7 #2
—Vivir bajo el mismo techo es mucho más práctico.
—Coge los panecillos y la mantequera, y asiente—.
Estaba pensando en emparejarlos con mi amiga Sandy —dice—.
Bueno… —Se detiene en el umbral y mira a ambos lados para asegurarse de que nadie más escucha—, me preguntaba si a ellos también les apetecería algo parecido a lo que tenemos sus primos y yo.
Ya sabes, una relación con varias parejas.
Me aclaro la garganta; me da la sensación de que Connie me está haciendo confidencias demasiado pronto.
—No sabría decirte qué opinan de ese tipo de cosas.
—¿En serio? ¿No dijeron nada cuando supieron que veníamos?
—No. Y no es un tema que surja en una conversación cualquiera.
—Ya lo sé. —Connie sonríe de oreja a oreja—. Sabes que mi mejor amiga está casada con sus primos.
—Sí, algo he oído.
—¿Y si se lo pregunto directamente? —dice—. ¿O crees que sería demasiado atrevido?
Intento imaginar la reacción de Cash. O la de Scott.
—Mejor que no. —Siento el corazón oprimido al imaginar a la amiga de Connie en medio de los Bradford.
Sería mejor opción que Amber, pero la idea me sigue dando rabia.
Se me va la cabeza y me imagino a mí misma en el centro de esos cinco hombres, y el calor me sube por el cuello y me cubre las mejillas.
En el jardín, Brett chilla. Cuando salimos con más comida, Sawyer se acerca a coger el cuenco que llevo.
—Yo también ayudo —dice.
—Ah, un hombre que no desciende de los neandertales —dice Connie en voz alta.
Scott entrecierra los ojos, pero sus hombres se ríen.
—¿Es una indirecta, cariño? —pregunta Holden. Se parece a su gemelo, pero lleva el pelo más corto, casi al rape, y una barba espesa.
—Más que una indirecta, es una observación, cariño —responde ella, y guiña un ojo antes de volver a la casa contoneándose.
Lo que haya dicho funciona, y Cary se lleva a Holden y a los otros gemelos, Karter y Kane, al interior de la casa. Con tantas manos disponibles, en un solo viaje más sacamos toda la comida.
Se abalanzan todos como buitres, llenan los platos y devoran el fruto de mi trabajo.
Da gusto oírlos rememorar su infancia. Por lo que alcanzo a entender, los Bradford y los Banbury pasaban mucho tiempo juntos, hasta que las cosas cambiaron.
El padre de los Bradford compró una granja y su madre dejó de formar parte de sus vidas.
Y como era ella la hermana del padre de los Banbury, el contacto se fue perdiendo.
Resulta fascinante ver los parecidos entre los primos y también las diferencias.
Sin duda hay un aire de familia, pero los Banbury tienen un aire mucho más de oficina.
Sé que son bomberos, pero su forma de hablar denota una buena educación, de esa que solo el dinero puede comprar.
Los Bradford son más llanos, más bruscos, con pinta de osos.
Sin duda, para mí mucho más atractivos.
Connie hace un montón de preguntas y envidio su seguridad y quizá también el lugar que ocupa en esta familia. Yo ya no me queda nadie con quien tenga lazos familiares estrechos.
Mientras todo esto ocurre, Scott permanece callado, y pillo al gemelo que ya sé que es Karter mirándolo de reojo. Le molesta más que a los demás. Cary, que está sentado junto a Scott, hace lo mismo.
Cuando no queda nada en los platos, Sawyer se recuesta y se da unas palmaditas en el estómago.
—Estaba todo delicioso, Mel. Gracias por el esfuerzo.
Sé que me estoy sonrojando cuando todas las miradas se vuelven hacia mí.
—Mis chicos me van a cambiar por ti —dice Connie, dándose toquecitos en los labios con la servilleta—. Saldrían ganando, desde luego.
—Jamás te cambiaríamos por nadie, cariño —dice Karter.
—Mel no se va a ninguna parte —dice Cash entre risas, y estoy segura de captar un ligero rubor en sus mejillas después de decirlo.
La rebelde que llevo dentro quiere decirle que nada me ata a este sitio.
No soy suya y puedo marcharme cuando quiera.
Aunque la idea de dejar atrás a estos hermanos ya no me produce la satisfacción de antes.
Recogen la mesa y yo me quedo en la cocina con Connie para preparar los postres.
He hecho una enorme tarta de zanahoria cubierta de glaseado de queso crema y decorada con nueces enteras.
La tarta de queso es de vainilla, pero la he rodeado de fresas para darle color y dulzor.
También he preparado un postre de chocolate por capas estilo selva negra que huele de maravilla.
—Sinceramente, Melanie, deberías escribir un libro de cocina. De hecho, ¿puedo contratarte para que te encargues del catering de nuestras fiestas de Navidad?
—Parece que eso tendrás que pedírselo a Cash —murmuro.
—Sí, ya me he fijado en ese pequeño comentario posesivo. Está claro que tienes al menos un admirador.
—Puaj —digo, aunque por dentro me pregunto si será verdad y, luego, qué siento al respecto.
Es cierto que sus ojos acerados me ponen a revolotear las mariposas en el vientre y que, cuando me hace preguntas con esa voz serena, grave y ronca, a veces noto calor entre los muslos.
Pero todo eso es una tontería, y es solo porque no estoy acostumbrada a tener cerca a hombres que no sean familia o amigos.
—De hecho, diría que habría una buena competición por tu cariño, si lo pusieras en oferta.
Menea las cejas y suelta una risita pícara.
—Sí, claro, Scott se muere de ganas de echarme un polvo —bromeo, concentrada en hacer remolinos de nata sobre el chocolate. Connie no contesta, así que me vuelvo y me encuentro con sus ojos como platos y con la figura enorme e imponente de Scott en el umbral.
Mierda.
¿Habrá oído lo que he dicho?
La cara se me enciende en un instante y las axilas me hormiguean de vergüenza sudorosa.
De todos los hombres de esta casa, tenía que hacer una broma sobre este precisamente.
Se me suben los hombros, en tensión, mientras espero que me suelte alguna pulla mordaz, pero, en lugar de eso, atraviesa la casa a grandes zancadas hasta la puerta principal y se marcha, cerrándola sin un portazo tras de sí.
Connie suelta una risita nerviosa mientras yo exhalo el aire que no sabía que estaba reteniendo.
—¿Qué demonios ha sido eso?
—Dios mío. Tengo que buscarme otro sitio donde trabajar —murmuro—. Esto no me lo van a dejar olvidar en la vida.
—Yo diría que encabeza la lista de los que quieren echarte un polvo, cariño. Un hombre así, con un montón de traumas familiares sin resolver, está pidiendo a gritos que una mujer como tú cuide de él.
—Por lo que parece, lo que necesita es una madre, no una novia —digo.
Connie niega con la cabeza.
—Necesita una mujer que le demuestre que existen mujeres buenas, y me da a mí que tú serías perfecta para eso.
—No sé nada de hombres —murmuro.
Connie frunce el ceño y, de pronto, abre muchísimo los ojos.
—¿Eres virgen? —susurra, emocionada.
Dios mío, este día es cada vez más humillante.
—Quizá soy yo la que necesita encontrar a un hombre que le demuestre que los hombres buenos existen de verdad —digo, y veo cómo se le apaga la emoción en la cara.
—Los chicos me contaron lo que le pasó a tu granja. Lo siento muchísimo.
Me encojo de hombros y cojo la tarta.
—Supongo que todo pasa por algo.
Connie me sigue con la tarta de zanahoria.
—Estoy convencida de que sí, Melanie. Creo que puede que hayas encontrado tu verdadero camino dentro de estas cuatro paredes.
Los Banbury se quedan un par de horas más y nos damos un atracón de azúcar, apuramos una cafetera entera y disfrutamos juntos del sol de la tarde.
Antes de recoger para irse, Connie me pregunta si puede usar el baño para cambiar al pequeño Brett.
Le ofrezco mi dormitorio y subimos juntas las escaleras.
—Gracias por hacer de hoy un día tan bonito —dice mientras le limpia el culito a Brett, que gorjea feliz y juega con sus propios pies rosados.
—Gracias a vosotros por venir. Habéis traído algo de alegría a esta casa —digo.
—Creo que eso lo has conseguido tú sola.
Connie recorre mi habitación con la mirada y se detiene en la foto de boda de mis padres, sobre la cómoda.
—No hay que subestimar el toque de una mujer para convertir una casa en un hogar. Sé que cocino fatal, pero ser el centro de mis chicos nos ha traído luz a la vida de todos. Tú podrías tener lo mismo si quisieras.
Me siento en la colcha mullida y observo a Connie cuidar de su hijo con toda naturalidad; me siento muy lejos de estar alguna vez en su lugar.
—No estoy segura de poder con un solo hombre ahora mismo —digo—. Toda mi vida parece estar patas arriba.
Niega con la cabeza y coge en brazos al pequeño Brett.
—Hasta que conocí a mis chicos, jamás imaginé que encontraría a alguien que se tomara el tiempo de conocerme el corazón.
Pero cuando sucede, es increíble. Aquí está claro que ha habido algún tipo de ruptura familiar, así que tener a alguien que una a estos hermanos sería maravilloso.
Y tú tienes de sobra la fuerza interior necesaria para manejarlos.
—Creo que ves en mí algo que no soy —digo, sintiéndome muy inmadura al lado de la mujer que me está dando consejos.
—Me han dicho que se me da de maravilla calar a la gente —dice Connie—, pero solo tú sabes lo que sientes.
Alza las cejas y se coloca un mechón de pelo castaño y liso detrás de la oreja.
—Te doy seis meses y, si no has perdido la virginidad con al menos uno de estos hombres, me traigo a mi amiga Sandy para que los conozca. Quizá tener una fecha límite te anime a echar un buen polvo.
Vuelve a soltar una risita pícara y no puedo evitar reírme con ella.
Echar un buen polvo.
Eso solo ha existido dentro de mi cabeza y probablemente seguirá siendo así, a pesar de la seguridad de Connie.
Seis meses. Ni soy capaz de imaginarme cómo será mi vida entonces. ¿Seguiré aquí siquiera?
Quién sabe, pero mi lado competitivo, esa parte insensata que a veces se permite soñar, se pregunta cómo sería recorrer el camino que Connie parece ver como mi futuro.