CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 10
29%

10

Mañana me traen a Little Lady y estoy tan emocionada que me entran ganas de chillar.

De hecho, chillo un par de veces mientras preparo una pieza de ternera para la cena.

He decidido acompañarla con puré de patatas al ajo y zanahorias y chirivías asadas.

Incluso he hecho una salsa de carne con un chorro de cerveza que está buenísima.

Los muffins de arándanos se están enfriando y yo estoy sudando.

Cuando oigo abrirse la puerta principal, me endererezo y me aparto el pelo revuelto de la cara. Es temprano y todavía no esperaba a nadie. Es Cash, y lo veo volverse para cerrar la puerta y detenerse un instante, como si comprobara que no hay nadie detrás de él.

Cuando se levanta el sombrero, deja a la vista su pelo castaño, perfectamente despeinado.

Estoy acostumbrada a que se guarde las emociones detrás de una expresión imperturbable.

Aparte de sonrojarme, yo también reacciono con bastante comedimiento ante la gente.

Quizá por eso me resulta fácil leerlo. Se quita las botas, se acerca y se inclina para besarme sin decir una palabra.

Es distinto de ayer, quizá porque ha tenido tiempo de pensar en lo que ocurrió entre nosotros y se ha ido poniendo tan frenético como yo.

Nuestras lenguas se encuentran enseguida y acabo acorralada contra el borde de la encimera, con una mano en su cuello para no perder el equilibrio.

Maldita sea, necesito sus manos sobre mí, su aliento en el cuello mientras me besa camino de la oreja.

Me tiene embobada lo grande que es, lo imponente, lo fuerte.

Me hipnotiza su olor: aire fresco, jabón de limón y trabajo duro.

Una de sus enormes manos descansa en mi cintura, con el pulgar tan cerca de mi pecho que me echo a temblar.

Sé que tengo los pezones endurecidos bajo la camisa y que, si ese pulgar subiera un poco más, lo descubriría.

—Hueles como la comida más deliciosa del mundo —dice, inclinándose para rozarme los labios con un beso y juntar luego su nariz con la mía.

—Me he pasado casi toda la tarde con la cabeza metida en el horno —respondo—. ¿Por qué has vuelto tan pronto?

—Porque soy el jefe y porque quería tenerte para mí solo antes de que las hordas empiecen a disputarse tu atención.

—Nadie se disputa mi atención —digo con sorna, y Cash me dedica una de sus escasas sonrisas.

—Todo el mundo se disputa tu atención. Lo que pasa es que eres demasiado dulce e inocente para darte cuenta.

No se puede negar que no tengo experiencia con los hombres, y la seguridad con la que habla me hace preguntarme si los hermanos habrán tenido conversaciones capaces de hacerme sonrojar desde los tobillos hasta la frente.

—Tienes que contratar a más mujeres en el rancho —le digo—. Tú y tus hermanos estáis muertos de hambre de mujeres si yo soy lo más emocionante que hay por aquí.

Cash niega con la cabeza.

—Hemos ido al bar del pueblo. Sabemos lo que hay por ahí, Melanie. No hay ninguna que se te pueda comparar.

—No sé yo —digo—. Una antigua compañera del colegio me preguntó por vosotros. Dijo que quizá se pasaría por aquí.

En cuanto las palabras salen de mis labios, me arrepiento. ¿Por qué le estoy hablando a Cash de Amber? Si aparece en esta cocina, Cash no querrá ni acordarse de besarme. Toda su atención irá a ella, a sus bonitos rizos y a sus vestidos vaporosos.

—¿Ah, sí? —Le tiembla la comisura de los labios, como si intentara no reírse—. ¿Crees que me interesan las chicas que hablan de mí con sus amigas? Eso es cosa de colegialas.

—No es mi amiga.

Cash niega con la cabeza.

—Sé lo que piensan las chicas...

—Las mujeres —lo corrijo.

—Sé lo que piensan las mujeres. Creen que saben lo que quieren los hombres, pero la mayoría de las veces se arreglan, se maquillan y se preocupan por su aspecto por lo que piensan otras mujeres, no los hombres.

—Me alisa el pelo—. Si pudieras ver dentro de la cabeza de un hombre, descubrirías lo que de verdad le importa.

—Ah, ¿sí? ¿Y qué es?

Cash se encoge de hombros.

—Eso sería desvelar demasiado, Melanie, y sé lo suficiente de la vida para no poner todas mis cartas sobre la mesa hasta estar seguro de que voy a ganar.

—¿Y qué intentas ganar? —pregunto, tocando el cuello de su camisa. Está un poco deshilachado, y tomo nota mental de revisarles toda la ropa cuando pase por la colada y remendar lo que aún merezca la pena salvar.

Entonces me besa, largo, lento y profundo, y no necesita decir una palabra porque lo sé.

Cash quiere ganarme a mí. Sus manos se deslizan por mis anchas caderas y aprietan con fuerza, y se me va la cabeza imaginando si me tocaría así si estuviéramos en la cama.

¿Usaría su fuerza para enseñarme a moverme? ¿Me enseñaría a darle placer?

Por primera vez en mi vida, puedo imaginarme así con un hombre. Puedo verme desnuda en una cama, debajo de él, recibiéndolo en mi cuerpo.

Todavía no estoy preparada.

De ninguna manera.

Cash está demostrando poco a poco que es una persona decente, a pesar de haber comprado todo lo que yo más quería. Me está demostrando que escucha lo que es importante para mí y que busca la manera de hacerlo realidad.

Me trata con un respeto callado, por debajo de todas sus expresiones estoicas y de sus besos desatados.

Pero no soy descuidada con mi cuerpo, ni con mi corazón, ni con mi mente.

Mamá me enseñó a quererme como el regalo y el tesoro que yo era para ella.

Pero, oh... qué bien sienta esto. Sus dedos me rodean la nuca, su pulgar me acaricia la garganta y se me eriza el cuero cabelludo.

Durante un rato me pierdo, me olvido de todo lo que hubo antes de este momento y deseo todo lo que pueda venir después.

Y entonces suena un portazo.

Cash se aparta de mí a toda prisa y se vuelve para ver cómo sus hermanos entran en la cocina sin ninguna prisa.

—Así que este era el asunto urgente que tenías que atender —dice Colt con un guiño.

—Yo diría que las necesidades de Melanie son urgentes —comenta Cary.

—Menos hablar de las necesidades de Melanie —advierte Cash, y Scott se aclara la garganta de una forma que suena sospechosamente a risa contenida.

—Lavaos las manos —digo con severidad, con la esperanza de que el reclamo de la comida los distraiga de mis labios hinchados de besos y de las mejillas sonrojadas de Cash. Uf. Debemos de ofrecer una imagen ridícula.

Sawyer sonríe mientras se quita las botas de un tirón y sube al baño a lavarse. Es una sonrisa cálida y franca que me hace pensar que se alegra por su hermano. Los demás lo siguen, Cash incluido, y me quedo sola en la cocina.

Todo está listo, pero yo estoy hecha un desastre. Decido que mi necesidad de adecentarme es probablemente tan urgente como la de los Bradford, así que subo con desgana a mi dormitorio en busca de una toallita húmeda y desodorante. Una ducha sería mejor, pero la comida no va a aguantar

Estoy en mi habitación, con la puerta entreabierta, cuando oigo voces en el pasillo.

—¿Qué haces, Cash? —dice Scott, prácticamente siseando.

—Lo mejor para nosotros —responde Cash.

—¿Lo mejor para nosotros? Ya le hemos comprado la granja. No tenía por qué venir incluida en el lote.

—Sabes que no se trata de eso. Melanie es una buena mujer. La mejor que he conocido. Es guapa, divertida y práctica, y sabe arreglárselas con todos nosotros. Es una buena elección.

—Ninguna mujer es buena elección para nada más que para follar —dice Scott.

—Vamos, Scott.

Creo que es Sawyer quien habla, aunque podría ser Cary. Los dos tienen un tono tranquilizador muy parecido, difícil de distinguir sin verles la cara.

—Si ni nuestra propia madre fue capaz de quedarse con nosotros, ¿qué te hace pensar que Melanie lo hará? —escupe Scott.

—Melanie es distinta. No se parece en nada a mamá.

—Así que eso es todo lo que hace falta para que confíes en ella. En fin, esto no solo te afecta a ti. Nos afecta a todos. ¿No se supone que de eso va tu ridícula idea?

¿A todos? ¿He oído bien? Me inclino hacia la puerta, esforzándome por no perderme nada de la conversación, con el corazón desbocado todo el tiempo.

—No es una idea ridícula. Has visto con tus propios ojos lo que Connie ha hecho por nuestros primos. Nunca los había visto tan felices.

—Tienen que compartir a una sola mujer —dice Scott—. ¿Cómo iba una mujer a poder seguirnos el ritmo?

—Y Mel es virgen —dice Cary.

O al menos creo que es él. Qué bien saber que Cash les cuenta absolutamente todo a sus hermanos, mis intimidades incluidas.

—No lo será si Cash juega bien sus cartas —dice Colt con una risita.

—Cash piensa con la polla —dice Scott—. Está harto de cascársela, pero te lo digo, hermano: ocuparte tú mismo de tus necesidades o pagarle a alguien para que lo haga por ti es muchísimo menos complicado que intentar mantener contenta a una mujer.

—Joder —murmura Cash—. ¿Es que no veis lo bien que podría salir esto? Melanie es todo lo que siempre hemos dicho que queríamos. Es perfecta.

—Puede que sea perfecta para ti, pero no va a querernos a todos. No es ese tipo de chica. Es demasiado inocente. Demasiado buena gente, de las de pueblo. Demasiado llena de los consejos de su madre: guardarse para sí misma y mantenerse lejos de los hombres malos y peligrosos.

Por ese arrebato, parece que Scott es más perspicaz de lo que yo creía.

Oigo un suspiro largo que debe de ser de Cash. Suena cansado de que Scott le lleve la contraria. Casi todo lo que dice Scott es verdad, o al menos yo pensaba que lo sería.

Creía conocerme, pero parece que no. Cuando Connie me propuso este mismo acuerdo, mi respuesta fue un no rotundo.

Cuando estaba en aquella casa de subastas, viendo cómo esos hombres me arrebataban la vida de debajo de los pies, sentí más odio por ellos que el que había sentido nunca por nadie.

Pero vivir aquí, verlos en sus momentos íntimos y tranquilos, ver cómo se comportan entre ellos —una piña, un grupo muy unido— y sentir los labios y las manos de Cash sobre mí ha cambiado lo que siento.

Scott cree que soy demasiado reprimida, pero el deseo de Cash de que sus hermanos me compartan no me asusta ni me enfada.

Por alguna razón que solo conoce el universo, me excita.

El coño se me contrae entre las piernas y se recoge hacia arriba, como si quisiera atraerlos hacia dentro.

Me hormiguean los labios al imaginar los besos de Cash, luego los de Cary, los de Colt, los de Sawyer y, por último, los de Scott.

Sí, hasta Scott se cuela en mi fantasía: sus ojos heridos, que parecen arder de rabia, clavados en los míos mientras me toca en mis rincones más íntimos. Están todos ahí, con sus parecidos y sus diferencias despertando partes de mí cuya existencia desconocía.

Connie tenía razón en tantas cosas.

Pero querer algo no significa que debamos conseguirlo.

Yo quiero chocolate para desayunar, comer y cenar, y sé de sobra que tomarlo con esa frecuencia no me convendría.

Puede que desee a los Bradford, pero soy lo bastante sensata para saber que probarlos a todos sería como empezar la mayor de las adicciones.

Podría ser increíble estar entre sus brazos y descubrir qué se siente al acostarme con ellos por la noche. Podría darme más seguridad de la que jamás creí posible. Con cinco hombres trabajando todas estas tierras, nunca me faltaría de nada.

Pero nunca me ha movido el dinero, y tampoco he sido nunca aventurera. Lo más lejos que me he aventurado fuera de este pueblo es la ciudad más cercana, y odíe sentirme allí como pez fuera del agua.

El mundo está montado dando por hecho que una mujer debe estar con un solo hombre, y ¿quién soy yo, la simple Melanie, para decidir que sé más que nadie?

—Ella nos mantendrá unidos —dice Cash al final—. Sabemos lo que se siente cuando una familia se rompe. Voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que no nos pase a nosotros. Así que, en esto, o estás conmigo o estás contra mí, Scott.

Unos pasos resuenan con estrépito, se alejan por el pasillo y luego bajan las escaleras. Scott se marcha sin responder.

—Ya entrará en razón —le dice Colt a Cash—. Puede que sea el último en mojar la polla, pero he visto cómo la mira, como el lobo feroz a Caperucita Roja. La desea tanto como nosotros. Dale tiempo. No tardará en ceder.

Oigo cómo se alejan todos, el sonido colándose poco a poco por la rendija, hasta que me quedo sola, con el desodorante en la mano, mirando la puerta y sin creerme que de verdad haya oído todo aquello.

Me desean. Los cinco hermanos Bradford quieren que sea su mujer. Bueno, cuatro seguro, y uno que se niega a admitirlo, según Colt.

¡Cinco!

Me echo desodorante en las axilas sin pensar en lo que hago, con la cabeza todavía intentando asimilarlo todo.

Dicen que quien escucha detrás de las puertas nunca oye nada bueno. Yo no pretendía enterarme de las intenciones de Cash y ahora me toca cargar con esta información absurda y con la tarea titánica de intentar actuar con normalidad durante la cena.