CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 9
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Me están mirando raro.

Es la hora de comer y no hay nada raro en lo que he preparado.

He hecho unos sándwiches gruesos, rellenos de carne y queso, tal y como les gustan a los Bradford.

En la encimera hay una tarta de manzana caliente que ha llenado la cocina de un dulce aroma a canela.

Los chicos vienen llenos de polvo y sudor de la faena de la mañana y hablan del rancho, así que ahí tampoco hay novedad.

Pero, aparte de todo eso, no dejo de captar detalles que me confirman que Cash les ha contado lo del beso.

Se nota en el guiño que me echa Colt al entrar por la puerta y en la mirada de reojo que Cary me lanza a hurtadillas cuando me siento a comer con ellos.

Se nota también en la arruga de más que tiene Scott entre las cejas y en la sonrisilla intrigada que me dedica Sawyer.

¿Y Cash?

Bueno, él actúa como si no hubiera pasado nada, salvo cuando viene a ayudarme a llevar la comida a la mesa y sus dedos rozan los míos.

El ritmo de su respiración parece entrecortarse solo por ese roce.

Y sus ojos se clavan en los míos como si me pasara una descarga eléctrica.

No sé qué hacer con tanta electricidad estática.

Ni cómo manejar el calor que me recorre entera cada vez que se me acerca.

Y sigo sin tener ni idea de qué va a pasar ahora.

No es una sensación con la que pueda lidiar sin frustrarme. Me gusta que la vida sea previsible, y esto es justo lo contrario.

Pero sé que, a pesar de todo el resentimiento que sentí cuando me mudé aquí, quiero que Cash vuelva a besarme.

En el libro que estoy leyendo, los protagonistas comparten un beso voraz y, por primera vez en la vida, puedo imaginarme de verdad cómo es.

Solo que mi beso fue mejor que el que la autora le regaló a su heroína.

Tan bueno que anoche no me dejó dormir. Tan bueno que toda la mañana me he sorprendido parada en seco, con los dedos sobre los labios.

Gracias al cielo que aquí solo estaba Big Boy para ver mis tonerías.

—¿Qué planes tienes para esta tarde?

Alzo la vista esperando que responda uno de sus hermanos, pero me encuentro con que me está mirando a mí.

—Eh… Bueno, tengo que recoger después de comer y hay colada que hacer. Además, había pensado hornear unas magdalenas de arándanos de esas que os zampasteis en tiempo récord.

Asiente y baja el sándwich.

—¿Te apetece venir con nosotros? Vamos a ver un caballo.

¿Un caballo? Estoy bastante segura de que tienen un montón, aunque yo nunca me he acercado a las cuadras. ¿Y por qué quiere Cash que vaya?

Me arriesgo a mirar alrededor y descubro que todos los Bradford han dejado de masticar, esperando mi respuesta. Esto tiene que ver con el beso, seguro, y mis mejillas lo están pregonando a los cuatro vientos.

Uf. Mi piel traicionera no sabe guardar un secreto.

—Eh… Claro. ¿A qué hora?

—En cuanto terminemos aquí —dice Cash.

—Bueno, vale. Siempre que no te importe que la cena se retrase un poco —digo.

Cash asiente como si no hubiera ningún problema, Scott masculla algo ininteligible y, por dentro, el corazón me revolotea como las alas de un pájaro en su primer vuelo.

—¿Has llamado al veterinario para que le mire esa pata? —le pregunta Sawyer a Colt.

—Sí. No puede venir hasta mañana. Me ha aconsejado sujetarle un taco para que la vaca pueda caminar.

—Está en el cobertizo, así que no creo que haga falta. La pobre se queda ahí plantada, aguantando todo el peso sobre tres patas.

—Es un absceso —dice Scott.

—Probablemente —coincide Cash.

Estoy acostumbrada a este tipo de conversaciones asquerosas durante las comidas, así que no me quitan el apetito, pero me imagino la cara que pondría Sandy, la amiga de Connie, si le hablaran del pus de la pata de una vaca a la hora de comer, y tengo que contener una risita.

O Amber. Ha crecido rodeada de estas cosas, pero me da la impresión de ser de esas mujeres que esperarían que el rancho se quedara en la puerta y que dentro de la casa todo fueran magdalenas y flores.

Uno a uno, a medida que terminan, se levantan de la mesa y llevan los platos a la encimera. Están listos para marcharse y yo todavía estoy tragándome el último bocado de tarta de manzana.

—No tienes por qué darte prisa —dice Cary.

—Porque tenemos todo el día —rezonga Scott.

—Sí, claro, porque tu tiempo bien vale que Mel se arriesgue a atragantarse —dice Sawyer, negando con la cabeza a su gemelo.

—Ya he terminado.

Por suerte, mi sobrecamisa está colgada encima de mis botas, junto a la puerta principal, y me subo al coche antes que ninguno de ellos.

El trayecto no es muy largo. El caballo está en un rancho prácticamente colindante. El dueño parece conocer y respetar a los Bradford, y todos se detienen a darse la mano. Cash me presenta y el dueño, Bill, sonríe de oreja a oreja.

—¿Así que tú eres la que hoy se lleva un caballo?

Miro a Cash, que asiente una sola vez. ¿Yo? Me están comprando un caballo.

—Venga, vamos. A ver si te gusta la pequeña dama.

Resulta que Little Lady es el nombre de la yegua y no una alusión a su estatura.

Se ye alta y orgullosa, fibrosa y reluciente como una moneda nueva; por lo que puedo ver, es prácticamente perfecta.

Los Bradford la rodean, le pasan las manos por el costado, le inspeccionan los ojos, el hocico y la boca y le revisan los cascos.

Little Lady soporta con dignidad el contacto de unos desconocidos, y veo que su nombre le encaja a la perfección.

Los hermanos hablan largo y en voz baja, y Bill se queda atrás, sonriendo al ver a su yegua.

Sabe que vale un buen dinero y está convencido de que lo va a conseguir.

—¿Qué te parece? —dice Cash mientras le acaricia el suave pelo negro de entre los ojos.

Ella baja los párpados y le tiemblan las pestañas largas como a una mujer. Está disfrutando de sus caricias tanto como disfruté yo. La muy coqueta.

—Creo que es increíble —digo.

—Ensíllala y date una vuelta con ella.

Cash señala con la cabeza la pared donde se guardan la silla y la brida, y yo me doy prisa en preparar a esta hermosa yegua.

Hace unas semanas que no monto, pero no he olvidado nada.

Cuando estoy ya arriba, sobre su lomo, Little Lady reajusta las patas y relincha, y yo le hago pequeños círculos detrás de las orejas y le susurro para calmarla.

Bill abre la puerta del establo y le doy unos toques suaves con los talones para hacerle saber que debe echar a andar.

No hay nada comparable a la sensación de montar un caballo como Little Lady.

La pura fuerza del animal debajo de ti. La conexión que se crea entre el animal y su jinete puede ser asombrosa.

Es muchísimo más emocionante que cualquier otro medio de transporte.

Trotamos y luego la animo a galopar. Me encanta cómo el pelo me ondea a la espalda y cómo el viento me golpea las mejillas.

Somos un equipo sin ni siquiera intentarlo.

Cuando me convenzo de que Little Lady es casi perfecta, volvemos al establo y nos encontramos a los Bradford en fila, de brazos cruzados, mirándolo todo con lo que parece una mezcla de expresiones.

Scott, desde luego, no está contento. Si tuviera que apostar dinero, me jugaría el cuello a que no quiere hacer esta compra.

No cree que vaya a quedarme el tiempo suficiente para necesitar un caballo propio.

Cary y Sawyer miran con un brillo en los ojos y una sonrisa asomándoles en los labios.

Colt sonríe de oreja a oreja, y me da que está disfrutando con lo que sea que ha llevado a Cash a comprarme este caballo.

Cash lleva su habitual expresión seria y atenta, pero hoy hay algo más: un no sé qué que se parece mucho al orgullo.

—Es de fiar, ¿eh? —dice Bill.

—Ya lo creo —le digo.

—¿La quieres?

Cash se ajusta el sombrero y se adelanta para volver a poner las manos sobre Little Lady.

—Pues claro —digo—. Pero no tienes por qué hacerlo.

Nuestras miradas se cruzan y vuelve a saltar esa misma electricidad. Ay, madre. ¿Es una tontería que me moleste ver la mano de Cash sobre la yegua porque preferiría sentirla sobre mí?

¿Es raro que todo esto signifique para mí mucho más que unas flores o unos bombones?

Esto me dice que quieren que me quede. Comprar a Little Lady es mucho más que comprar un caballo.

Cash ha escuchado lo que le dije y va a hacerlo realidad.

Va a ampliar mi papel en la granja más allá de las tareas de la casa.

Estoy entusiasmada y agradecida, pero una partecita de mí que no me deja en paz, la parte desconfiada que siempre se preocupa, se pregunta si lo hace solo porque quiere algo más que besos.

Y otra parte se pregunta si Connie tendrá razón. ¿De verdad esta familia de hombres prefiere el poliamor a la monogamia? ¿Y podría ser este caballo un gran detalle para ablandarme y que acabe besando a más de un Bradford?

Está tan mal que me humedezca los labios solo de pensarlo.

Cuando paseo la mirada por los hombres que me observan, me sorprendo imaginando cómo besaría cada uno.

Los labios de Colt sonreirían al encontrarse con los míos, y Cary me preguntaría si me había gustado.

Sawyer me acariciaría el pelo. ¿Y Scott?

Nuestras miradas se enganchan y él entrecierra un poco esos fieros ojos negros. El instinto me pide apartar la vista, pero no lo hago. Aguanto sin achicarme, sabiendo que, si me besara, sería un beso feroz y apasionado, y que quizá hasta dolería un poco.

Pero no pasaría nada, porque yo le devolvería lo mismo; estoy segura de que es justo lo que necesita.

—Nos la llevamos —dice Cash.

Scott niega con la cabeza, pero estoy segura de que, justo antes de darse la vuelta para volver a la camioneta, alcanzo a atrapar el atisbo más fugaz de una sonrisa asomándole en los labios.