CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 7
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—Están a diez minutos —dice Sawyer, con cierta urgencia en la voz—. Acabo de llamar a Holden para asegurarme.

—¡Diez minutos!

Estoy hecha un manojo de nervios. La comida está casi lista, pero, no sé cómo, añadir invitados ha convertido esta comida en una tarea de máxima presión.

Aun así, tengo ganas de que lleguen los primos de los Bradford.

Por lo que veo, los Bradford están inquietos por su llegada.

Todavía no conocen a Connie ni al bebé, así que saben tan poco como yo de este peculiar arreglo sentimental.

—¿Puedo ayudar? —pregunta Sawyer. Puede que haya notado mi nerviosismo.

—Sí. Coge esto y ponlo en la mesa. Cúbrelo con film transparente —digo, y le tiendo un cuenco grande de ensalada de patata. La he preparado igual que la hacía mi madre, con cebolleta y un poco de mostaza en el aliño. Huele a gloria y a recuerdos felices.

En el horno hay una buena pieza de cerdo untada con miel y mostaza, y también he preparado una enorme rosca de salchicha tan bonita que no quiero que nadie se la coma.

—Me muero de hambre —dice Sawyer, que ronda a mi alrededor como un perro esperando a que su amo le lance un hueso. De hecho, Big Boy es menos exigente: duerme en un rincón, ajeno a todo el revuelo.

—Toma, pártelos —digo, y le paso a Sawyer la bandeja de panecillos recién horneados mientras busco una cesta para ponerlos. He comprado unos paños de cuadros muy monos para forrar las cestas. La cocina de los Bradford estaba bien surtida, pero sin esos detalles que hacen fácil recibir invitados.

—¿Pretendes matarme? —dice mientras aspira el aroma del pan recién hecho, prácticamente babeando.

—Comeremos cuando lleguen —bufo con impaciencia—. ¿Puedes aguantar diez minutos? A pesar de mis regañinas, en secreto me encanta lo mucho que los Bradford aprecian mi cocina.

—Deja de enredarte en las faldas de Mel —dice Cash al pasar por la cocina con una bolsa de basura del salón.

—No llevo falda.

—Seguro que a él le gustaría que la llevaras —dice Colt, despatarrado en una silla del rincón, desde donde lo observa todo con interés. Cash le lanza una mirada asesina y desaparece fuera.

El ruido de una camioneta que se acerca lleva a Sawyer hasta la puerta.

—Solo es Cary —dice.

—Ah, genial. Ya ha vuelto.

Me he quedado sin pimienta negra y he tenido que mandar a Cary al pueblo a por más, para disgusto de Scott. Después desapareció, arrastrando los pies hacia los establos. Todo este asunto de la reunión familiar le ha revuelto aún más un ánimo que ya andaba bastante alterado.

Consigo tener la comida lista y lo envuelvo todo en papel de aluminio para que no se enfríe antes de que una camioneta negra y enorme se detenga frente a la casa. Me seco las manos en un paño de cocina y observo por la ventana de la cocina cómo se abren todas las puertas y bajan cuatro hombres.

Vaya.

En esta familia hay, sin duda, un gen de la belleza.

Y otro de los partos múltiples. Dos parejas de gemelos contemplan la casa como si fuera la primera vez que la ven.

Quizá los arreglos que he hecho hayan mejorado su aspecto y sea eso lo que les ha llamado la atención.

Antes de lavarlas, las ventanas estaban casi grises.

Y las jardineras que ahora flanquean la puerta han dado algo de color al lugar.

Uno de ellos se inclina para ayudar a bajar a una mujer.

Es de estatura media y guapa de un modo bastante corriente.

No lo digo con mala intención, solo que no somos tan diferentes, y eso me sorprende.

¿Cómo se las ha arreglado esta chica normal para pescar a cuatro hombres guapísimos?

Quiero decir que, incluso de lejos, se ve que son musculosos bajo la ropa.

Y tienen caras atractivas, de huesos marcados y ojos bonitos.

Quizá sea una fiera en la cama. Dicen que al hombre se le conquista por el estómago, pero me da que, para la mayoría, lo que llevan entre las piernas es más prioritario.

Los animales prefieren aparearse antes que comer.

Algunos incluso se arriesgan a morir. Los humanos no somos tan distintos.

Alguien saca un carrito del maletero y Connie le hace una señal a otro de los hombres para que le coja el bolso mientras ella se mete en el coche a por su hijo.

Hay algo tranquilo y ordenado en el modo en que se coordinan.

Supongo que con cinco adultos cuidando de un solo niño todo resulta mucho más fácil de lo normal.

Al darme cuenta de que me he quedado mirándolos, decido que ya es momento de acercarme a la puerta. Aquí no soy de la familia, así que no me parece bien salir a recibirlos, pero Colt y Sawyer dejan la cocina y salen a reunirse con Cary y Cash.

Hay apretones de manos y sonrisas por todas partes. Connie se ríe con una risa ligera y cantarina mientras el bebé le pone la mano en la mejilla y sonríe. Cuando Sawyer va a tocarle el hombro, al pequeño le da vergüenza al instante y esconde la cara en el cuello de su madre.

Nunca he sido de esas mujeres que hacen arrumacos a los bebés, pero al ver los mofletes rellenitos de Brett y lo juguetón que es, me entra envidia de golpe. Esta mujer tiene cuatro hombres guapísimos y el bebé más dulce del mundo. Es una auténtica afortunada.

Cash extiende el brazo para guiarlos hacia la puerta y, por alguna razón, me seco las manos en los vaqueros, con los nervios revoloteándome en el estómago. Connie entra primero y sonríe de oreja a oreja al verme.

—¡Hola!

—Soy Mel —digo, y doy un paso atrás para hacer más sitio mientras los primos Banbury empiezan a entrar en tropel.

—Lo sé —dice, y me guiña un ojo—. Cash le ha contado a Holden todo sobre tus dotes culinarias.

—¿Ah, sí? —Niego con la cabeza y miro a Cash, que ha entrado en la cocina demasiado tarde para oír lo que ha dicho Connie.

—Y huele de maravilla —dice, y se gira para echar un vistazo a la cocina—. ¿Y a que ha quedado bonita?

—Es todo obra de Mel —dice Cary, con un tono casi orgulloso.

—¿Y quién es este? —Connie va derecha hacia Big Boy y se agacha para acariciarlo. Big Boy se pone en pie con esfuerzo, mueve la cola una vez, despacio, y se acerca lo justo para olisquear al pequeño Brett. No se inmuta ni cuando Brett le toca el hocico ni cuando Connie le revuelve el espeso pelaje.

—Es Big Boy —dice Sawyer—. Un gigante viejo y bonachón.

Connie se vuelve hacia el grupo.

—No dejo de decirles a los chicos que necesitamos un perro, pero les da miedo la etapa de cachorro y les preocupa que uno rescatado sea peligroso con el bebé.

—Quizá deberíais esperar a que sea un poco mayor —dice Cash—. Nosotros no tuvimos a Big Boy hasta la adolescencia.

—¿Fue entonces cuando vuestro padre compró aquella granja de Paxon? —pregunta uno de los primos.

—Sí —dice Scott desde la puerta. Ha vuelto a aparecer, como salido de la nada—. Papá nos compró a Big Boy para sustituir a nuestra madre.

Unos segundos de silencio glacial se extienden a nuestro alrededor y lo miro atónita. Mi madre siempre me decía que los trapos sucios no se airean en público. Supongo que la madre de Scott no tuvo ocasión de enseñarle esa lección a su hijo.

—Entonces comeremos en el jardín, ¿os parece? —dice Cash con la sonrisa más amplia que le he visto nunca, y extiende el brazo hacia la puerta del pasillo. Verse obligado a encubrir el comportamiento inapropiado de su hermano lo incomoda muchísimo.

—Estupendo —dice Connie—. Vamos, Brett. Vamos fuera. —Se detiene en la puerta—. Mejor aún, Harris, ¿puedes coger al bebé? Voy a ayudar a Mel.

—Claro. —Harris, el gemelo de pelo rizado y suave y ojos del color del cielo, tiende los brazos hacia Brett.

Todos los hombres cruzan la casa con paso cansino y pongo los ojos en blanco al pensar que estamos en el siglo XXI y hombres y mujeres siguen encasillados en los mismos papeles. Bueno, supongo que solo en algunos aspectos. Al menos uno de los nueve hombres disponibles tiene al bebé en brazos.

—Parece que te has pasado la noche en vela para preparar todo esto —dice Connie, entusiasmada—. Yo cocino fatal. No sé cómo lo haces.

—Seguro que no es para tanto —respondo educadamente mientras cojo un cuenco grande.

—Sí lo es —asegura Connie—. Se me dan bien muchas cosas, pero mezclar alimentos para que salga algo comestible no es mi fuerte.

Aunque, por alguna razón, parece que se me da el curry verde tailandés.

Igual soy la reencarnación de una ama de casa asiática increíble.

—Coge otro cuenco y empezamos a cruzar la casa.

Los chicos han juntado dos grandes mesas de madera fuera y han reunido una mezcolanza de sillas para que quepamos todos.

Ahora mismo están hablando en el centro del jardín, mientras Cash señala hacia las tierras del rancho, en dirección a mi antigua propiedad.

Supongo que les está poniendo al día sobre su última adquisición.

Dejamos la comida en la mesa y volvemos dentro.

—Y dime, ¿cuánto tiempo llevas viviendo con los Bradford? —pregunta Connie.

—No mucho.

—Bueno, parecen buena gente —dice—. Si son como sus primos, claro. —Sonríe y se detiene junto a la mesa—. ¿Sales con alguno de ellos?

Niego con la cabeza y arrugo la cara en una mueca.

—No. Es estrictamente profesional.

—Ya. —Asiente y frunce los labios, como si estuviera sopesando la falta de relaciones en esa casa—. ¿Y salen con alguien más?

—Que yo sepa, no —respondo—. Ahora mismo solo piensan en el trabajo.

—Mucho trabajo y poca diversión… —Connie se detiene y mira por encima del hombro—.

¿Cuál te gusta? Alguno tiene que gustarte.

Son todos guapísimos. Te juro que en esta familia hay algo que da los hombres más atractivos del mundo.

De verdad. Hasta los mayores son unos maduritos interesantes…

aunque, si alguna vez le cuentas a mi suegro que he dicho eso, tendría que matarte.

Me río con la ocurrencia de Connie; me siento cómoda con ella, aunque la conozca desde hace tan poco.

—Son guapos, pero no creo que fuera buena idea. No viviendo todos bajo el mismo techo.

Connie arquea las cejas y las junta.