17
El ambiente en el coche, de vuelta a casa, es distinto. Flota en el aire una energía que no había sentido nunca. Puede que sea la sensación compartida de que ha sido una noche divertida y relajada, y saber lo que eso podría significar cuando lleguemos a la casa Flint.
Hasta Scott se ha reído con algunas de mis anécdotas, y eso me ha dejado una extraña burbuja de felicidad en el pecho.
Cash abre la puerta y entramos todos en tropel: nos quitamos las botas y los sombreros, echamos las llaves al cuenco que hay junto a la puerta y nos quedamos un instante quietos, asimilando el silencio.
Nadie habla, y la ausencia de palabras es eléctrica. La mano de Cash se desliza en la mía y me lleva al centro de la cocina. Se lleva mi mano a los labios y la besa con una intensidad que solo se ve en las viejas películas en blanco y negro.
—¿Todo bien? —articula sin voz, y asiento, aunque no sé muy bien qué me está preguntando en realidad. Por dentro estoy bien. Incluso feliz. ¿O me pregunta si estoy dispuesta a más?
No tengo ocasión de preguntárselo porque sus labios se posan sobre los míos y me provocan con suavidad, con su aliento acariciándome entre cada beso delicado.
Luego baja, me besa el cuello y me gira con cuidado mientras me aparta el pelo.
Tengo los ojos cerrados y ese escalofrío me arrastra a un lugar profundo e íntimo, pero noto cuando alguien más se acerca.
Los dedos de Cash siguen entrelazados con los míos y su cuerpo está pegado a mi espalda, así que, cuando una mano me acuna la mejilla, tiene que ser la de otro de los Bradford.
Abro los ojos de golpe y me encuentro a Colt mirándome desde arriba, tan parecido a su hermano y siempre con la boca curvada en una sonrisa, como si el mundo entero y todo lo que hay en él le divirtiera.
—¿Puedo besarte, Melanie? —pregunta, y es la primera vez que oigo su voz tan ronca.
¿Besarme?
De pronto tengo la boca seca como un desierto y el corazón desbocado, como el de un caballo sin domar que huye al galope de un vaquero. Él aprieta los labios hacia dentro y yo no puedo apartar la vista de lo suaves y brillantes que parecen. ¿Será su beso igual que el de Cash?
Asiento apenas, tan poco que podría negar que haya ocurrido.
Cuando se inclina despacio, muy despacio, aprieto los dedos de Cash y él me susurra un sonido tranquilizador al oído.
Un calor me sube entre las piernas antes incluso de que los labios de Colt toquen los míos.
Es algo primitivo: la parte más animal de mi cerebro preparándose para una función biológica.
Si fuéramos animales, no sería tan complicado.
Estaría en celo y los Bradford lo sabrían.
Nos aparearíamos, me quedaría embarazada y tendría crías.
Pero las relaciones humanas no funcionan así. Son complicadas, y yo soy un cóctel efervescente de incertidumbre e ilusión, de ansiedad y entusiasmo.
Entonces sus labios encuentran los míos y me quedo sin respiración.
Su sonrisa sigue ahí. Noto contra mi piel la alegría que lleva dentro, y me pierdo en el roce de sus manos en mi cara, en mi cuello y más abajo.
Cash sigue ahí, agarrándome las manos como si temiera que vaya a salir corriendo o como si quisiera guardarse una parte de mí.
Sus hermanos pueden tocarme, pero yo no puedo tocarlos a ellos. ¿De eso va todo esto?
Cuando la lengua de Colt se desliza sobre la mía, me inclino hacia él, pidiendo más, más hondo, con unas ganas enormes de acariciarle la nuca y agarrarle el pelo rebelde. Y de pronto ya no está, y en su lugar aparece Cary.
Su sonrisa es más insegura y sus dedos se posan con delicadeza bajo mi barbilla.
—¿Puedo besarte, Melanie? —pregunta, y yo parpadeo, aturdida, antes de asentir esta vez con más seguridad.
Dios mío, cuando me besa es como hundir una cuchara en un pudín, como lamer un helado delicioso por primera vez. Sabe a batido de vainilla y huele a pinos y a viento del atardecer. Me sujeta con castidad por la cintura y, cuando se separa, estoy a punto de derretirme.
El siguiente es Sawyer. Es un poco más alto que sus hermanos trillizos; tiene los ojos como la medianoche y la barba tan oscura como la crin de Lady. Se muerde el labio y me mira desde arriba.
—¿Puedo besarte, Melanie? —pregunta, aunque a estas alturas es una pregunta inútil, pura cortesía.
Las manos de Cash aprietan las mías, como si quisiera preguntarme si estoy bien sin interrumpir el momento.
Cuando le devuelvo el apretón, con la esperanza de que lo tome como una señal de que todo va bien, se inclina y me besa el cuello.
Sawyer me sujeta por la parte alta de los brazos mientras se acerca a probar mi boca.
Suspira cuando le devuelvo el beso, me mordisquea y me chupa los labios de una forma completamente distinta a la de sus hermanos.
Esas sensaciones se acumulan entre mis piernas hasta que aprieto los muslos con fuerza contra ese latido.
Cuando se aparta, Cash vuelve a apretarme las manos.
Parpadeo, intento despejarme la cabeza y busco a Scott.
Es el último: el que no quiere esto, el que no ve las cosas como sus hermanos.
Una parte de mí espera que ya no esté. Le habría sido fácil largarse, encerrarse en su cuarto, negarse a este baile extraño en el que estamos todos, pero no lo ha hecho.
Está ahí, apoyado en la encimera, con los ojos tan oscuros como el mismísimo centro del infierno y la expresión más hambrienta que he visto nunca en un hombre.
Si Scott fuera un personaje de cuento, sería el lobo feroz esperando para devorar a Caperucita Roja, solo que no se la zamparía: le levantaría las faldas y le abriría las piernas, le apartaría las bragas de un tirón para darse un festín sin que nadie lo molestara.
Puede que Scott no confíe en mí. Puede que no quiera probar este estilo de vida tan disparatado, pero me desea.
De eso estoy absolutamente segura.
Y yo lo deseo a él. A este hombre lleno de rabia y resentimiento, al que le resulta más fácil apartar que atraer.
¿Me lo preguntará, como sus hermanos?
¿O tomará lo que le estoy ofreciendo?
¿Estoy loca por desear lo segundo?
Probablemente, pero estoy en territorio totalmente desconocido, y Scott lo sabe. Bueno, todos lo saben, pero no como Scott.
Sus hermanos se vuelven hacia él y esperan. Saben que todo depende de lo que pase ahora, porque se supone que lo nuestro va de unión, no de abrir grietas en su hermandad.
El pecho me sube y baja, sin aliento por la expectación, y Cash me sujeta más fuerte a medida que la tensión crece. Y Scott sigue sin moverse.
Pasan más segundos. El corazón me retumba en los oídos como una estampida y lo sé. Lo sé de verdad: no va a hacerlo. No va a acercarse a mí para preguntarme, como han hecho sus hermanos.
Si lo quiero, tendré que ir yo hasta él.
Le aprieto las manos a Cash, libero los dedos y cruzo la cocina decidida a que ese hombre no me mire con los ojos llenos de desafío y me encuentre a faltar.
Mis labios se estrellan contra los suyos y él se queda paralizado de sorpresa; luego sus brazos me rodean, me atraen hacia él, me agarran del pelo y me giran la cara para besarme hondo, cada vez más hondo, con una ferocidad que no es del todo deseo ni del todo odio, sino algo intermedio.
Es como si se despreciara por desear esto… por necesitar más. O por haber cedido. ¿Quién sabe? Lo que sí sé es que me ahogo en su beso y que me tiene aturdida lo mucho que me gusta el escozor de sus dedos brutales en el cuero cabelludo.
Cada uno de estos hombres me enciende por un motivo distinto. Me muestran quiénes son y yo encuentro en mí pedazos semejantes que les devuelvo reflejados.
Y sé, antes de que pase nada más, que ya estoy perdida.
Creía que eran unos rancheros despiadados. Creía que me habían robado la granja y el pasado.
Pero resulta que también pretenden hacerse despiadadamente con mi futuro.