CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 13
36%

13

Son las once y media y estoy fregando el suelo de la cocina cuando llaman a la puerta. Me extraña, porque no está cerrada con llave y los chicos nunca llaman antes de entrar, así que apoyo la fregona en la pared y voy a abrir, secándome las manos en el delantal.

Toda la mañana he estado recordando cómo me desperté en mitad de la noche con la lengua de Cash en mi entrada.

Estaba ya tan cerca del orgasmo que bastaron cuatro lametones para que me invadiera un placer cálido y una especie de asombro.

Su suspiro de satisfacción cuando me corrí fue de lo más sexy, y mientras subía por mi cuerpo para besarme, me quedé embobada mirando ese cuerpo espectacular, vestido únicamente con unos calzoncillos ajustados.

¡No dejaban nada a la imaginación! Solo con recordar el contorno de su polla me sube el rubor a las mejillas.

Abro la puerta de un tirón y se me cae el alma a los pies en cuanto veo que es Amber, de pie en el escalón, con un vestido veraniego de flores.

—Ahí estás, Mel —dice—. Me preguntaba si estarías en la tienda.

Su mirada recorre mi ropa gastada y mi pelo revuelto. A su lado debo de parecer un desastre.

—Estoy en mitad de las tareas de la casa —digo.

—Bueno, seguro que pueden esperar mientras nos ponemos al día.

Se acerca un paso y se cuela en la casa. Maldita sea esa puerta tan ancha.

Sin hacer caso del suelo mojado, lo cruza tan tranquila y se sienta a la gran mesa de la cocina, mirando alrededor como una posible compradora a la que una agente inmobiliaria le estuviera enseñando la casa.

—Este sitio tiene mucho encanto. Los Bradford deben de haber hecho reformas desde que se lo compraron a los Flint. Ellos no eran precisamente famosos por sus dotes para las labores del hogar.

Sonríe, orgullosa de conocer la historia de la casa; a mí, en cambio, me parece una entrometida.

—Puede.

Me fastidia tener que ofrecerle algo de beber.

—¿Te apetece un vaso de té helado?

—Preferiría café, si no te importa.

Se abanica, aunque hace una temperatura perfectamente agradable.

—Y qué, ¿cómo te vas adaptando? Espero que no se estén aprovechando de ti.

¡Como si a Amber le importara de verdad lo que me pasa!

—Bien —digo—. Me tratan bien.

—¿Ah, sí? ¿Cómo?

Le doy la espalda, cojo una taza y me entretengo con la cafetera. Ojalá tuviera el descaro de decirle que me pagan bien, con dinero y orgasmos, pero sé que eso correría por todo el pueblo en un abrir y cerrar de ojos.

Me encojo de hombros y decido no responder.

—¿Cómo lo tomas?

—Con azúcar y leche —responde—. Entonces, ¿duermes aquí, en esta casa?

—Claro.

Remuevo el azúcar y la leche.

—Es que pensaba que, con tu antigua casa tan cerca, podrías haberte quedado allí.

Que mencione Cooper’s Cottage me saca de quicio y aprieto los dientes, inspirando hondo y despacio para intentar mantener la calma. Sé de sobra que lo hace para hurgar en la herida. Siempre ha sido así.

—No habría sido práctico.

—Y ¿cómo son? Ya sabes… ¿hablan contigo o te tratan como a una criada?

—No son monstruos —digo, y dejo la taza en la mesa con más fuerza de la que pretendía.

Parte del café se derrama por el borde, pero no lo limpio. No soy capaz de sentarme a su lado, así que vuelvo a quedarme de pie junto a la encimera, con la esperanza de que capte la indirecta y se marche pronto.

—¿No los odias por haberse quedado con tu casa?

Amber da un sorbo al café sin apartar de mí los ojos, ligeramente entornados.

—Si no hubieran sido ellos, habría sido otro.

—Supongo. Les va muy bien, ¿eh? Ningún otro ranchero de la zona está creciendo al ritmo al que lo hacen ellos ahora mismo.

Me encojo de hombros y me pellizco la piel de alrededor de las uñas.

—Y ¿cómo son todos?

¿Qué demonios quiere que le cuente? No me corresponde a mí airear los entresijos de las personalidades de los Bradford.

—Son trabajadores. Rancheros típicos. En pie al amanecer. Ya sabes… ¡tu padre es ranchero!

—Me refiero a cómo son. Ya sabes… ¿cuál está más bueno?

—Son hermanos… gemelos y trillizos… No hay mucha diferencia entre ellos.

—Pero tienen que ser distintos… No sé, ¿cuál es el más borde y el más malhumorado? A mí siempre me han gustado los chicos atormentados.

Ha descrito a Scott a la perfección, pero no pienso decírselo.

No quiero que se encapriche con él. Es el que más dudas tiene sobre la idea de Cash de formar una familia poliamorosa.

El que corre más riesgo de ir por libre.

Y mientras miro a esta mujer, me doy cuenta de algo que es estúpido no haber pensado antes.

Si Cash no se sale con la suya —si sus hermanos o yo nos resistimos—, habrá otras mujeres entrando en esta casa.

Otras mujeres con ideas distintas. Otras mujeres que provoquen roces dentro de nuestra unidad, que funciona tan bien.

Tengo que tomar una decisión, y pronto. ¿Es una relación tradicional con Cash lo que me hará más feliz? Cuando los demás encuentren novia, uno de ellos podría acabar con Amber o con alguien como ella, y esa posibilidad me llena de pavor.

—Todos los hombres son malhumorados. Es cosa de la testosterona y de su incapacidad para hacer varias cosas a la vez y gestionar el estrés.

—Yo sé de algo que ayuda a aliviar el estrés.

Sonríe y enseña esos dientes bonitos y perfectamente alineados, pero a mí me parece más una piraña que nunca.

—Seguro que de eso tienen de sobra en el pueblo —digo.

Amber niega con la cabeza y sostiene la taza de café entre las dos manos.

—Ahí está la cosa. Nadie se ha acostado con ellos. He preguntado por ahí. Ni siquiera las putas del bar. En serio, los Bradford viven como monjes.

¿Lo dice en serio? Anoche salieron y yo pensaba que irían a la caza de mujeres, pero parece que me equivocaba.

Supongo que le estaban dando espacio a Cash.

Incluso Scott, que no quiere que esto nuestro salga adelante, se tomó la molestia de marcharse, a pesar de estar agotado después de un duro día de trabajo.

Pensaba que se lanzaría a la primera oportunidad de buscar una alternativa a mí.

—Bueno, quizá prefieran darse el gusto fuera del pueblo.

Amber se encoge de hombros.

—Lo dudo. ¿Quién se va a molestar en conducir tan lejos? ¡Los hombres son unos vagos, hasta para el sexo!

En ese momento oigo el crujido de los neumáticos en el camino de entrada. Los Bradford han vuelto temprano para comer y Amber sigue aquí.

Ya está. La verán y cualquier interés que alguno de ellos pudiera haber sentido por mí se esfumará como ceniza al viento. Y todavía no les tengo la comida lista. Esto es un desastre.

—¿Son ellos?

Amber se levanta y se alisa el vestido mientras se acerca a la ventana para mirar afuera.

Finge sorpresa, pero sé que su intención era encontrárselos.

Lo único que pretendía era usar la excusa del café conmigo para que yo se los presentara.

Creo que nunca he estado más furiosa ni menos sorprendida.

Siempre fue la reina de la manipulación, sobre todo con el sexo opuesto.

—Han llegado para comer. Tengo que ponerme con eso —digo, esperando que capte la indirecta y se largue.

—Bueno, yo te puedo ayudar —dice—. Parece que la culpa es mía por distraerte. Es lo mínimo que puedo hacer.

Cómo no, tenía que darle la vuelta a todo y encontrar la manera de meterse. No necesito su ayuda y, desde luego, no la quiero. Solo de pensar en sus dedos maquinadores tocando mi pan casero me dan ganas de gritar.

—Hola —saluda Cash desde la puerta. Deben de haber visto el coche de Amber y les ha dado por ser educados.

—Estoy aquí dentro —digo—. Llegáis temprano.

—Es culpa mía. Me muero de hambre.

Aparece en la puerta y repara en Amber por primera vez.

Espero a que le cambie la cara. Los hombres suelen perder toda la dignidad en presencia de una mujer guapa, pero Cash no.

De hecho, la mira con recelo mientras ella cambia de postura, echa una pierna hacia atrás y gira el cuerpo como hacen las famosas en la alfombra roja.

—Hola, soy Amber, la amiga de Melanie —dice. Su voz suena de una alegría tan falsa que, para mí, es como oír uñas arañando una pizarra.

Cash asiente, pero no responde. Detrás de él aparecen Colt y Cary. Están igual de callados.

—Hola, soy Amber, la amiga de Melanie —repite, esta vez con un saludito de niña. Colt y Cary se miran y a Colt le tiembla la boca.

—Id a lavaros, que yo preparo la comida lo antes posible.

—No parece que necesiten lavarse —dice Amber—. Nada de malo tiene que un hombre que trabaja lleve algo de mugre encima.

¿De dónde demonios se ha sacado eso? Parece el tipo de chica que tira las bragas a la basura en vez de lavarlas y volver a ponérselas, y de repente le gustan los hombres sudorosos. No me lo trago.

—Vale —dice Cash. Cruza la cocina con toda la calma y sale al pasillo sin dedicarle ni una mirada de reojo.

—Los tienes amaestrados —se ríe Amber, mientras observa cómo Colt y Cary siguen a su hermano.

El siguiente en aparecer es Scott y, detrás de él, Sawyer.

—Hay más —dice con una sonrisa de oreja a oreja—. Hola, soy Amber, la amiga de Melanie.

En serio. Parece un disco rayado.

—Tus hermanos se están lavando —digo.

Los ojos oscuros de Scott se encuentran con los míos, luego van hacia Amber y vuelven a mí. Pagaría por saber qué está pensando ahora mismo.

—Claro, Mel —dice Sawyer, y abre la marcha tras los trillizos.

Scott titubea lo justo para que Amber se abalance sobre él.

—Y tú, ¿cómo te llamas? —pregunta, tendiéndole la mano.

Él baja la vista a su propia manaza, cubierta de tierra y de Dios sabe qué más.

—Yo no me arriesgaría —dice—. Mel, ¿me echas un poco más de azúcar en el café? Hoy necesito toda la ayuda posible.

Niega con la cabeza y sale también de la cocina, y yo tengo que contener la sonrisa de satisfacción que me burbujea por dentro.

Amber ha puesto toda la carne en el asador y ninguno de los Bradford ha pestañeado siquiera en su dirección.

La han despachado sin apenas decir palabra, una habilidad que yo todavía no domino.

Se han esfumado todos mis miedos a que alguien pudiera apartarlos de mí.

Por ahora, al menos, no parecen interesados ni siquiera en la chica más guapa que conozco. Un hecho que le ha agriado a Amber la expresión antes radiante.

—Bueno —resopla en cuanto están lo bastante lejos para no oírla—. Qué maleducados.

—Están cansados. Llevan trabajando desde antes del amanecer. A la hora de comer siempre están así.

Aunque en realidad no es verdad. Normalmente hablan por los codos, son divertidos y da gusto estar con ellos. Cuentan cómo les ha ido el día y se hacen los interesados cuando les digo que les he lavado la ropa y les he horneado un pastel. Casi siempre es un placer pasar tiempo con ellos.

—Bueno, quizá vuelva otro día —dice—. Pareces ocupada y ellos no parecen estar de humor para visitas.

—Quizá sea lo mejor —digo, esperando que me lea la mente y oiga: «No vuelvas nunca, nunca, nunca».

—Bueno, me ha gustado ponernos al día.

Amber coge el bolso y sale por la puerta sin mirar atrás. Lleva los hombros hundidos, algo que creo que no le había visto nunca, y aunque sé que es muy ruin regodearme del desprecio con que la han tratado los Bradford, ¡no puedo evitarlo lo más mínimo!