12
Esta noche se cuece algo. Estoy hasta los codos en agua jabonosa mientras veo a Cary, Colt, Sawyer y Scott subirse a la camioneta buena y perderse de vista. Desde que llegué, nunca habían salido de noche, pero hoy van a un bar del pueblo.
Un bar.
Pero Cash se queda en casa.
Está fuera con Big Boy, dándole una vuelta alrededor de la casa para que haga sus necesidades.
Friego la sartén que tengo en la mano con más brío del necesario, presa del pánico.
¿Se han ido los chicos para que Cash pueda hablar conmigo?
¿O busca un poco de intimidad para pasar de los besos de instituto a algo más?
O tal vez estén hartos de que todo vaya tan despacio y se hayan ido al bar en busca de compañía femenina.
Quizá Amber esté allí, desplegando todos sus encantos femeninos. Quizá vuelvan y le den a Cash el nombre de una candidata más digna de ser la reina del harén de los Bradford.
Todas esas posibilidades me revuelven el estómago con una mezcla de nervios, celos y una ansiedad que no sentía desde que me mudé a esta casa.
Por si fuera poco, hasta ahora parece que comprarme el caballo ha supuesto el fin de mi implicación en algo que no sean las tareas de la casa.
Puedo montar a Lady todos los días, pero solo por placer, nunca por trabajo.
Y sí, me encanta salir al aire libre y me he familiarizado tanto con las enormes tierras del rancho que probablemente podría orientarme a oscuras, pero no es suficiente.
Cash todavía no ha vuelto cuando acabo con los platos, así que subo a adecentarme un poco. La bañera antigua es uno de mis rincones favoritos de la casa para relajarme, y me sumerjo en el agua caliente y dejo que la mente vague entre ensoñaciones que parecen demasiado reales.
Me imagino tumbada en una cama mientras Cash está sentado en una silla, en un rincón.
Me observa con una sonrisa asomándole a los labios, una sonrisa que no veo lo bastante a menudo en la vida real.
Sus hermanos están de pie a los pies de la cama, ya sin las camisas de cuadros, con los vaqueros desabrochados y los brazos cruzados.
Me miran igual que mirarían a un animal que estuvieran pensando en comprar.
Todas esas miradas sobre mi cuerpo… me recorre un escalofrío.
Me froto la cara con las manos mojadas para despejar la cabeza.
Estas fantasías eróticas no son propias de mí.
Culpo a la novela de habérmela llenado de anhelos.
O quizá sean las hormonas. Estoy casi segura de que ando a mitad del ciclo y de que, sin darme cuenta, busco un hombre grande y fuerte que me llene con su semilla.
Los humanos sabremos usar herramientas y escribir poesía, pero, en el fondo, seguimos siendo animales con impulsos animales.
Aprieto los muslos para sofocar el calor que siento ahí y salgo del agua: no quiero permitirme seguir por ese camino.
Ya con la ropa de estar en casa, avanzo despacio y en silencio por el pasillo, atenta a los movimientos de Cash. Todo está en calma; entonces se abre la puerta que tengo al lado y ahí está él, enmarcado por la entrada de su habitación.
Dios mío, no lleva camisa, y solo ver su piel desnuda me hace sonrojar.
Tiene la piel lisa sobre los músculos ondulados que forman el pecho más sexy que he visto nunca.
Ahí también está bronceado, así que a veces debe de trabajar sin camisa, algo que no he tenido el placer de presenciar.
Apoya un brazo en lo alto del marco de la puerta, imponente.
—Ahí estás —dice, y tiende la mano libre para tomar la mía.
Cash tira de mí para acercarme y enseguida me llega el aroma de su piel recién lavada. Su pelo tiene una onda suave y le cae sobre la frente. Me besa la mano, como la primera noche, pero sé que esta vez no es solo el preludio de un beso.
Estoy en su habitación.
Su cama está justo ahí.
Estamos solos.
Y esto me supera por completo.
—Cash —digo en tono de advertencia.
—No pasa nada. —Baja la cabeza para besarme la mejilla—. No haremos nada que no quieras.
No se da cuenta de que eso es justo lo que me da miedo. Si dejo que me ponga las manos encima, voy a querer todo.
Mi madre me dijo que el sexo podía ser un intercambio de poder.
A los hombres lo que más les gusta es lo que no pueden tener.
Persiguen y persiguen, y mientras no les das lo que quieren, siguen interesados.
Pero si un hombre no te quiere antes de que le entregues lo que tienes entre los muslos, durante el sexo le cedes un poder que, antes o después, usará en tu contra.
Supongo que lo que pretendía era que fuera prudente, y lo agradezco, pero sus palabras me pesan.
Seguro que a Amber no le preocupa ceder su poder. Seguro que su poder está entre sus muslos y les chupa la vida a los pobres hombres que atrapa, como una viuda negra.
Pero quiero besar a Cash. Quiero dejar que me abrace. Quiero saber qué se siente al notar su peso sobre mí. Quizá tenga fuerzas suficientes para quedarme vestida.
Me acerco más, le rodeo el pecho cálido con los brazos y me derrito en sus besos perfectos.
Él también me envuelve con los suyos y, durante un rato, nos quedamos en la entrada de su habitación, besándonos como otras veces, hasta que algo se le rompe dentro.
Me agarra por debajo del trasero, me levanta, me deja sobre su mullido edredón y se inclina sobre mí.
—Me vuelves loco, Melanie —dice.
—¿Loco para bien o loco para mal?
—Loco de maravilla. —Sonríe contra mis labios, pero cuando se aparta para mirarme desde arriba, la sonrisa ya ha desaparecido.
El corazón me da un vuelco al ver lo guapo que es.
Alzo la mano para tocarle el pelo y acariciarle la mejilla con barba incipiente, y siento que me deslizo hacia un mundo que no he conocido nunca—.
Quiero hacerte sentir bien —dice—. ¿Puedo?
—Ya me haces sentir bien —digo, y sonrío para disimular mi evidente evasiva.
—Puedo hacerlo mucho mejor que eso —responde.
Estoy a punto de preguntarle si sus hermanos también pueden.
Esta farsa entre nosotros resulta extraña en estos primeros momentos de intimidad.
Lo que me frena es lo mucho que siento por este hombre.
A pesar de lo que quiere, sé que no fantasea con pasarme de mano en mano entre sus hermanos como a una puta.
Quiere que sea una compañera para él y para sus hermanos.
En cierto modo, hasta resulta halagador.
—¿Qué quieres hacer? —pregunto en voz baja.
—Mirarte —dice, rozándome la nariz con la suya—. Tocarte aquí.
Me recorre el pecho con el dedo.
—Y aquí.
Me ahueca la mano sobre el coño y un gemido se me escapa de los labios.
—No tienes por qué ser tímida conmigo, y puedes pedirme que pare… en cualquier momento, ¿vale?
Me quedo quieta contra su mano, sabiendo que, si me muevo, aunque sea un poco, volveré a gemir.
Quiero decirle que me da miedo que, si hace lo que dice, no le pida nunca que pare.
Acabaremos enredados entre estas sábanas, ¿y luego qué?
Me habré entregado por completo a Cash y habrá una barrera menos entre el resto de los Bradford y yo.
Se me está agotando la fuerza de voluntad.
Espera una respuesta y lo miro con los ojos muy abiertos, preguntándome si será este el hombre que me quite la virginidad.
Sus palabras me inundan la mente. Melanie es todo lo que siempre dijimos que queríamos. Es perfecta.
Baja la cabeza y vuelve a besarme, y me dejo caer en ese lugar cálido que existe entre nosotros, hecho de consuelo, confianza y cariño. Puede que no sean corazones y flores, pero es lo que necesito.
Cash es lo que necesito.
Mueve la mano para acariciarme la mejilla y lo hace con reverencia. Me acaricia despacio; los dedos se le cuelan bajo el borde de la camiseta, calientes y rugosos contra el vientre.
—¿Está bien? —pregunta, y, en lugar de contestar, levanto la cabeza para besarlo y me agarro a su hombro.
Ese primer roce de su mano subiendo por debajo de la camiseta es la mejor clase de anticipación que existe.
Cuando Cash me cubre el pecho con la mano, un gruñido le retumba en la garganta.
Tengo el pezón duro, convertido en una punta, y su pulgar lo busca y dibuja círculos justo en el extremo.
Apenas puedo respirar cuando aprieta con suavidad.
Arqueo la espalda, quiero más, necesito que apriete más fuerte, que me pellizque el pezón, cualquier cosa que demuestre que está tan frenético como yo.
Es como si le preocupara ir demasiado fuerte demasiado rápido, y lo entiendo. Está acostumbrado a tratar con animales asustadizos. Sabe que la inseguridad no se maneja igual que la confianza.
Pero de esto ya no tengo ninguna duda. Estoy entregada del todo, de cabeza, ahogándome en este hombre grande y fuerte. Me deleito con todo lo que es y con todo lo que representa.
—¿Puedo mirarte? —pregunta, mientras ya empieza a bajar besándome el cuello.
—Sí.
Se incorpora, apoyado en un brazo, y con el otro me sube la camiseta de un tirón. No llevo sujetador, así que no hay nada entre mi piel y sus ojos hambrientos, ni tampoco cuando baja la cabeza y me rodea el pezón con la lengua antes de atraparlo y succionar.
¿Por qué nadie habla nunca de la conexión entre los pechos y el coño? Nadie me advirtió de que una sola succión me llenaría de calor y de humedad entre las piernas.
—Eres preciosa —dice Cash—. Tan suave, tan dulce y…
Está demasiado hambriento para terminar la frase.
En vez de eso, vuelve a apartar la camiseta, deja al descubierto el otro pecho y le dedica el mismo tratamiento caliente y húmedo hasta que gimo y le clavo las manos en la espalda.
No sé qué me pasa, pero le empujo los hombros como si quisiera que bajara más.
Y sí que lo quiero, pero exigirlo de esa manera no es nada propio de mí. O quizá sí. Nunca he hecho esto, así que no tengo ni idea de cómo voy a reaccionar.