18
Cuando Scott se aparta, con la mano aún enredada en mi pelo, manteniéndome a un brazo de distancia, tiene los ojos atormentados.
Hay también en ellos una embriaguez delirante, como si mi beso lo hubiera hechizado y no supiera qué hacer.
Nunca me habría visto como una mujer capaz de hechizar a nadie, pero, si soy sincera, tampoco como una mujer a la que le gustara que se la fueran pasando de uno a otro en una habitación llena de hermanos.
Y mírame ahora.
Mejillas encendidas y pelo revuelto, sin aliento por la pasión, deseando más.
Soy una Melanie nueva. Una Melanie diferente.
Una Melanie a la que le han arrancado las raíces y que ahora se siente como un globo de helio soltado al viento.
—¿Estás bien, Melanie? —pregunta Cash desde algún punto a mi espalda.
Scott me suelta el pelo y me vuelvo hacia el hombre que empezó todo esto.
Parece preocupado, y hace bien. Sabe que todo esto es nuevo para mí y que lo siento avanzar demasiado deprisa, como si el suelo girara bajo mis pies.
¿Es así como se sienten los jinetes de rodeo sobre el lomo de un toro decidido a lanzarlos por los aires?
Hay emoción y hay miedo. Hay asombro y hay alarma.
—Está bien —dice Colt, pero no está lo bastante cerca para sentir cómo me late el corazón ni notar el cosquilleo del sudor en las axilas. Estoy tan acalorada que siento que podría estallar en llamas aquí mismo.
—No parece que esté bien —dice Cary.
—Scott la ha asustado —dice Sawyer.
—Ella lo ha besado —señala Cash—. Creo que Melanie ha asustado a Scott.
—Yo no le tengo miedo a nada —gruñe Scott.
—Ni yo —susurro.
—Creo que ya es suficiente por esta noche. —Cash avanza y me pone las manos en los brazos con gesto posesivo—. Mañana todos tenemos que levantarnos temprano.
—¡No! —La palabra me sale de los labios con más fuerza de la que pretendía.
—No —repite Colt con una sonrisa burlona.
—Creo que quiere más —dice Sawyer.
—¿Qué quieres? —susurra Cash.
—Más —respondo, esta vez más bajito.
—Más. —La voz de Cash suena grave y ronca. Él ya ha tenido ese «más» cuando estábamos solo los dos. Sabe cómo puede ser ese «más», pero ninguno de los dos sabe cómo será con todos ellos.
Pero, por lo visto, tengo tantas ganas de averiguarlo que lo voy gritando. Si no estuviera ya colorada de tantos besos, me pondría roja como un tomate de vergüenza.
—¿Quieres subir? —pregunta Cash.
Ay, madre.
—Sí.
—Entonces vamos. —Ahora no se pierde el tiempo: nadie se queda dando vueltas para decidir quién va primero ni qué va a pasar.
Me llevan de la mano escaleras arriba, directos a la habitación de Cash.
Huele a él, a madera y a limón. La cama está perfectamente hecha y lo primero que pienso es que no se quedará así mucho rato.
Y entonces se me escapa una risita. Una risita de verdad, y el ceño fruncido de Cash me dice que no tiene ni idea de lo que me pasa por la cabeza.
—Puedes parar en cualquier momento —dice—. Solo tienes que decirlo. Iremos a tu ritmo y no más deprisa.
—No sé cuál es mi ritmo —digo, y él sonríe despacio mientras me atrae hacia sí.
—Eres como una copa de helado con nata montada, coberturas, siropes y una guinda encima —dice—. El paquete completo. Cualquier ritmo nos va bien.
Cuando Cash me besa, todavía le baila la sonrisa en los labios, y yo me bebo esa ligereza tan poco habitual en él mientras le agarro la camisa y dejo que me pegue a su cuerpo.
Cuando sus hermanos se apiñan a nuestro alrededor y me tocan los brazos y las manos, y una boca me besa el cuello, todo me parece correcto.
¿Cómo puede ser?
¿Cómo puede estar bien lo de cinco hombres y una mujer?
Supongo que no tengo ni idea de cómo debería sentirse todo esto y quizá por eso se me ablandan las entrañas como mantequilla derretida y me arde y me palpita entre las piernas.
Los dedos de Cash encuentran los botones de mi camisa y empiezan a desabrocharlos. Llevo una camiseta de tirantes debajo, así que todavía no estoy nerviosa. Me la bajan por los hombros y me la sacan de las manos; después, me levantan la camiseta de tirantes por encima de la cabeza.
Debajo hay otra capa. Un sencillo sujetador color carne que se abrocha por delante. No tiene nada de sexy, pero la reacción audible de los chicos dice lo contrario.
—¿Puedo quitártelo? —pregunta Cash.
No espero a que sus dedos encuentren el cierre. Lo desabrocho de un golpe y miro a cada uno de los Bradford mientras ven mis pechos por primera vez.
Quizá sea porque llevan mucho sin estar con una mujer. Quizá por eso contemplan mi cuerpo como si fuera lo más hermoso que han visto en su vida.
De pie, solo con los vaqueros puestos y con tantos ojos clavados en mí, debería sentirme vulnerable, pero no es así. Una extraña sensación de poder me burbujea dentro. El poder de poner a estos hombres de rodillas. El poder de pedir lo que quiero y conseguirlo sin restricciones ni negociaciones.
No espero a que Cash pregunte si pueden tocarme.
Cojo la mano de Colt y me la llevo al pecho, mirando cómo mi seno desaparece dentro de su palma enorme, cálida y áspera.
Sawyer me desliza la mano por la columna tan despacio que la sensación de derretirme se intensifica.
Cary me besa la nuca mientras Cash y Scott observan.
Cash ya ha paseado las manos y la boca por mi cuerpo, así que se queda atrás para dejar sitio a sus hermanos, pero con Scott es otra cosa.
Tiene los ojos clavados en los míos, sin pestañear.
Quiere saber qué me gusta y qué no. Quiere verme deshecha para poder destrozarme otra vez.
La mano de Sawyer es la primera en tocarme el vientre, justo por encima del cierre de los vaqueros.
—Desabróchalos —digo.
—Joder —murmura, pero, a pesar de la ronquera de su voz, lo consigue con destreza.
Tengo las caderas anchas y los muslos gruesos, así que le cuesta bajármelos, un esfuerzo que al final merece la pena. Cuando me quedo de pie, solo con unas bragas sencillas y nada más, de pronto me siento insegura.
¿Qué pasará ahora? ¿Me gustará? ¿Se me dará bien? ¿Seré suficiente?
Pero las manos de Sawyer en mi cintura son delicadas, y sus besos, lentos y dulces.
Las caricias de Cary en mi espalda son reverentes, y la sonrisa de Colt contra mi cuello me resulta dulce.
Cash está ahí, buscándome la mano y apretándomela para tranquilizarme, y me dejo llevar por las sensaciones que burbujean dentro de mí y me envuelven como una manta cálida.
Creo que es Colt quien engancha los dedos en mis bragas. Espera a que me oponga, pero no lo hago y, al cabo de unos segundos, empieza a bajármelas.
La cabeza se me dispara, el corazón se me acelera, la sangre me retumba en los oídos como el viento antes de un huracán. ¿Voy a perder la virginidad esta noche? ¿Diré que sí? ¿Y quién me la quitará?
Demasiadas preguntas me llenan la cabeza hasta que Sawyer se arrodilla, me besa el ombligo y desciende, hundiendo la cara entre mis piernas y usándome las grandes manos para instarme a separar más los pies.
Cuando su lengua me roza el clítoris, las piernas se me vuelven de gelatina, pero Cary y Colt están detrás de mí y me sujetan con sus fuertes brazos.
—Túmbate en la cama, Melanie —dice Cash—. Relájate. Deja que te demos placer.
Es una petición sencilla y dichosa, pero aun así me sonrojo con fuerza.
Sería más fácil gatear hasta el centro de la cama, pero todavía no tengo esa confianza, así que me siento en el borde y me arrastro hacia atrás hasta apoyar la cabeza en la almohada.
Los Bradford aprovechan ese momento para empezar a quitarse la ropa, hasta quedarse todos desnudos de cintura para arriba.
Llevan los vaqueros desabrochados, pero no se los quitan.
Scott llega a desabotonarse la camisa, pero algo le impide seguir.
Cash se tumba a mi lado y me acaricia la mejilla.
—Eres preciosa.
Su beso es como miel sobre mis labios. La mano que juega con mi pelo y luego baja para provocarme el pezón es suave como una pluma.
Sus dedos descienden por el centro de mi vientre y titubean antes de seguir.
Lo beso para decirle que no pasa nada, que quiero que siga, y lo hace.
La primera caricia de sus dedos entre el suave vello del vértice de mis muslos es puro éxtasis.
La expectación crece. Hay ojos que me observan.
Separo las piernas poco a poco, y una mano en mi tobillo acaba el trabajo.
Cash me toca y cierro los ojos, a la deriva en el placer.
Los besos me salpican los muslos, unas manos me recorren los brazos, los pechos, el vientre, explorando y cartografiando todas las colinas y los valles de mi cuerpo.
El calor de una boca sustituye a los dedos de Cash y gimo cuando me succiona el clítoris, mientras la lengua se desliza entre mis pliegues y sobre mi entrada.
Ahí la presión es distinta. Tiene menos que ver con la sensación inmediata que con el anhelo de algo más.
¿Es normal ansiar que me llenen?
¿Sienten otras mujeres esta hambre del peso y el tamaño de un hombre encima?
Agarro la colcha con las manos y la mente se me va en fantasías de Cash acomodándose entre mis piernas, abriéndome con su enorme polla, la mirada de sus ojos cuando está del todo dentro.
Muy dentro. Muy dentro. Flexiono las rodillas y el placer se extiende.
Unos dedos tiran de mis pezones, placer y dolor que accionan un interruptor entre mis piernas, y cuando me corro, se me arquea la espalda y el vientre me vibra con las contracciones.
Dios mío.
Soy adicta a esta sensación: a la luz blanca e intensa que estalla detrás de mis ojos, al globo que se infla en mi mente, al latido profundo y sordo de mi corazón.
Soy adicta al ronco gruñido de aprobación masculina ante mi reacción y a saber que aún podría haber mucho más.
Un hombre puede cansarse, pero ¿cinco? Cinco pueden dar y dar, y dejar la parte de recibir para mucho después.
—Me toca a mí —dice una voz, y la cama se mueve.