CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 15
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A la hora de comer, Cash me pregunta si quiero dar un paseo con él.

Salimos de la casa por la puerta de atrás y echamos a andar por el patio.

Ahora está descuidado y lleno de maleza, pero en su día debió de ser un jardín precioso.

Se distinguen todavía las hileras rectas de tierra, separadas por senderos estrechos, perfectas para cultivar verduras y frutos rojos. Me recuerda mucho al huerto de mi mamá.

—¿Qué te parecería encargarte de esto?

No me apresuro a aceptar. Me tomo mi tiempo, camino de un lado a otro y niego con la cabeza sin motivo aparente. Todo el rato, Cash sigue ahí de pie, mirándome, con el pulgar enganchado en el bolsillo del vaquero y la espalda tiesa como un palo.

—Va a requerir mucho trabajo —digo.

—Así es. —Asiente despacio, dándome la razón.

—Necesitaré algo de dinero —digo.

—Lo que necesites.

—No quiero usar nada artificial —digo—. Si voy a cultivar, quiero que sea ecológico.

—¿Por qué?

—¿Sabías que las ranas macho de California se están volviendo hembras por culpa de los pesticidas químicos? Si voy a cultivar, quiero asegurarme de que comemos lo mejor para nosotros.

Cash asiente.

—Lo que tú quieras.

—¿No te parece mal? —pregunto, sorprendida. Estaba segura de que tendría algo que decir sobre la eficiencia y la cantidad de producción. En la agricultura moderna todo gira en torno a esas dos cosas.

—Creo que sabes de lo que hablas —responde—. Y te apoyo.

Me apoya. Es cierto. Nunca he tratado con un hombre tan dispuesto a escuchar lo que tengo que decir sin explicarme con condescendencia por qué él tiene razón y yo estoy equivocada.

¿No se supone que los vaqueros son unos capullos misóginos?

Según mi padre, Cash tendría que ser muy distinto de lo que en realidad es.

—¿Qué piensan tus hermanos de esto?

—Quieren que seas feliz. Les gusta la idea de que seamos más autosuficientes. Aquí todos salimos ganando.

—Pues de acuerdo.

—Vale. Hay herramientas en el cobertizo de ahí fuera. Te dejaré algo de dinero en casa para lo que necesites comprar.

Me acerco, porque la distancia entre nosotros se me hace excesiva.

Hasta ahora, toda la cercanía física que hemos tenido ha sido en privado, pero, tal y como van las cosas, me parece bien mostrarnos a la vista de todos.

Meto la mano en la suya, cálida y áspera, y me pongo de puntillas para besarlo en la boca.

La barba incipiente me pincha, aunque ya me estoy acostumbrando. Cuando me aparto, sonríe con dulzura.

—¿Y eso a qué viene?

—Porque sí —digo.

Me roza la nariz con la suya, me rodea con los brazos y me estrecha contra él.

—Esta noche —susurra— les contaré a mis hermanos lo que hablamos anoche.

—¿Qué crees que dirán?

—Ya lo verás.

Me besa otra vez en los labios y me deja ahí plantada. Lo veo alejarse y, unos minutos después, oigo el rugido de su camioneta al arrancar y las ruedas patinando en la tierra.

El resto del día lo paso limpiando la tierra de malas hierbas y piedras, y removiéndola hasta dejarla suelta y con buen aspecto.

Alguien de la familia Flint cuidaba bien este huerto.

Usaban fertilizantes naturales para aumentar la productividad.

Yo quiero utilizar estiércol de caballo en algunos bancales, y empezaré a hacer compost con los restos de verdura de la cocina y los desechos del jardín para la zona de la fruta.

Tengo que informarme sobre las variedades más productivas y más resistentes de forma natural.

Será un trabajo hecho con cariño, pero me hace mucha ilusión.

No me doy cuenta de lo tarde que es hasta que oigo unos pasos a mi espalda y me vuelvo para encontrarme a todos los hermanos Bradford en fila, contemplando lo que he hecho.

—Habéis vuelto... —Estoy a punto de añadir «temprano», pero entonces veo que el cielo se está oscureciendo y que he perdido por completo la noción del tiempo.

—Esto tiene muy buena pinta —dice Sawyer—. No me puedo creer todo lo que has hecho.

—Así que no eres solo una cara bonita —dice Colt con una sonrisa.

—Todavía queda mucho por hacer —digo.

Cash se mete las manos hasta el fondo de los bolsillos.

—Muy pronto podrás plantar.

Scott no dice nada, pero asiente con los labios apretados.

—Lo siento, todavía no he hecho la cena. Se me ha ido el santo al cielo.

—No pasa nada —dice Cash—. Había pensado que podríamos ir al pueblo a comernos una hamburguesa. Así te tomas la noche libre.

Me limpio las manos con un trapo viejo que llevo colgado del vaquero. La última vez que comí una hamburguesa en el pueblo fue por mi cumpleaños del año pasado. Solo faltan tres semanas, pero aún no se lo he dicho a los chicos. No quiero que piensen que espero nada.

—Suena genial. Tendré que cambiarme.

Cash se mira de arriba abajo y luego mira a sus hermanos.

—Creo que todos tendremos que hacerlo —dice entre risas.

—¿En media hora? —pregunta Cary.

—Por mí, perfecto.

Empiezo a recoger las herramientas y Cary se queda a ayudarme mientras sus hermanos entran en la casa.

—La verdad es que te estás convirtiendo en parte de la familia —dice mientras guarda las herramientas más grandes y pesadas.

La idea de volver a formar parte de una familia me provoca una sensación extraña en el pecho. Desde que murió mi papá, no solo he cargado con su pérdida, sino también con la de no tener familia. Mis padres eran hijos únicos los dos, así que nunca he tenido tíos ni primos.

—Solo intento ser útil —digo.

—Haces mucho más de lo que se te pide. —Cary sonríe con suavidad—. ¿Sabes? La mayoría de la gente no lo hace. Aquí tenemos trabajadores que van tirando con el mínimo esfuerzo. Ninguno pide tareas de más, y menos aún si son más duras que aquello por lo que ya les pagamos.

—También se trata de satisfacción personal —digo—. Es que odio sentir que me estanco. Este huerto… voy a aprender muchísimo plantándolo.

—Seguro que sí. Y nosotros disfrutaremos comiéndonos lo que cultives.

—Creo que esta noche disfrutarás más de la hamburguesa que de mis sanas verduras ecológicas.

Cary sonríe y extiende la mano para cederme el paso por la puerta.

—Las hamburguesas están muy buenas, pero no puedes comerlas todas las noches y esperar vivir muchos años.

—Exacto —digo.

—Llevo un tiempo hablando con Cash sobre la agricultura ecológica.

Creo que aquí podríamos hacer algo diferente.

Puede que producir de forma ecológica sea más caro y que haya un montón de burocracia para cumplir las normativas, pero el producto se vende a mejor precio y la tierra no sufre.

Los agricultores de antes sabían lo que hacían.

Rotaban los cultivos y dejaban parte de sus tierras en barbecho.

No necesitaban atiborrar la tierra de productos químicos.

—Y la comida era más sana.

—Deberíamos hablar más del tema —dice—. Quizá las tierras que acabamos de comprar…

Hace una pausa y me recorre el rostro con la mirada, como si le preocupara mencionar mi granja por miedo a disgustarme.

—…Lo que quiero decir es que tenemos tierra de sobra para probar algo nuevo.

—¿Crees que mi antigua granja podría convertirse en una explotación ecológica?

Cary se encoge de hombros.

—Es una idea.

—Es una buena idea —digo.

Por primera vez desde que el subastador gritó «adjudicado», hablar de mi granja no me llena de tristeza. En la idea de Cary se vislumbra un rayo de esperanza. Solo espero que Cash también lo vea así.