12 #2
La cintura de mis pantalones de yoga es elástica y Cash me los baja por las caderas con técnica de experto. No sé cómo, pero las bragas se van a la vez, y Cash tiene la cara entre mis piernas antes de que me dé tiempo a asimilar lo que está pasando.
Primero sus labios rozan la piel sensible de la cara interna del muslo y casi doy un brinco.
—Tranquila —dice Cash, y me apoya la mano enorme en el vientre para sujetarme.
Hunde la nariz en la suave mata de vello que tengo entre las piernas y creo que inhala mi olor.
Un gruñido inconfundible le vibra en la garganta, aunque no sé si nace de la excitación o del instinto posesivo.
Por la forma en que me sujeta, parece que me esté reclamando como suya.
Separo más las piernas para darle espacio, me abro para que tenga mejor acceso.
Las mejillas se me ponen escarlata al pensar que está tan cerca de mi lugar más íntimo, que puede oler mi excitación.
¿Estoy mojada ahí? ¿Puede ver todo lo que me está haciendo sentir?
Su lengua encuentra el botón hinchado del clítoris y lo lame despacio; me estremezco por la intensidad del placer.
—Tranquila —murmura otra vez—. Te va a gustar. Iré despacio.
Y lo hace. Tan despacio que contengo la respiración, esperando cada lametón enloquecedoramente tímido, con las rodillas temblando y las manos aferradas a las sábanas.
No sabía que la boca de un hombre pudiera hacerme sentir tan bien.
No sabía que la punta de su lengua pudiera ser tan hábil construyendo el placer.
No sabía que el coño se me contraería de anticipación, deseando algo que lo llenara.
No sabía que vería las estrellas solo con el roce cálido de su lengua.
—Ay, Dios —gimo, y cierro las piernas de golpe con tanta fuerza que casi le arranco la cabeza a Cash.
Los espasmos entre mis muslos laten como un tambor; todo, dentro de mí, se tensa en pulsaciones apretadas de placer profundo y ardiente.
—Eso es —dice—. Eso es.
La mano de Cash no se aparta de mi vientre y sus labios vuelven a apretarse contra mi muslo, húmedos de mi excitación.
Seguro que ahora querrá enjuagarse la boca.
Espero que se levante y desaparezca en el baño, pero no lo hace.
Al contrario: se mueve hasta quedar tumbado a mi lado sobre el edredón, apoyado en el codo, mirándome desde arriba con una sonrisa satisfecha.
Así que ya sé qué tengo que hacer para iluminarle la cara a Cash.
Me roza el labio inferior con el pulgar e, instintivamente, saco la lengua para probarlo. El fogonazo de fuego en sus ojos gris oscuro me dice cuánto le gusta.
—¿Ha sido tan bueno como parecía? —pregunta.
Por supuesto, tengo que asentir. No hay palabras para describir el placer que me ha dado. Ni palabras para expresar lo contenta que estoy de haber esperado a un hombre que sabe exactamente cómo hacerme sentir bien.
Me pone la mano sobre el corazón, que todavía late desbocado.
—Iremos despacio —dice—. Sé lo importante que esto debe de ser para ti. Quiero que sepas que para mí también lo es. No podría ser el primero sin saber que estás de verdad preparada.
Me rodea el pezón con el dedo y se inclina para besarme, y ya vuelve a removerse algo dentro de mí. Me siento como la heroína de mi novela romántica de vaqueros, siempre con ganas de aparearse como una perra en celo.
¿No debería contenerme más? ¿No debería hacerme la indiferente para que Cash no tenga tan claro lo mucho que me ha hecho sentir?
Pero no puedo. Sus dedos me encienden. Su boca me lanza a un mundo de pura expectación. Todo mi cuerpo se imanta al suyo.
—¿Y tú qué? —digo, y bajo la mirada hacia el impresionante bulto de la parte delantera de sus vaqueros.
Cash niega con la cabeza.
—Esta noche se trata solo de ti.
Me recorre el vientre con los dedos y se desliza entre mis piernas. Solo la punta del dedo corazón me toca la entrada y traza círculos ahí.
—Sigues intacta —susurra con la voz llena de asombro—. ¿Cómo es posible, montando a caballo como montas?
Me encojo de hombros, porque de mi propio cuerpo sé menos que él. ¿Se refiere a que todavía tengo himen?
—Jamás querría hacerte daño.
En lugar de entrar en mí, desliza los dedos hacia arriba, me abre, me roza el clítoris y explora mis pliegues.
No aparta los ojos de los míos y entre nosotros pasa algo que me hace un nudo en la garganta.
No esperaba que nada de esto fuera tan tierno, tan dulce.
No esperaba que explorarme así fuera para él un tesoro, sin pedir nada a cambio.
Las primeras veces tienen que ser especiales, y esta lo es, a pesar de las circunstancias que nos han juntado.
—¿Te quedas a dormir conmigo esta noche? —pregunta—. ¿Solo dormir?
Aceptar es lo más fácil que he hecho en mi vida.
—Claro.
Cash me dedica la sonrisa más radiante que le he visto nunca.
—Te traigo una camiseta.
Mientras busca una camiseta limpia en la cómoda, observo el juego de los músculos de su espalda ancha y de sus hombros. No me cubro, aunque me siento cohibida. Cuando vuelve, me incorporo y él me pasa la camiseta por la cabeza.
—¿Quieres ponerte las bragas? —me pregunta.
Tal vez debería decir que sí, tener una fina barrera de algodón entre mi coño y los hábiles dedos y la lengua de Cash, pero no lo hago. Niego con la cabeza y le sonrío, y él me devuelve la sonrisa.
Tiro del edredón, me deslizo entre las sábanas y Cash hace lo mismo. La almohada huele a él y, cuando me rodea con los brazos, siento que estoy en el cielo.
—Duerme ya —dice, y me besa en la coronilla despeinada.
Y, a pesar del revoloteo de mariposas que tengo en el estómago, lo hago.