3
Deambular por la casa de otra persona cuando no hay nadie resulta tan íntimo como rebuscar en su cajón de la ropa interior.
Nada de todo esto me suena. Voy al baño y luego vuelvo derecha a la cocina.
Abro las puertas de las habitaciones de la planta baja y encuentro la sala de estar y lo que parece que debería ser un comedor formal, aunque sin muebles.
Hay una puerta que comunica la cocina con el lavadero.
Abro las alacenas y reúno abrillantador y paños.
Creo que voy a necesitar agua y jabón para con parte de la suciedad.
Ya en la cocina, contemplo el caos. Está claro que estos hombres no tienen tiempo de ocuparse de la casa.
Dudo entre limpiar mi habitación o encargarme de las zonas en las que los Bradford notarán más la diferencia.
Puede que no sepa si quiero quedarme a largo plazo, pero holgazana no soy, y no pienso escaquearme el tiempo que esté aquí.
Al final, ganan los platos. Empiezo por lavar toda la vajilla y los cubiertos, y dejo las sartenes en remojo en agua caliente con jabón.
Limpio todas las encimeras y busco un sitio donde guardar lo que no tiene por qué estar fuera.
Cuando las sartenes están más manejables, las lavo todas y las guardo.
Hay polvo en todos los zócalos y telarañas alrededor del techo.
Encuentro un plumero de mango largo y lo tiro todo al suelo antes de barrer y fregar.
Cuando acabo, la cocina huele a limpio; yo, desde luego, no.
Big Boy me hace compañía: me observa con interés y gime cuando me acerco demasiado con la fregona chorreante. Voy tarareando mientras saco la basura y busco algún sitio donde dejarla.
—¿Qué coño? —dice una voz grave. El dueño de esa boca sucia es uno de los gemelos Bradford.
Con camisa de cuadros y vaqueros, podría ser una copia exacta de sus hermanos trillizos, pero hay algo muy distinto en sus ojos casi negros y en la forma de plantarse, con la cabeza ladeada y las piernas bien abiertas.
Desprende un aire de macho alfa que le viene de la postura y de la mirada, y que me deja clavada en el sitio—. ¿Quién eres? —ladra.
—Melanie —respondo. Y entonces, porque su hosquedad me ha molestado, le hago una reverencia exagerada—. Tu nueva ama de llaves.
—¿Ama de llaves? Tú eres la chica de la granja Cooper.
Oír el nombre de mi casa me hace un nudo en la garganta del tamaño de una manzana.
—Ya no —susurro.
—¿Quién ha organizado esto? —Se acerca y me evalúa como a un animal de cría que estuviera pensando en comprar.
—Cash. Quizá deberías hablarlo con él. Ah, y ocúpate de esto, ¿quieres? —Le planto la basura en las manos y echo a correr hacia dentro antes de que pueda decir una palabra más.
Mientras asimila el golpe de mi repentina desaparición, agarro la aspiradora y los productos de limpieza que necesito y subo corriendo.
Cerrar la puerta de mi dormitorio supone un gran alivio, y ponerme manos a la obra para devolver al cuarto el aire de refugio que debió de tener en algún momento me distrae de mi nueva situación.
Limpiar tiene algo muy terapéutico, sobre todo cuando exige un esfuerzo de verdad. Quito las sábanas y, con las motas de polvo volando por todas partes, abro la ventana para que entre aire fresco. Hora de poner una lavadora.
Decido ser egoísta y empezar por mi ropa de cama, encantada de encontrar la cocina libre de hombres descontentos. La lavadora es nueva y parece ir bien. También hay secadora, aunque prefiero que la ropa huela a recién tendida.
Después decido ocuparme del pasillo.
Estoy a cuatro patas cuando oigo el golpe de la puerta principal al cerrarse.
—¿Y ahora quién coño es? —murmuro entre dientes.
—Hola, cariño, ya estoy en casa —grita alguien. Colt aparece apoyado en el marco de la puerta, con cara de estar muy satisfecho consigo mismo.
—No soy tu cariño —refunfuño.
—Venga, mujer. Solo te estoy tomando el pelo —dice con una sonrisa—. Esta casa huele más fresca que una rosa. Creo que Cash ha hecho bien contratándote.
—Me alegra que mis dotes de limpieza cuenten con tu aprobación —respondo con formalidad.
—Las tienen. —Asiente mientras sus ojos parecen recorrerme de arriba abajo.
Tengo la sensación de que le gustaría decir algo más.
Algo mucho más personal, pero parece contenerse.
Chico sensato. Cortaré de raíz cualquier tontería en cuanto asome, aunque dudo que pase.
Estoy mugrienta y huelo peor que las cuadras.
Es imposible que un hombre tan guapo se fije en mí.
Quizá alguien como Amber le pegaría más.
Seguro que ella entraría aquí contoneándose, envuelta en gasa y perfume, y lo dejaría boquiabierto.
—He oído que has conocido a Scott.
Me encojo de hombros y bajo el paño.
—Si es el que tiene la boca sucia, entonces sí, he conocido a Scott.
—¿Qué ha dicho?
—Algo que ningún hombre debería decir delante de una dama. —Me sale con un tono más remilgado del que pretendía, y Colt cambia de postura como si intentara aguantarse la risa.
—Fuera del dormitorio, al menos —murmura—. Bueno, Melanie, ya nos veremos.
Se da la vuelta y desaparece tan deprisa como ha llegado.
¿Se van a pasar todos por aquí a ver cómo voy, todo el santo día? A este paso no avanzo nada.
Lo siguiente es la sala de estar. Parece ser la que menos trabajo necesita.
Los estantes están completamente vacíos y solo piden una pasada rápida.
El televisor tiene una capa de polvo en el borde superior, pero, una vez limpio y con los cojines bien colocados, solo me queda pasar la aspiradora para acabar.
Estoy metiendo las sábanas en la secadora cuando la puerta principal vuelve a cerrarse de golpe. Asomo la cabeza por la esquina y veo que Scott ha vuelto.
—¿Te has ocupado de esa basura? —pregunto, arqueando las cejas.
—¿Basura? —Scott echa la cabeza hacia atrás, con el ceño fruncido de desconcierto. Es entonces cuando me doy cuenta de que no es Scott.
Uf. Me he equivocado de hermano.
—Pensaba que eras tu hermano —me corrijo rápidamente.
Asiente, y sus ojos oscuros me recorren el cuerpo con atención. Esta versión de Scott tiene menos chulería. Quizá, cuando se dividió el huevo, la fanfarronería y la arrogancia se repartieron de forma desigual.
—Soy Sawyer —dice—. He venido a prepararme un sándwich. —Recorre la cocina con la mirada, con unos ojos como platos que me dicen que le cuesta reconocer el sitio que dejó a primera hora del día. Es su titubeo lo que me hace dejar la colada.
—Puedo prepararte algo.
Sawyer no parece saber qué decir mientras yo localizo el frigorífico. Hay fiambre, queso y algo de verdura para ensalada. También hay pan en la encimera. Con esto me basta.
—No tienes por qué hacerlo —dice Sawyer al cabo.
—Me pagan por ello.
Paso a su lado sin detenerme y encuentro enseguida todo lo que necesito. Me observa con unos ojos físicamente idénticos a los de su hermano pero que, por algún motivo, transmiten sensibilidad en vez de oscuridad.
—Bueno, aquí dentro has obrado un milagro.
Se apoya en la encimera y me mira cortar gruesas rebanadas de pan y untarlas con una buena capa de mantequilla. El jamón huele de maravilla y me ruge el estómago.
—Por lo que oigo, deberías prepararte un sándwich también a ti —dice entre risas.
—Supongo que sí.
Cojo otro plato y termino de preparar los sándwiches. Cuando le tiendo el suyo, señala la larga mesa de madera.
—¿Te sientas conmigo?
—Claro.
Le damos un bocado a la vez y me busca la mirada mientras asiente con aprobación. Solo es un sándwich, pero las cosas hechas con cariño siempre saben mejor. Vamos, que no estoy enamorada de él, pero me encanta cuidar de la gente; de la gente amable y agradecida.
—Así que eres de la granja Cooper.
Asiento, porque qué más puedo decir.
—Siento mucho tu pérdida. Sé lo que es perder a los padres.
—No está siendo una buena época —admito, sorprendida de abrirme así con alguien a quien apenas conozco.
Hay algo bondadoso en sus ojos oscuros, una dulzura en su manera de mirarme que no consigo identificar del todo.
—Y no lo será, pero yo, por mi parte, me alegro de que Cash haya tenido la cabeza de traerte. Normalmente no vivimos como cerdos, pero con todo el trabajo que hay ahí fuera cuesta sacar fuerzas para lo de aquí dentro.
—Lo entiendo —digo—. Pero no sé cuánto tiempo me quedaré. He aceptado una semana de prueba.
Sawyer asiente.
—Espero que pasemos el examen —dice.
Tarda poco en engullirse la comida y en seguida se levanta a lavar el plato y las manos.
Me enternece que valore el trabajo que me he tomado limpiando la cocina y no quiera echarlo a perder con platos sucios desde el primer momento.
Lo recorro con la mirada, su cuerpo grande y masculino, y me detengo en la anchura de sus hombros y en el pelo al rape de la nuca.
Cuando se da la vuelta, sonríe de oreja a oreja y se le ve un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha a través de la barba corta, y es monísimo. Quiero decir, Sawyer mide más de un metro ochenta y es todo un hombre, pero tiene un aire juvenil que a su hosco hermano le falta.
—Gracias por esto. Nos vemos luego —dice mientras coge el sombrero y se calza las botas.
En la puerta se gira y titubea.
—Ah, y no le hagas caso a mi hermano. Siempre parece peor de lo que es.
No me da tiempo a contestar antes de que la puerta se cierre tras él.