CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 8
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Es tarde y estoy acurrucada en un cómodo sillón marrón que he trasladado a la cocina desde el comedor, que sigue hecho un desastre.

Big Boy está a mis pies, hecho un ovillo, descansando.

El sonido de su respiración suave me tranquiliza, aunque empiezo a preocuparme por lo mucho que duerme.

Y parece que a Cary también le preocupa.

Antes lo he sorprendido sentado en el suelo, acariciando a Big Boy, con la mirada perdida.

Me lo he imaginado recordando cuando podían correr juntos por campos abiertos, con los rayos del sol relucientes sobre la piel bronceada de Cary y el pelaje brillante de Big Boy.

No sé qué me pasa.

Puede que el libro que estoy leyendo tenga la culpa de mis pensamientos tan poéticos.

La tienda del pueblo solo vende libros de lectura fácil: novelas románticas con vaqueros en la portada y thrillers o novelas de misterio con portadas inquietantes y un contenido aún más espeluznante.

No soy de asustarme con la ficción. La vida ya da bastante miedo de por sí, y creo que lo que metes en tu cabeza se queda contigo. Prefiero meter amor que odio.

La novela que he escogido es un romance de fuego lento sobre la hija de un predicador que se enamora de un forastero.

Está clarísimo que él tiene un pasado turbio que volverá para complicarles la vida.

Es predecible de una forma que me sienta bien en el momento en el que estoy.

Cada vez que la cojo y me cuelo entre sus páginas, me siento más a salvo.

Big Boy se remueve al oír unos pasos que avanzan por el pasillo. Creía que todos dormían ya, pero al parecer me equivocaba.

Es Cash quien aparece en el umbral, sin darse cuenta de que estoy aquí.

Se sirve un vaso de agua y se lo bebe de un trago, tan deprisa que temo que se atragante.

Cuando termina, apoya las dos manos en la encimera, se sujeta a ella y suelta un suspiro largo y profundo.

Para ser un hombre que se reía hace un rato, ahora parece llevar todo el peso del mundo sobre los hombros.

Big Boy emite un gruñido —seguro que está persiguiendo conejos en sueños— y Cash se vuelve. Abre mucho los ojos al verme.

—Estás despierta —dice, y se endereza. Es un hombre que sabe recomponerse rápido.

—Me gusta este momento —digo—. Cuando todo ha terminado y todos descansan. La paz… le sienta bien al alma.

Cash asiente, pensativo, mientras aparta los ojos de los míos y recorre la cocina con la mirada.

—Este es el momento en el que la cabeza se me llena de problemas por resolver —dice—. Mis hermanos se duermen en cuanto apoyan la cabeza en la almohada; a mí la almohada me recuerda todo lo que aún no he hecho.

Se frota la cara. Está tan cansado que me entran ganas de pasarle los dedos por el pelo castaño y suave y acariciarle la nuca hasta que se le cierren los ojos.

Me pregunto qué pensaría de eso: Cash, el hombre de pocas palabras, tenso como la cuerda de un arco.

—Puedo prepararte un chocolate caliente —digo—. ¿Y echarle un chorrito de brandy para ayudarte a dormir?

Cash niega con la cabeza y me recorre con la mirada, con la levedad de una sábana que se sacude en alto y se deja caer sobre un colchón que la espera.

—¿Me acompañas a dar un paseo?

Bajo la vista hacia mis pies en calcetines y mis pantalones de pijama de rayas, que no son precisamente lo ideal para caminar, pero supongo que no hay nadie que pueda verme en kilómetros a la redonda.

—Claro.

Me arrebujo en mi rebeca preferida, ya gastada, y me levanto sin hacer ruido para no despertar a Big Boy.

Luego voy de puntillas hasta el estante de las botas que hay junto a la puerta.

Cash se pone las suyas también, los dos en silencio, y después me sostiene la puerta para que salga al aire fresco de la noche.

Las estrellas han salido en pleno y el cielo, sin una sola nube, deja ver con claridad su luz titilante.

Inspiro por la nariz y me deleito con el olor de la noche mientras se asienta sobre la tierra.

El mugido lejano del ganado me recuerda las veces que salía de madrugada con mi padre para atender a algún animal en apuros.

Cash cierra la puerta tras de sí y se coloca a mi lado.

Está todo muy oscuro, pero ha traído una linterna que proyecta un haz estrecho delante de nosotros, y echa a andar él primero, porque conoce el terreno mucho mejor que yo.

—Hay algo especial en esta hora de la noche y en estar al aire libre.

—Todo se ha calmado —coincido—. Me encanta ver esos vídeos a cámara rápida de las plantas, cómo giran las hojas hacia el sol y cierran las flores al anochecer.

—¿Has visto alguna vez a un pájaro dormir en un árbol? Esconden la cabeza girando el cuello.

Niego con la cabeza. Salir de noche nunca ha sido algo habitual para mí.

Quizá, si hubiera tenido un hermano, habría hecho más travesuras, pero, como hija única, la oscuridad siempre me pareció un lugar aterrador.

Me meto las manos dentro de las mangas y cruzo los brazos para protegerme de la brisa algo fresca, y miro de reojo a Cash, a quien no parece afectarle.

Lleva la misma camisa de cuadros de antes, pero con unos vaqueros más holgados que le cuelgan de las caderas.

Los bíceps le tensan la tela de las mangas cortas y tiene la piel tan bronceada ahí que me pregunto cómo serán sus hombros, protegidos como están de los elementos.

Aprieta la mandíbula y el músculo de un lado le palpita de un modo que delata que le está dando vueltas a algo. Guarda algo dentro, algo que pide salir.

—Ahora mismo estamos hasta arriba de trabajo —dice al final—. Creo que hemos asumido demasiado.

—¿Podéis contratar a más gente?

Asiente, pero sin entusiasmo.

—Podemos, pero preferiría no hacerlo. Es difícil encontrar buena gente. Ponerlos al día de nuestra forma de trabajar lleva un tiempo y un esfuerzo que no tengo para dar.

—Entonces, ¿qué estás pensando?

Aminora el paso y baja la mirada hacia mí; sus ojos grises me recorren la cara. Con esta luz tiene las pupilas muy dilatadas y el anillo exterior le brilla amarillo bajo el haz de la linterna, lo que le da un aire casi leonino.

—Por ahora vamos a dejar tu granja tal como está.

—¿Dejarla?

—No tenemos recursos para retirar todas las vallas y ampliar nuestros planes a ese terreno.

—¿Ni tiempo para derribar la casa?

La esperanza en mi voz me hace sentir tan pequeña y patética que me sonrojo.

Cash asiente y noto el corazón latiéndome en la garganta.

Es solo temporal, pero todo seguirá como está un poco más de tiempo.

La quietud que nos rodea nos deja suspendidos en un estado extraño y aislado; los segundos pasan tan despacio que parece que caminemos por aguas profundas.

Quiero darle las gracias, pero sería una tontería.

No lo hace por mí, lo hace porque no le queda otra.

Entonces, de la nada, levanta la mano y me acaricia con el pulgar la piel suave de la mejilla y lo desliza hasta la barbilla.

Es como un susurro a medianoche: suave, pero estremecedor.

Todo mi cuerpo despierta, atraído por una fuerza magnética que no había sentido nunca y que no comprendo.

—No sé cómo lo haces —dice—. Para ti todo es distinto, pero sigues adelante.

—¿Acaso tengo otra opción?

Suelta el aire y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja, de modo que me deja la cara más al descubierto.

¿Qué ve cuando me mira? ¿A una chica perdida? ¿A alguien a quien hay que proteger? No quiero ser eso. Quiero ser fuerte y entera. Quiero su respeto, no su lástima.

—A Connie le has caído muy bien. —Se le escapa media sonrisa—. Me dijo que no te soltara, como si fueras una yegua salvaje a punto de salir disparada en cualquier momento.

—Connie tiene unas ideas muy curiosas. —Sonrío para aligerar el ambiente entre nosotros.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuáles eran?

—Quiere emparejaros a todos con su amiga Sandy. Creo que piensa que necesitáis el amor de una buena mujer.

—No conozco a ninguna mujer capaz de aguantarnos.

Y, mientras lo dice, sus ojos me recorren de arriba abajo. Ojalá supiera qué está pensando. Si pudiera levantarle ese sombrero y leerle la mente, no tendría que sentirme tan insegura con todo.

—No sois tan malos.

Baja la barbilla en un leve asentimiento y sé que mi pésimo cumplido le ha gustado.

—Así que Sandy, ¿eh? —Cash alza las cejas y las junta, y se le arruga la frente de la forma más adorable.

—¿Ya se te están ocurriendo ideas? —Me río por lo bajo.

—Ah, yo tengo ideas a todas horas. ¿Tú no?

Nuestras miradas se encuentran, mis ojos azules como un día de verano frente a los suyos, de un gris amarillento, y el corazón me da un vuelco.

Podría decirle que me arden las manos por tocarle el pecho ancho y averiguar si lo tiene lampiño o cubierto de una capa suave de vello que me haría cosquillas en la mejilla.

Podría decirle que tengo los labios tan sensibles que roza la locura, esperando que los suyos los rocen, o que he imaginado cómo su lengua se desliza dentro de mi boca más veces de las que sería decente entre un marido y su mujer.

Dios mío.

Me humedezco los labios sin darme cuenta de lo que eso le revela. El lenguaje corporal es tan innato, tan difícil de ocultar.

—¿Alguna vez te han besado, Melanie? —murmura con los ojos fijos en mi boca entreabierta.

Niego con la cabeza mientras las palabras se me mueren en la lengua. Quizá se ría de mi inexperiencia. Quiero decir, ¿qué clase de chica llega a mi edad sin haber tenido nunca novio? Seguro que a Amber no le han faltado admiradores. Seguro que ella no temblaría por tener a Cash tan cerca.

Pero no se ríe. Se le corta la respiración, como si acabara de decirle algo que le ha desbordado los sentidos. Busca mi mano, se la lleva a los labios y me deja un beso delicado en la piel. Bajo la camiseta holgada, el corazón me late lento y fuerte.

Esos ojos que nadan en deseo se clavan en los míos y comprendo que ese beso es una prueba.

Si aparto la mano de golpe, sabrá que no lo deseo.

Si me limito a quedarme ahí plantada, temblorosa y a punto de derretirme, será evidente que puede ir más allá.

Cash conoce el arte de la seducción o quizá simplemente se le da de maravilla tratar con yeguas asustadizas.

No retiro la mano. En lugar de eso, cierro los ojos y me aferro a la oleada de calor que me recorre.

Cuando sus labios tocan los míos, es como la primera cucharada de helado en un día de calor.

Tiene que inclinarse mucho y me apoya la mano en la parte baja de la espalda para sostenernos a los dos.

Sus besos suaves y lentos me provocan escalofríos que me suben por la columna y me recorren el cuero cabelludo, y me pierdo en todas esas sensaciones desconocidas.

¿Cómo puede un hombre tan duro y tan fuerte como Cash tocar con semejante delicadeza?

¿Cómo puede algo tan sencillo como sus labios sobre los míos hacerme revolotear el corazón?

No sé qué hacer, pero él lleva la iniciativa y yo lo sigo.

Separo los labios cuando me atrapa el inferior entre los suyos y lo succiona con suavidad.

Oh… eso debería estar prohibido; sienta demasiado bien.

Mis manos acaban sobre su cuerpo: la izquierda en el bíceps sólido y la derecha en la ondulación de músculos que es su pecho. Y gimo de verdad.

Se va a reír, pienso. Pero no lo hace. Mi gemido parece animarlo; su lengua se hunde entre mis labios de forma tan explícita como cualquier cosa que haya imaginado a solas, de noche, en mi cama.

Le clavo las yemas de los dedos en la carne, me agarro para no perder el equilibrio por el mareo que me invade y, cuando sus manos se deslizan sobre mi trasero y aprietan por debajo para pegármelo al cuerpo, lo noto.

Ahí, contra mi estómago, el relieve de algo largo y duro.

Se me encienden las mejillas al saber que tiene la polla tan cerca y que está tan excitado.

No tengo ropa bonita. Llevo el pelo hecho una maraña que pide un corte desde hace un año. No hay ni rastro de maquillaje en mi piel y, aun así, este hombre guapísimo me desea.

—Melanie. —Me susurra el nombre en el cuello, como si me estuviera suplicando algo.

Por instinto, deslizo la mano entre el pelo de su nuca y él gime, largo y profundo.

—Sabes a miel. —Me besa las mejillas, primero una y luego la otra.

Resoplo ante sus palabras tan floridas y Cash sonríe de oreja a oreja.

—¿No eres de las que coquetean?

¿Debería avergonzarme de no saber hacerlo? O, mejor dicho, de no querer aprender. Las palabras bonitas no significan nada sin sentimientos de verdad. Y entre nosotros no hay más sentimiento que el deseo.

Me estremezco; el aire parece más frío a nuestro alrededor. Como si despertara de un sueño, de repente me siento extraña. Cash me ha besado y yo le he devuelto el beso. Ha estado bien, pero ¿qué significará? ¿Qué esperará de mí?

Y, más importante aún, ¿qué quiero yo?

—¿Tienes frío? —pregunta Cash, y me frota el brazo. Tiene la mano grande y cálida, y el contraste vuelve a hacerme estremecer.

Asiento y vuelvo la mirada hacia la casa.

—Deberíamos volver dentro. ¿Crees que ahora podrás dormir?

Su pulgar me recorre la mandíbula y tiene los ojos casi soñadores.

—Puede —responde en voz baja.

Cash me deja en la cocina, donde vuelvo a mi libro.

No hablamos de lo que ha pasado, quizá porque ninguno de los dos sabe de verdad qué significará, pero mientras lo oigo subir las escaleras me llevo las puntas de los dedos a los labios, cierro los ojos y revivo una vez más ese beso sencillo y perfecto de un hombre complicado.