nudillos.
—Mierda.
Cary hace lo mismo que su hermano y embiste contra mi puño cerrado hasta que él también se corre, una y otra vez.
Colt tarda un poco más y me deja respirar entre embestida y embestida, cada vez más profundas en mi boca. Lo noto tan caliente que apenas puedo soportarlo. Gimo con él dentro y las vibraciones hacen que me agarre del pelo.
Cuando se corre en mi boca, es como ver a un hombre enorme y fuerte completamente deshecho. Trago y él grita, quizá porque no esperaba notar mi garganta cerrándose en torno a él.
—Joder —dice Sawyer mientras Colt se echa hacia atrás y se sujeta la polla, demasiado sensible ya.
Tiene las mejillas encendidas y ha frenado la mano, como si no quisiera acercarse demasiado al límite.
Busco a Scott con la mirada y encuentro esos ojos oscuros, como pozos de aceite de obsidiana, que lo observan todo.
Su cara no expresa nada, pero el tic de la mandíbula es imposible de pasar por alto.
No saber qué hará me provoca un escalofrío eléctrico entre las piernas. Estoy tan mojada que el aire me lame una franja fría en mitad de la humedad.
—¿Puedes con más? —pregunta Sawyer, y asiento.
—Ven aquí.
Espera a que Colt se aparte y entonces se arrodilla ante mí y se inclina a besarme. Cuando nuestras lenguas se encuentran, le busco la polla con la mano. La tiene ya resbaladiza en la punta e hinchada más allá de lo soportable.
—Así —gruñe contra mis labios, y sus dedos buscan mis pezones, tensos, y los pellizcan.
—Mierda —murmuro cuando el pinchazo de dolor me atraviesa de golpe.
El coño me pide a gritos que me llenen, pero ¿cómo les digo que necesito más que esto?
¿Y quién sería el primero? Tengo la sensación de que para ellos significaría mucho más que para mí.
Reclamar mi inocencia sería una medalla que uno de ellos llevaría de por vida.
Esa experiencia no se comparte. Solo pasa una vez.
Antes de que me dé tiempo a seguir pensándolo, Sawyer gruñe y me derrama el semen sobre el vientre.
Cuatro menos.
Mientras beso a Sawyer con suavidad, le tiembla la mano contra mi cara.
Pero aún queda un hombre al que complacer.
Le toca a Scott. Ya no hay barreras ni distracciones. El sabor desesperado de su beso sigue en mis labios, a pesar de todo lo que he hecho con sus hermanos. ¿Será igual si llegamos más lejos? ¿Me gustará?
Vuelvo a mirarlo y estoy a punto de decirle que se acerque, como hice con su gemelo, pero no me da tiempo: sale de la habitación.
—Mierda —murmura Cash.
—Me temía que pasaría esto —dice Sawyer, todavía jadeante después de correrse.
—¿Qué pasa? —pregunto.
—Es que es difícil —dice Colt—. No te preocupes, preciosa. Ya se le pasará.
Me acaricia el pelo y yo parpadeo, intentando aclararme las ideas.
Scott acaba de largarse. Se ha ido estando yo desnuda delante de él, esperando para darle placer. ¿Quién demonios se cree que es?
Cojo una camisa tirada por ahí, me limpio la piel, agarro otra y me la paso por los brazos.
—Voy a buscarlo —digo.
—Mejor déjalo —me advierte Cash—. Necesita espacio.
Ya estoy de pie, con la camisa enorme de Sawyer colgándome de las muñecas, como si fuera vestida con ropa de gigante. No me molesto en abrochármela porque, de todas formas, aquí ya se ha visto todo.
—No creo que necesite espacio. Creo que necesita justo lo contrario.
—Ten cuidado —dice Cary—. Cuando se ve acorralado puede decir cosas muy hirientes. No te va a ahorrar el golpe. Saldrá a atacar y mañana se arrepentirá.
—Tengo la piel dura —respondo, y salgo por la puerta y recorro el pasillo sin hacer ruido hasta la habitación de Scott.
La gruesa puerta de madera está cerrada; el pomo redondo de bronce brilla en la penumbra.
Si la ha cerrado con llave, dudo que me deje entrar: la mantendrá cerrada como una barrera entre nosotros. Pero si está abierta…
Inspiro hondo, temblorosa, y alargo la mano. El metal está frío. Giro el pomo lo más silenciosamente que puedo y empujo con suavidad para ver si cede.
Cede.
Dentro, la habitación está completamente a oscuras. Quizá Scott no ha venido por aquí. Quizá ha bajado a por un vaso de agua o un trago de brandy, lo que necesitara para limpiarse el paladar.
Doy un paso vacilante hacia delante. Los ojos se me van acostumbrando a la oscuridad mientras busco alguna señal del hombre que parece empeñado en mantenerse al margen de sus hermanos y de mí.
Hay una silla en un rincón y, a medida que parpadeo y me acostumbro un poco más a la penumbra, su silueta se perfila.
—Scott.
Me sale una voz tan jadeante que me avergüenzo, mientras el corazón me retumba de nervios en el pulso de la garganta.
—¿Qué quieres?
—¿Por qué te has ido?
Doy un paso más y dejo que la puerta se cierre casi del todo a mi espalda. Al hacerlo, el aire de la habitación se vuelve aún más denso.
—No me deseas —dice en voz baja—. No deseas nada de esto. No de verdad. Es la convivencia forzada. Es lo que ha pasado con tu casa. Es que no tienes a nadie más. Todo eso te ha llevado a hacer esto, pero sé que en realidad no lo quieres, y yo no voy a participar en ello.
—¿Crees que te estoy utilizando?
Niega con la cabeza.
—Utilizarme, no. Creo que estás en una situación difícil y que ahora las cosas pueden parecerte bien, pero si todavía tuvieras tu granja y tu familia, no irías por este camino.
Me aferro al borde de la cómoda mientras sus palabras me oprimen la garganta. ¿Tiene razón? ¿Siento lo que siento por una especie de niebla que la situación me ha metido en la cabeza, o es real?
—No te habría conocido si aún tuviera mi granja y a mi familia.
No habría llegado a conoceros a todos. No habría estado donde tenía que estar para oír por casualidad lo que quiere Cash.
Pero eso no significa que esto no esté bien.
No significa que no sienta lo que siento.
Solo significa que el destino me habría llevado por otro camino.
—Bueno, quizá yo sea el destino —dice Scott—. Quizá lo que te estoy diciendo te ponga ahora en otro camino. Quizá me des las gracias dentro de un año, cuando hayas encontrado un sitio nuevo al que ir.
—¿No me quieres aquí?
—No así.
Ahora lo veo con más claridad. Tiene los ojos hundidos por el cansancio y las preocupaciones.
Tiene las manos tan aferradas a los brazos de la silla que los tendones se le marcan bajo la piel.
Nos miramos de frente, los dos respirando un poco demasiado deprisa, atrapados en un punto muerto.
Puede que él crea que mi sitio no está aquí, pero yo creo que lo que pasa es que le da miedo hacer este camino conmigo.
Insiste porque le resulta más seguro que yo me vaya.
Así puede mantener el corazón bajo llave, a salvo de los peligros de la decepción y la confianza traicionada.
—Quiero estar aquí —digo en voz baja—. No hay ningún otro sitio donde quiera estar.
—Puede que sea verdad, pero hay otros sitios donde estarías mejor. Solo tienes que intentarlo.
—O quizá seas tú el que tiene que intentarlo —digo, y doy un paso más hacia él—. Quizá seas tú el que tiene que encontrar la manera de seguir adelante.
—Yo sigo adelante —responde con brusquedad—. Este sitio se lleva todo lo que tengo.
—¿De verdad?
Ahora estoy justo delante de él, entre sus piernas abiertas.
Echo los hombros atrás y dejo que la tela de la camisa se abra.
Una franja estrecha de mi cuerpo desnudo queda al descubierto ante él: el espacio entre los pechos, el ombligo, el coño.
Y él no puede contenerse. Esos ojos negros bajan y lo absorben todo con una intensidad capaz de abrasar.
—No lo hagas —dice entre dientes.
—¿Que no haga qué? —pregunto con inocencia, y abro un poco más las piernas.
El pecho se le agita con una inhalación brusca.
—No te conviene meterte conmigo, Melanie. Te mereces algo mucho mejor que esto. Vuelve a tu habitación y mañana te ayudo a hacer las maletas y te doy dinero suficiente para que puedas empezar en otra parte. Te ofrezco una salida y la vas a aceptar, porque nada de esto es real.
Una salida. Dinero. Habla en serio, y eso me duele en el alma.
No quiero su dinero. No quiero ser libre para marcharme. Quiero que estos cinco rancheros duros me abracen fuerte y no me suelten nunca. ¿Cómo se lo hago ver a este hombre testarudo y herido?
—No quiero tu dinero, Scott. No quiero que me ayudes a hacer las maletas. No quiero marcharme. Aquí es donde quiero estar. Quiero estar con tus hermanos y te quiero a ti.
Me inclino y le apoyo la mano en el muslo, y su mano sale disparada y me agarra la muñeca con fuerza.
—Eres demasiado dulce, Melanie. Demasiado inocente. No puedes saber lo que significa esto y, cuando por fin te des cuenta, te vas a morir de arrepentimiento.
—Tengo veinticuatro años, Scott. Mi madre, a mi edad, ya estaba casada y me había tenido.
Soy lo bastante mayor y lo bastante lista para saber lo que quiero, pero tú...
tú te escondes detrás de tus palabras. Tienes miedo de dejar que alguien se te acerque, pero yo no voy a rendirme.
Voy a quedarme aquí, y puedes apartarme.
Puedes decirme que me vaya. Puedes ignorarme, despreciarme y pelearte conmigo hasta el final, pero no me voy a ninguna parte.
Sus labios se estrellan contra los míos como un tsunami contra la pared rocosa de un acantilado. Nuestros dientes entrechocan y me escuecen los ojos cuando su mano me agarra del pelo. Tiene los ojos abiertos mientras respira con fuerza, fuera de control, intentando contenerse.
—Esto está mal —sisea.