16 #2
—Sí —suelta Scott—. Todos lo tenemos claro.
—Yo no… —empieza Sawyer, pero Scott levanta la mano al instante para hacerlo callar.
—Él sabe lo que va a pedir y, si no, pido yo por él. Melanie, dile a la señorita qué quieres.
Vaya. Con el hambre que tiene y aún le queda sitio para ser un caballero. Pido yo primero y luego la camarera apunta lo que quiere cada uno y nos deja a solas con el estómago rugiendo.
—Nunca os había visto por aquí —digo.
—Si comemos en el pueblo, normalmente pillamos algo en el bar. —Colt señala hacia el Connor's Bar, un sitio en el que nunca he entrado.
—¿Y por qué no hemos ido allí hoy? —pregunto.
—Es un antro —dice Scott.
Cash se aclara la garganta.
—No es un sitio al que te llevaríamos, la verdad.
—¿Os da miedo que algún otro ranchero fortachón me conquiste?
Se oye un murmullo de desagrado ante la idea.
—Nadie se te acercaría estando nosotros delante, pero no tiene nada de especial.
—Este sitio tampoco —dice Scott—, pero este pueblo no está precisamente plagado de restaurantes con estrellas Michelin.
—No está plagado de restaurantes de ningún tipo —se ríe Colt—. Si buscas una alternativa a la hamburguesa, lo tienes crudo.
—Alguien debería abrir un restaurante chino —digo—. O quizá un bistró mediterráneo.
—¿Y qué se come en un bistró mediterráneo? —pregunta Cary.
—Mi madre siempre quiso ir a Grecia. Me hablaba de la comida. Calamares crujientes y cordero asado durante todo un día, sellado en un horno de barro. Pescado fresco con ensalada y arroz sazonado, hojas de parra rellenas.
—Hojas de parra… ¿te refieres a las hojas de la vid? —pregunta Sawyer.
—Sí, supongo. Las rellenan de arroz.
—¿Y eso se puede comer? —Sus cejas levantadas me hacen reír.
—Claro. Es como la col o la lechuga, supongo. ¿Vosotros pensáis alguna vez en viajar?
—Nosotros viajamos para llegar hasta aquí —dice Scott, que enrolla una servilleta hasta darle forma de salchicha y luego la desenrolla y la alisa.
—¿Desde dónde?
—Crecimos en Fresno. Fue nuestro padre el que quiso la vida del campo, y a nosotros nos arrastró con él.
Llegan los batidos, lo que me da un minuto para asimilar que ellos no vienen de una familia de granjeros.
El mío, de fresa, es cremoso y afrutado, con un buen chorro de nata por encima y una baya fresca en el borde del vaso.
El batido de chocolate de Sawyer es espeso y marrón; los de Cary y Cash son igual de cremosos, pero el de Colt lleva un trozo de plátano pinchado en un palito.
—¿Así que no queríais ser rancheros? —pregunto.
—No nos veíamos ahí, pero se nos metió en la sangre —dice Cash con una sonrisa, y me limpia con el pulgar un poco de batido de la comisura de los labios.
—A algunos se nos metió en la sangre —dice Scott, pero no añade nada más, y me quedo preguntándome si habla de su madre o de sí mismo. ¿Querrá marcharse de Hard Valley? No me lo imagino haciendo otra cosa. Monta a caballo como un hombre nacido en la silla.
—Bueno, desde luego algo estáis haciendo bien —digo con una sonrisa, atenta a la reacción de Scott, pero él está mirando por la ventana, viendo pasar el mundo.
—Sabemos que naciste aquí —dice Sawyer—. ¿Alguna vez te imaginaste en otro lugar?
—Supongo que, cuando mi madre hablaba de otros lugares del mundo, me imaginaba que algún día iría a conocerlos.
En clase de geografía mirábamos fotos de distintos países y yo intentaba imaginarme allí, en aquella playa o en aquella ciudad.
—Me encojo de hombros y alcanzo mi vaso—.
Ahora mismo me cuesta imaginarme en otro sitio que no sea este.
Viajar es para la gente con dinero y raíces.
Creo que tienes que sentir que puedes tomarte un tiempo para ampliar horizontes, pero también saber que tienes un lugar al que volver.
Sawyer asiente.
—Y, si pudieras, ¿adónde te gustaría ir más que a ningún sitio?
—A Irlanda —digo—. Mis raíces familiares están allí. Mi madre intentó reconstruir nuestro árbol genealógico, pero no llegó muy lejos. Me gustaría terminar su trabajo e ir a conocer la tierra.
—Nosotros también tenemos raíces irlandesas —dice Cash—. Por parte de padre.
—¿Y sabéis de dónde?
—No. Nunca nos hemos puesto con eso del árbol genealógico.
—Bueno, quizá sea algo que podamos hacer juntos.
La camarera aparece con platos de comida. Hay alitas de pollo y nachos cubiertos de carne de ternera, queso, guacamole y crema agria. También hay tiras de pollo picantes con un rebozado crujiente y pieles de patata fritas cargadas de beicon, queso y jalapeños.
Nos lanzamos todos sobre la comida como las fieras hambrientas que somos.
Entre bocado y bocado la conversación fluye, y resulta divertida.
Escucho historias de la infancia de los Bradford.
Travesuras graciosas del colegio y cómo acabaron con Big Boy.
Yo les cuento lo de mi oveja y cómo la sacaba a pasear como si fuera un perro.
Les hablo del flechazo que me dio por Aiden, la mano derecha de mi padre, que me sacaba al menos quince años.
Ellos comparten las historias de sus primeras relaciones, y hay un montón de mejillas sonrojadas y puñetazos en el hombro.
Y en todo momento consigo verlos no como los rancheros grandes y temibles que se tragaron mi granja igual que la ballena se tragó a Jonás, sino como hombres decentes y hermanos que se quieren por encima de todo.
Me río más de lo que me he reído en años, pero cuando la camarera viene a retirar los platos me doy cuenta de que casi ha llegado el momento.
Esta noche me voy a casa con estos hombres, y podría pasar cualquier cosa.
De camino al coche creo ver a Jethro Flint observándonos desde el otro lado de la calle, pero se da la vuelta antes de que pueda confirmar que es él y le susurra algo a otro hombre. Las palabras que dijo en la tienda vuelven a mi cabeza… «Buitres que necesitan que les den una lección».
Se equivoca de medio a medio con los Bradford, pero nunca tendrá la ocasión de comprobarlo como yo.