CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3) 4 #2
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Cash, empiezo a verlo, es hombre de pocas palabras.

—¿Qué quería? —pregunta Sawyer.

—Nos han invitado a su casa el domingo.

Scott niega con la cabeza.

—No tenemos tiempo de perder un día entero entre horas de carretera y visitas de cortesía.

Cash asiente.

—Por eso les he dicho que vengan ellos.

—¿Aquí?

Por lo visto, Scott se opone en redondo a recibir a ese Holden, quienquiera que sea.

—Melanie puede preparar una comida. Trabajamos por la mañana y quizá también cuando se marchen. No creo que se queden mucho. Tienen al recién nacido.

—¿Para cuántos más tengo que cocinar? —pregunto.

—Cinco —responde Cash.

—¿Cinco? O sea, dos adultos, dos niños y un bebé. —Lo pregunto medio por cotilleo, medio para calcular la cantidad de comida que hará falta.

—Cinco adultos. El bebé es demasiado pequeño para comer.

Alzo las cejas. Cinco adultos.

—Holden es nuestro primo —explica Cary—. Tiene tres hermanos... y los cuatro están en una...

Cash se aclara la garganta.

—Llegarán a la una. Podemos comer detrás de la casa.

Todavía no he tenido ocasión de explorar los alrededores de la casa, pero mañana lo haré.

Necesito saber cómo está montado aquello para decidir si preparo algo de comer sentados a la mesa o algo más informal.

Y, por el amor de Dios, ¿por qué ha cortado Cash a su hermano a mitad de frase?

Aquí pasa algo raro, pero ¿cómo llego al fondo del asunto?

Quizá, si pillo a Cary a solas, me cuente lo que Cash no quería que dijera delante de mí.

La conversación se apaga mientras los hombres devoran la comida y rebañan los platos con el pan. Yo también me sirvo una buena ración, consciente de que puede llegar pronto un día en el que no tenga a mano una comida tan nutritiva.

—Gracias —dice Cary—. Ha estado realmente especial.

—Hablas como si nunca hubieras comido pollo —se ríe Scott, pero no es una risa amable. Es una risa con un filo de burla.

—No comía un pollo tan bueno desde...

Cash vuelve a aclararse la garganta.

—Has demostrado con creces lo que vales, Melanie. Olvida la semana de prueba. ¿Te quedarías?

Me encojo de hombros.

—Mantengamos la semana de prueba. Necesito asegurarme de que este es un sitio en el que quiero estar y de que vosotros sois los hombres para los que quiero trabajar. A mí me resulta fácil demostrar lo que sé hacer. A vosotros os cuesta más demostrar lo que valéis.

Scott vuelve a reírse y Cash le lanza una mirada capaz de secar una cosecha como una sequía.

—Me parece bien —dice—. Entiendo lo que dices, y no dudo de que mis hermanos y yo te demostraremos estos seis días que este es un buen sitio para trabajar. ¿Verdad que sí?

Los hermanos Bradford asienten todos menos Scott, cuyos ojos negros como la medianoche se clavan en los míos como un desafío.

Inclino la cabeza a un lado, la muevo de un lado a otro y sonrío con socarronería.

¿En serio se cree que nunca me he topado con un hombre con una espina clavada?

La mitad de los jornaleros de nuestra granja tenían una historia triste que contar y suficiente rabia enterrada dentro como para encapotar cualquier cielo.

Este hombre tiene algo contra mí, pero no es nada personal.

Lo más probable es que haya tenido problemas con su madre o que alguna chica le partiera el corazón.

Ahora no puede ver a una mujer sin asociarla a aquel dolor.

Los niños pequeños se enfurruñan cuando se les rompe un juguete.

Tiene que aprender que un juguete roto no condena a toda una vida de juguetes rotos.

—Bueno, pues asunto zanjado. Podéis pasar todos a la salita mientras yo acabo aquí. Luego me voy a la cama. Ah, y mañana tendréis que desayunar cereales. Nos hemos quedado sin pan.

Se levantan todos y llevan los platos a la encimera. Los demás salen de la cocina, pero Cary se queda.

—Déjame que te ayude con todo esto —dice.

—No hace falta. Para esto me pagáis.

El agua sale fría un buen rato, así que espero a que se caliente. Mientras tanto, Cary despeja la mesa, mete las sobras en una fuente y las tapa con film transparente. Me pongo a lavar los platos esperando que se vaya, pero busca un paño de cocina y empieza a secar.

—Tenerte aquí va a cambiarnos mucho las cosas —dice.

—Lo estabais pasando mal. Se notaba.

—A Scott no le gusta que nadie de fuera de la familia se meta en nuestra casa. Hemos tenido limpiadoras, pero siempre encontraba una excusa para despedirlas. Al final nos limitábamos a ir tirando como podíamos. Pero llevar una casa no es lo nuestro.

—Pero la agricultura sí.

Él asiente.

—Sabemos cómo sacarle el máximo partido a la tierra. Este negocio no consiste en aferrarse a los métodos de siempre, sino en buscar otros nuevos.

Pienso en mi padre y en lo reacio que era a los cambios. Quizá eso fue lo que lo empujó a apostar. A lo mejor la granja no daba lo suficiente y creyó haber encontrado una salida. Ahora que lo tengo a solas, voy a preguntarle a Cary por la cena del domingo.

—¿Qué ibas a decir sobre vuestros invitados?

Cary baja el paño de cocina y se muerde el interior de la mejilla. Cash dejó claro que no quería que me contaran nada de esto, pero el domingo voy a estar aquí, así que lo veré con mis propios ojos.

—Mis primos, Holden, Harris, Karter y Kane, tienen una relación con una misma mujer.

—¿Qué?

Dejo caer la esponja en el agua sucia de fregar y le dedico toda mi atención.

—Se llama poliamor. Parece que se ha puesto de moda en nuestra familia.

—¿De moda?

—A nuestros primos hermanos por parte de madre parece que les gusta. Nuestros otros primos hermanos, Max, Miller y Mason, se casaron el año pasado con una mujer que se llama Natalie.

—Pensaba que esas cosas estaban reservadas a hombres de otros países... ya sabes, príncipes con harenes.

—Y yo —dice Cary—. No he hablado del tema con Holden ni con los demás. Cash es el que se encarga de los lazos familiares.

Me imagino a cuatro hombres parecidos a Cary con una sola mujer.

Yo no he estado ni con uno. ¿Cómo sería estar con cuatro?

¿Irá rotando entre ellos, una noche para cada uno a la semana?

¿O tres noches para cada uno cada quince días y dos libres para ella?

Noto que me arden las mejillas. ¿O será algo más picante? ¿Podría estar con todos a la vez?

—Entonces, ¿van a traer a su novia? —pregunto, con curiosidad por saber cómo será. Y también por saber si hablará con naturalidad de su arreglo.

—Sí. Traerán a Connie y a su bebé, Brett. Será la primera vez que nos veamos.

—Pues más vale que cocine algo rico para que todos causéis buena impresión.

Cary resopla.

—No creo que la comida sea lo que debamos temer. Me da que Scott va a ser el que nos arruine la impresión a todos.

Cuando ya está todo hecho, Cary se queda rondando y luego me pregunta si quiero acompañarlos a la sala.

Es muy amable por acordarse de incluirme, pero estoy cansada hasta los huesos.

Se me han echado encima todas las semanas de angustia por la venta de la granja y el estrés de haber dormido anoche en el granero.

—Gracias, pero me voy a la cama.

Cary asiente.

—Espero que quieras quedarte —dice—. A esta casa le hace falta alguien que le dé un poco de calor y de corazón.

—No sé si eso es lo que estoy aportando. Más bien comida y limpieza.

Se encoge de hombros.

—Puede que sea lo mismo.

Esa noche me meto, agradecida, en una cama limpia y caliente, demasiado cansada para pensar en lo que me depare la vida a partir de ahora.