18 #2
No miro quién se va ni quién ocupa su lugar.
A mi mente le da igual y mi cuerpo está ávido de más.
Esta boca es más brusca, succiona con más fuerza y me azota el clítoris con la punta de una lengua rígida.
Estoy tan sensible que doy un respingo, pero me gusta.
Me gusta mucho. Bajo la mano hasta un pelo suave y me agarro a él para tener cierta sensación de control.
—Le gusta.
—Sí, le gusta —dice Cash con orgullo.
Me da la impresión de que me exhibe como un juguete favorito del que está orgulloso.
—¿Cuánto puede aguantar? —pregunta alguien.
—¿Quién sabe? —dice él.
¡Y tanto que quién sabe! Yo no. No tengo ni idea de cuánto placer soy capaz de soportar.
Ni idea de cuándo será demasiado o de cuándo mi cuerpo dirá basta.
Ahora mismo mi coño es como una copa de helado inagotable.
La humedad me resbala entre las nalgas hasta las sábanas, pero no me importa. Lo único que quiero es más. Más. Más.
—¿Puedo usar los dedos?
Dedos. Parpadeo, bajo la mirada y encuentro a Colt sonriéndome. Tiene los labios húmedos de mi excitación y los ojos le arden a través de unos iris grises como nubes de tormenta.
—Nunca ha tenido nada dentro —dice Cash.
Se vuelve hacia mí.
—¿Te parece bien?
Asiento, sin aliento y aturdida. Los dedos pueden llenarme. Los dedos pueden calmar el dolor, pero también van a traspasar un lugar que nunca antes se ha traspasado. Una vez hecho, no habrá vuelta atrás.
Cinco pares de ojos observan cómo Colt se mete el dedo en la boca y lo humedece antes de llevárselo entre mis piernas.
Estoy bastante segura de que ahí abajo estoy más que mojada, pero al menos viene preparado.
Traza un círculo alrededor de mi entrada y me provoca hasta que empujo con los pies para levantar las caderas de la cama.
Cuando por fin se introduce en mí, suelto un jadeo.
Oh, tiene el dedo grueso y largo, y la sensación es distinta. Extraña y prohibida; mi coño aprieta y lo retiene en su sitio.
—Está muy estrecha —susurra—. Muy estrecha.
—Se dilatará —dice Cash, siempre convencido de que podré acogerlo a él y a sus hermanos a la perfección en todos los sentidos.
Yo no estoy tan segura.
¿Cómo va a caber dentro de mí una polla del tamaño de la de Cash si un solo dedo ya me hace sentir llena hasta el borde?
—No quiero hacerte daño —dice Colt en voz baja.
Por primera vez no hay una sonrisa pícara en su cara. Tiene el ceño fruncido y los ojos grises muy abiertos.
—No pasa nada —digo—. Me gusta.
—¿De verdad?
Gira un poco la mano y uno de sus nudillos roza algo dentro de mí que me hace poner los ojos en blanco.
—Ahí, justo ahí —dice Sawyer—. Sigue así.
Y lo hace. Vaya si lo hace. Se me encogen los dedos de los pies y mis manos se cierran en puño sobre las sábanas, como si fuera a hacerlas trizas. Su lengua me da golpecitos en el clítoris y, oh, oh. Estoy perdida.
Cuando recobro el sentido, Colt está sonriendo otra vez, con la cara embadurnada de mi excitación y una sonrisita de suficiencia que deja claro lo satisfecho que está consigo mismo.
—Me toca —dice Cary.
—Puede que Melanie necesite un descanso —dice Cash, mientras me aparta de la cara el pelo empapado de sudor. Creo que tiene razón. Siento toda la vulva sensible e hinchada. Cualquier caricia más me llevaría demasiado lejos.
Toco el pecho de Cash, acaricio sus pectorales redondeados y el suave vello que los cubre, y después bajo, cada vez más abajo, hasta llegar a la cinturilla abierta de sus vaqueros. Meto la mano y agarro el único pene que he tocado en mi vida; lo noto duro y dulcemente familiar.
—Joder —murmura Cary—. ¿Va a hacer eso?
—Ya lo ha hecho antes —dice Cash, con la voz quebrada de placer.
Por toda la habitación se aflojan hebillas de cinturón y bajan vaqueros, anticipando lo que viene. Recorro con la mirada los muslos fuertes y los calzoncillos abultados de los tres hombres que están en la cama. Scott es el último que queda en pie, todavía casi del todo vestido.
Todavía no está lo bastante tentado, pienso. O quizá cree que iré a arrastrarlo para que participe, como hice en la cocina. Tal vez entre nosotros sea siempre así: él rezagado, con cara de herido y furioso, y yo alargando la mano para atraerlo.
Cary se acerca y alargo la mano hacia él; descubro que puedo rodear fácilmente con los dedos otro pene y moverla igual para darle placer. También en eso se parecen: igual de largos y gruesos, como terciopelo sobre un núcleo de acero.
—¿Quieres probar? —pregunta Colt, que ya tiene la mano en su propio pene y lo acaricia imitando lo que hago con sus hermanos.
¿Probar? Quiere que lo lama como me ha lamido él a mí. ¿Me gustaría? No lo sé.
Asiento y lo veo acercarse y arrodillarse entre mis piernas abiertas. Se inclina hacia delante, me da unos toquecitos en los labios con el pene y saco la lengua: tiene el glande suave como la seda.
Cuando empuja dentro de mi boca, tardo un momento en acostumbrarme. La mandíbula me duele enseguida, porque tengo que abrir muchísimo la boca para que quepa. Él me mira desde arriba, observándome, con las mejillas encendidas y los párpados entornados.
—Así, preciosa —dice con una sonrisa—. Justo así.
—Te dije que Melanie era perfecta —dice Cash, con la mano en mi muñeca, instándome a ir más deprisa.
Se me llenan los ojos de lágrimas cuando Colt empuja más adentro y me llega al fondo de la garganta, aunque no de un modo insoportable.
Esto no debería gustarme tanto. Debería sentirme utilizada, ¿no?
Tres hombres obtienen placer de mí a la vez, pero no hay nada sórdido en ello.
Al contrario: me siento poderosa y deseable.
Cuando Colt me acuna la mejilla con la mano, me siento adorada.
Cuando Sawyer masculla obscenidades entre dientes, mirándolo todo mientras espera su turno, me siento sexy y lasciva.
¿Cómo he podido esperar tanto para vivir esto?
No lo sé, pero ahora que lo he vivido, no hay vuelta atrás.
Lo quiero todo y voy a conseguirlo, cueste lo que cueste.