CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 16
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El trayecto hasta el restaurante es movido.

La estrecha carretera que sale del rancho no está iluminada, pero Cash se la conoce como la palma de su mano.

Voy apretujada entre Scott y Sawyer, inclinándome contra uno o contra otro cada vez que Cash toma una curva cerrada.

Sawyer sonríe cuando nuestros hombros chocan y quedan pegados.

—Tranquila, Melanie —se ríe—. Si lo que quieres es arrimarte a mí, no tienes más que decirlo.

Me pongo roja de pies a cabeza y los ojos de Cash encuentran los míos en el retrovisor; su mirada me alcanza como una descarga eléctrica.

No está celoso. Eso lo sé. Percibo que le pasa algo completamente distinto. ¿Una ilusión contenida, quizá? ¿Le preocupa cómo reaccione al coqueteo desenfadado de su hermano? ¿Le preocupa que las cosas no salgan como espera?

Cuando la gravedad me empuja hacia Scott, no hay coqueteo alguno, y me endereza lo más rápido que puedo, muerta de vergüenza.

—¿Te has quitado toda la tierra de debajo de las uñas, Melanie? —pregunta Colt.

—Claro. —Levanto las manos, perfectamente limpias—. No me da miedo ensuciarme, pero desde luego me gusta quedar limpia después.

—Amén a eso —dice Cary—. Te juro que da vergüenza la cantidad de veces que tengo que sacar heno del desagüe de la bañera.

—Pues deja de revolcarte en él —se ríe Colt.

—El único que se ha estado revolcando en el heno es Cash —dice Sawyer, y se vuelve para guiñarme un ojo.

Esta noche hay en él una soltura nueva, como si se hubiera levantado cualquier freno que se hubiese puesto conmigo.

Todavía no he tenido un momento a solas con Cash para saber si ha hablado con sus hermanos de nuestra conversación, pero la actitud de Sawyer me dice que sí.

¿Esperan que pase algo esta noche? ¿De eso va en realidad la noche de hamburguesas?

¿Estoy en mi primera cita?

Una burbujita de risa me sube por dentro, pero consigo tragármela tras una leve sonrisa.

¿Quién tiene una primera cita con cinco hombres?

Yo, supongo.

La verdad es que no voy vestida para nada especial. He rescatado unos vaqueros limpios y una camisa blanca sencilla. Me he peinado de otra manera, con media melena recogida en una pinza. Me he puesto un poco de brillo de labios, y ya está.

Se supone que las citas son de vestidos bonitos y pelo rizado en ondas desenfadadas. De zapatos de tacón y bolsos demasiado pequeños para llevar nada dentro. De coches elegantes y restaurantes de lujo.

Pero, en realidad, no quiero nada de eso.

Los coches caros y las raciones minúsculas en enormes platos blancos no me atraen. Lo mío es más la comida que sabe bien y llena el estómago. Me van más los hombres que tratan a una mujer con respeto y tienen modales, pero no se dan aires.

Los Bradford son exactamente el tipo de hombre que sería un marido estupendo. En una situación normal, cualquiera de ellos podría sentar la cabeza y formar una familia preciosa, pero lo que quieren de mí no es normal, y lo que vamos a hacer esta noche tampoco.

Vamos a cenar juntos y, después, volveremos a la casa Flint. ¿Y entonces qué?

Nada impide que pasen cosas. No hay carabina que vigile que todo siga siendo decoroso.

Cash me lo ha pedido y yo, más o menos, le he dado luz verde, pero solo de pensar en estar en el centro de esos hombres grandes y fuertes, con todos queriendo besarme y tocarme, me arde la piel desde las plantas de los pies hasta las raíces del pelo.

He fantaseado con cosas que antes ni se me habrían pasado por la cabeza.

Y he descubierto que la simple idea de estar con todos los Bradford me excita.

La realidad podría superar con creces cuanto es capaz de imaginar mi mente inocente.

Se me escapa un leve suspiro antes de enderezar la espalda y obligarme a volver al presente.

Solo tengo que comerme una hamburguesa sin atragantarme, y lo que ocurra después dependerá tanto de mí como de ellos. Si algo no me gusta, se lo diré, y sé que me escucharán porque confío en ellos.

Confío en ellos.

Darme cuenta de que mi idea de los hermanos Bradford ha pasado de verlos como unos demonios a confiarles mi cuerpo resulta desconcertante. Tanto, que me agarro al borde del asiento para tener algo que me impida irme a la deriva.

A mi lado, la mano de Scott también descansa sobre el asiento y, cuando nuestros dedos se rozan, el escalofrío que me recorre el cuerpo hace que me estremezca.

La intensidad me resuena en la cabeza, pero Scott retira la mano de inmediato.

¿Habrá visto mi reacción? ¿Habrá pensado que no quiero que me toque?

—Y bueno, ¿cómo quieres la hamburguesa, Melanie? —pregunta Colt, interrumpiendo mi pánico.

—Al punto, con beicon, queso, salsa barbacoa y pepinillos.

—¿Pepinillos? —Sawyer hace una mueca—. Son lo primero que quito.

—¿Por qué? —Le doy un manotazo—. Los pepinillos y la ternera están hechos el uno para el otro.

—¿Y las patatas? ¿Kétchup o mayonesa?

—Las dos cosas mezcladas. —Colt finge tener arcadas ante mi sugerencia—. ¿Qué? Así sale salsa rosa. En mi casa la salsa rosa era un manjar.

—¿Y batido? —pregunta Cash—. ¿O cerveza?

—Batido —digo, y sonrío cuando sus ojos se encuentran con los míos en el retrovisor—. De fresa, por supuesto.

—Por supuesto.

—Me imagino que Scott y Cash prefieren cerveza con la hamburguesa, pero yo diría que Sawyer es más de batido de chocolate.

Scott resopla.

—Te ha calado.

—El batido de chocolate es el mejor.

—De vainilla —dice Cary.

—De plátano —dice Colt, y todos sollamos un «¡Puaj!» unánime.

—Pero ¿qué demonios, Colt? —me río—. El batido de plátano es como la bebida del demonio.

—La salsa rosa es la salsa para mojar del demonio —dice.

—Los pepinillos son los… —Sawyer vacila, sin saber cómo seguir.

—…pepinillos del demonio —me río.

—Qué cutre —murmura Scott. Puede que lo diga con desdén, pero al menos se suma a la charla distendida.

—Entonces, ¿qué otras cosas asquerosas te gusta comer? —pregunta Sawyer—. Empiezo a pensar que vamos a tener que acordar el menú a principio de semana para evitar mejunjes de pepinillos o salsa rosa.

—Me gusta beberme el aliño de ensalada a base de vinagre que queda en el fondo del bol. —Se oye otro «¡Puaj!» unánime—. Ah, y me encantan los sándwiches de queso y mermelada.

—¡Pero qué dices! —Sawyer arruga la nariz.

—Pues podría estar bueno —dice Cary—. Me gusta el dulce con el salado.

—Exacto —digo entre risas.

—En fin. Me aseguraré de consultaros cualquier cosa que no sea la típica cocina de carne con patatas.

—Nos encanta cómo cocinas —dice Colt—. Tú sigue como hasta ahora.

—¿Y vosotros? Algo cocinaríais antes de que yo llegara. ¿Cuáles son vuestras especialidades?

—No era nada bueno —dice Scott.

—Cash sabe hacer una tortilla —dice Sawyer.

—Y Colt se atrevió con el pollo y las patatas al horno.

—Nos apañamos con los perritos calientes —se ríe Cary—. La verdad es que comíamos muchos sándwiches.

—Entre dos rebanadas de pan todo sabe bien —dice Sawyer.

—¿Incluso los pepinillos con salsa rosa?

Me pasa el brazo por los hombros y tira de mí hacia él, me aprieta con fuerza y me revuelve el pelo. Suelto un chillido y Colt y Cary se vuelven para ver qué pasa.

—¿Hace falta que te recuerde que estoy intentando concentrarme? —dice Cash con voz de padre enfadado.

—Esta chica es un peligro —se ríe Sawyer mientras le empujo el pecho para zafarme.

—¡Mi pelo! —me quejo—. ¿Cómo voy a salir con estos pelos?

—A mí me pareces sexy. —Sawyer me suelta y me recoloca detrás de las orejas unos mechones que ahora van por su cuenta.

¿Sexy?

Nunca nadie me había llamado sexy, pero todo esto está bien.

Es cálido y cómodo, como meter los pies en mis zapatillas favoritas.

A estas alturas vamos ya por Main Street y miro alrededor, emocionada de volver a pisar el mundo.

Hay gente con ropa elegante, arreglada para salir de noche.

El bar parece lleno y la cafetería, con sus mesas en la calle, también está animada.

Cash deja la camioneta en el aparcamiento del restaurante, entre las demás, y salimos en tropel del vehículo. Nos alisamos la ropa y nos recolocamos los sombreros, listos para dejarnos ver en público.

—La gente va a hablar —dice Cary, como si me leyera el pensamiento.

—¿Hablar de qué? —Cash cierra el coche y se guarda las llaves en el bolsillo de los vaqueros.

—De que Melanie haya salido con nosotros. De que le hayamos comprado el rancho. Ya sabes cómo es la gente.

—Pues que hablen. ¿Qué más da?

—Se preguntarán por qué hemos salido todos con una sola chica —dice Scott, y la sombra del sombrero negro le oscurece aún más los ojos.

—No van a pensar en eso. —Cash niega con la cabeza, desdeñoso.

—Sí que lo pensarán. —Scott echa a andar, abre la puerta del restaurante y desaparece dentro. Lo seguimos y el peso de sus palabras nos hace mirar a todos alrededor. Dentro hay mucha gente, pero aún quedan mesas libres. Scott ha elegido un reservado perfecto. Al menos nos dará algo de intimidad.

Noto miradas clavadas en mí mientras sigo a los Bradford.

Miradas inquisitivas. Seremos el tema de los cotilleos, eso seguro, aunque estoy segura de que no se imaginarán lo que de verdad nos ha traído aquí.

Es un pueblo pequeño y las relaciones con varias parejas no son algo que la gente conozca.

Levanto la barbilla y me deslizo por el asiento de escay rojo hasta quedar encajada entre Cary y Cash.

Scott se sienta enfrente, con Sawyer en el medio y Colt, el último en ocupar su sitio.

—Huele bien —digo, y aspiro el aroma de la carne a la parrilla, que me transporta a todos los cumpleaños de mi infancia.

—Más les vale traer la comida rápido —dice Scott—. Mi estómago esperaba comer hace dos horas.

—Tu estómago tiene que aprender a esperar —dice Cash—. Pero pidamos unos entrantes para ir tirando.

Sonrío porque sé que debe de tener más hambre que un lobo, aunque intente disimular.

Cuando llega la camarera con las cartas, nos toma nota de las bebidas y sonríe al oír los batidos que piden estos hombretones tan sexis.

—¿Ya sabéis qué vais a pedir de comer?