5
Hacer pan tiene que ser una de las cosas que más me gustan del mundo. No solo acaba convirtiéndose en algo tan delicioso que cuesta dejarlo enfriar antes de comérselo, sino que, mientras amaso, suelto un montón de frustraciones.
No oigo marcharse a los Bradford por la mañana.
Seguro que se levantaron antes de que saliera el sol.
Uno de ellos me ha dejado una nota para avisarme de que vendrán a comer a mediodía, así que ando como loca preparando un montón de sándwiches.
También tengo un bizcocho en el horno. Uno sencillo, de vainilla, pero estoy segura de que les encantará.
Las despensas se están quedando vacías, así que pronto habrá que ir a hacer la compra. No tengo vehículo, pero parece que hay un par de camionetas de sobra aparcadas delante. Quizá puedan incluirme en el seguro de alguna.
Mientras la masa leva, decido aventurarme en los dormitorios. El que está más cerca del final de la escalera está ordenado, aunque lleno de polvo. La cama está hecha, pero hay que cambiar las sábanas, así que las quito y las lanzo escaleras abajo.
Apenas hay muebles: una cómoda que hace también de mesilla de noche, y la cama.
Fisgo entre los trastos que hay encima de la cómoda y encuentro unas monedas sueltas, una chapa de botella, unas cerillas de un bar del pueblo y un sombrero, que debe de ser de repuesto.
Debajo del sombrero hay una carta dirigida a Cary Bradford.
Es de una organización benéfica que recauda dinero para niños desfavorecidos.
El hecho de que haga donaciones con regularidad no hace más que confirmar mi impresión de que Cary es un hombre decente.
Limpio la habitación de arriba abajo y encuentro ropa de cama limpia en un armario del pasillo. Hasta lavo los cristales por dentro para que entre la luz a raudales.
El baño es lo siguiente en la lista, y casi me da tiempo a terminarlo y poner la lavadora antes de que el pan acabe de hornearse.
Tengo treinta minutos para preparar la comida y, a medida que se acerca la hora de que vuelvan los hermanos Bradford, el corazón se me acelera un poco.
Pienso en lo mucho que les gustó la cena de anoche.
Y en lo bien que olían después de lavarse.
Y puede que también en lo sexis que estaban antes de eso, cansados y mugrientos tras una larga y dura jornada de trabajo.
Sacudo la cabeza y vuelvo a concentrarme en cortar el jamón. Pero, mientras lo hago, me imagino los duros planos de músculo que esculpen sus espaldas y sus pechos. Hasta debajo de las gruesas camisas de cuadros se adivina lo fuertes que son. Los hombres que trabajan como ellos necesitan esa fuerza.
Hoy hace calor. Me pregunto si alguna vez se quitarán la camisa para trabajar cuando aprieta el sol.
De repente, la cocina resulta sofocante, y abro las puertas de par en par para que corra el aire.
Siguen abiertas cuando los Bradford regresan y entran dando pisotones como una manada de elefantes, hasta que Cash les gruñe que se quiten las botas. Al menos uno de ellos tiene modales de casa. También se turnan para lavarse las manos. Es ridículo, pero me siento como una madre orgullosa.
—Vaya, Mel. Esto tiene una pinta increíble.
Es la primera vez que alguno de ellos acorta mi nombre y resulta extraño, pero también agradable.
Mi madre siempre me llamaba Mel. Sawyer es el primero en dejarse caer en una silla y examinar todo lo que hay en la mesa.
No tarda en alargar la mano hacia los sándwiches recién hechos.
También he cortado verduras y he puesto la última fruta en un cuenco.
—¿Has hecho bizcocho?
—Sí.
Sacude la cabeza, como si mis dotes para la repostería fueran dignas de admiración. Supongo que, para alguien a quien nunca le han enseñado, lo son. Para mí, hornear es una habilidad tan natural como caminar. Ya ni siquiera necesito recetas, a menos que esté probando algo nuevo.
—Vamos a necesitar provisiones —digo—, si queréis que siga dándoos de comer.
—Haz una lista y uno de nosotros irá al pueblo. —Cash es más parco a la hora de demostrar su agradecimiento, pero me fijo en cómo cierra un poco los ojos al dar el primer bocado a mi pan tierno.
—Pensaba que podía coger uno de los camiones de fuera.
—¿Sabes conducir? —pregunta Scott.
Cómo no, tenía que ser él quien pusiera en duda mis capacidades.
—Sí. ¡Para eso también tengo la edad legal! —replico con retintín.
Colt suelta una risita burlona, de esas que ya empiezo a esperarme.
—Te dejaré la llave del Ford —dice Cash. Rebusca en el bolsillo y saca un fajo de billetes; ¡parece que Cash tiene el cash! Deja sobre la mesa lo que parece una pequeña fortuna y asiente—. Usa esto. Compra lo que te parezca.
Me siento en el que, oficialmente, parece haberse convertido en mi sitio y me sirvo.
—Bueno, ¿cuándo vamos a tirar esas vallas? —pregunta Scott. Sus ojos buscan los míos y luego se desvían hacia Cash de una forma que me hace prestar atención.
—La semana que viene —responde Cash, tan parco en palabras como de costumbre.
—¿Y la casa? —insiste Scott.
Los ojos gris acero de Cash se desvían hacia los míos y después bajan hasta el plato. Deja el sándwich, como si las preguntas de Scott lo agotaran.
—Dejemos los negocios fuera de la cocina —gruñe.
Es entonces cuando caigo en que están hablando de mi casa.
Bueno, de la casa que era mía y que ahora pertenece a los Bradford.
La semana que viene tiran las vallas y después la casa.
Claro, tiene todo el sentido. No necesitan más propiedades.
Necesitan tierra que levantar con los arados.
La imagen de esos arados me desgarra el corazón.
Aunque ya me he tragado el bocado, sigo sintiendo la garganta llena.
Me duele el corazón por todos los recuerdos que descansan entre esas cuatro paredes.
Cuatro paredes cuya destrucción parece que Scott saborea de antemano.
No es mi intención empujar la silla hacia atrás con tanta violencia que chirríe contra las baldosas.
Tampoco lanzar la servilleta sobre el plato ni subir las escaleras hecha una adolescente de mal humor.
No puedo contener las lágrimas que me resbalan por las mejillas ni tragarme el ardor de la garganta.
Apoyo la espalda contra la puerta, me llevo las manos a la cara y aguanto la respiración.
Claro que iba a pasar. ¿Qué me pensaba? ¿Que conservarían mi antiguo hogar como un museo dedicado a mi familia?
Ni la persona más sentimental del mundo le vería sentido.
Pero, por mucho que razone, siento el corazón igual de roto que el día de la subasta, que el día que encontré los papeles de la hipoteca en el escritorio de papá y que el día que papá murió.
Unos golpecitos suaves en la puerta me dan ganas de gritar.
—Vete —grito, con las manos apoyadas en la madera.
—Mel, déjame entrar. Quiero hablar contigo.
Esperaba que fuera Cary el que viniera detrás de mí, pero la voz que me llega es la de Cash. No sé por qué, pero imaginarme a ese hombre tan estoico subiendo la escalera a duras penas tras de mí me desarma.
Cuando abro la puerta, no oculto las mejillas surcadas ni me enjugo las lágrimas. Es inmenso, ocupa todo el hueco de la puerta; impone, pero de una forma que habla de su fuerza, de lo que es capaz de hacer, de que se puede confiar en él.
—Scott no tenía por qué ser tan insensible —dice—. He hablado con él. No volverá a pasar.
Asiento mientras su mirada me recorre la cara, en la que seguramente solo ve manchas y desorden.
—Nada de esta situación es como me gustaría que fuera.
Se frota la frente y cierra un instante los ojos, grises como nubes de tormenta.
—A mí tampoco me gusta como está.
Si espera que les facilite el trabajo de destrozarme la vida, se va a llevar una decepción. Cuando lo hagan, también van a notar el golpe. Toda acción tiene consecuencias.
—¿Crees que puedes ser feliz aquí? —me pregunta. Parpadea despacio, esperando una respuesta a una pregunta que nunca habría imaginado en su boca. ¿Le preocupa que yo sea feliz? Creía que lo que le pasaba era que estaba harto de vivir entre polvo y desorden.
—¿Quieres que te responda después de un solo día? Sería una necia si diera algo por sentado tan rápido.
Cash asiente y pasea la mirada por la habitación que he dejado limpia y bonita. Un refugio en medio de la tormenta.
—Y, de todas formas, sé que me lo preguntas solo para calmar tu mala conciencia.
—¿Calmar? —Niega con la cabeza—. Desde luego, conoces unas palabras muy curiosas.
Le tiembla una comisura de la boca y no sé si le gusta o si se está riendo de mí, y eso me pone en guardia al instante.
—Si no quieres sentirte culpable, no hagas cosas que sabes que están mal.
Eso sí que le llama la atención. Cash pasa de estar relajado a ponerse rígido, y así sé que he tocado un nervio.
—¿Está mal comprar algo que está en venta, Melanie? Yo no le hice nada a tu padre. No juego y mis hermanos tampoco. No me aprovecho de la debilidad de los demás. Pero si puedo permitirme algo que mejore la situación de mi familia, lo voy a hacer.
—Y quieres tenderles una mano a los daños colaterales.
Suspira y engancha el pulgar en la trabilla del cinturón.
—¿«Daños colaterales»? Eso es una película, ¿no? Mira, necesitas un sitio donde vivir y un trabajo. Nosotros necesitamos a alguien que haga todo lo que no tenemos tiempo de hacer; a mí me parece que encajamos a la perfección. No querría ver a nadie en la calle si pudiera evitarlo.
Se me tensa la espalda y aprieto los puños contra los costados.
—Cash, el buen samaritano.
Me sale con sorna y él aparta la cabeza con un respingo. A pesar del enfado, me sabe mal haber atacado con tanta mala intención. No me educaron así, y tampoco hace falta eso para dejar claro lo que pienso.
—¿Por qué tienes que ponerlo todo tan difícil? —pregunta.
—¿Quieres que te lo ponga fácil para romperme el corazón?
Las palabras se me escapan y quedan flotando entre nosotros, oscuras. Cash puede parecer impasible, pero veo lo que le cuesta manejar esta situación. Imagino que la compra del rancho Flint fue mucho menos personal. Quizá la culpa se le esté metiendo en el alma precisamente porque soy una mujer.
Eso también me pone furiosa. No soy una flor frágil.
—¿Qué quieres que haga? —pregunta al final, y me gusta que reconozca que no tiene todas las respuestas. Los hombres suelen soltar soluciones, incluso cuando nadie se las pide. Este no cae en ese error.
Lo malo es que no sé qué quiero. No puedo pedirle que me devuelva mi casa.
No puedo pedirle que renuncie por mí a toda su inversión.
Somos dos desconocidos que hemos compartido techo una noche.
Lo que sabe de mí cabría en el dorso de un sello.
Así que, si no puedo pedirle eso, ¿qué puedo pedirle?
¿Mejores condiciones de trabajo? ¿Un puesto más gratificante?
¿Estabilidad laboral? ¿Sé siquiera si quiero quedarme aquí?
Lo que sí sé es que no quiero que este hombre me vea como un ama de casa de los años cincuenta. Soy mucho más que eso.
—No soy solo un ama de casa, Cash. Sé ayudar a una vaca a parir y sé cepillar un caballo.
Sé plantar un huerto y reducir la necesidad de pesticidas en los cultivos.
Sé revisar el ganado y pujar por cabezas sanas en una subasta.
Agradezco tener un techo, aunque preferiría que fuera el de la casa de mi familia.
Pero limpiar retretes y hacer pan no es todo lo que sé hacer.
Ni es lo único que quiero hacer con mi vida.
—¿Quieres asumir más?
Suena sorprendido, y eso me escuece. Presupone cosas de mí que no tiene ningún derecho a presuponer.
—Quiero llegar a mi máximo potencial —digo, y por primera vez me doy cuenta de lo importante que es para mí desplegar las alas.
—Creo que tienes muchísimo potencial —dice Cash, y suspira pensativo—. Déjame pensar en lo que me has dicho. Ahora tengo que irme, pero volveremos luego.
Asiente y se aleja pesadamente por el pasillo, y me deja con una mezcla extraña de tristeza y esperanza.
Puede que estén a punto de destruir la casa de mi familia, pero la vida sigue, y quizá yo pueda salir adelante a pesar de todo.