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—Lo siento.
Me siento a toda prisa, agarro el borde de la manta y busco a tientas el asa de la bolsa. Con tan pocas posesiones, aferrarme a lo poco que tengo cobra una urgencia nueva.
—Me voy ahora mismo. No causaré problemas.
La expresión del hombre no cambia, salvo por un leve tic en la mandíbula. Con el sombrero calado hasta las cejas y el rostro en sombra, lo único que sé es que es uno de los trillizos Bradford, pero ¿cuál? ¿Qué más da? Solo tengo que salir de aquí antes de que llame a la policía.
Empiezo a enrollar la manta, concentrada en la tarea metódica de dejarla lo más pequeña posible. Espero que diga algo, que grite furioso que esta es su tierra, que me diga que no puedo volver, pero no dice nada. Y, sin embargo, el silencio se soporta peor.
Mi padre sí que era hablador. Le encantaba oírse hablar y adoraba sus historias, que repetía tantas veces que yo podía recitarlas palabra por palabra. Este hombre parece no tener voz.
Ya estoy de pie, metiendo la manta a presión en la boca de la bolsa, cuando habla.
—¿Eres Melanie?
Oh, esa voz. Es grave, con una ronquera que imagino fruto de gritar órdenes y beber demasiado whisky.
—Sí. Mira, ya sé que estoy aquí sin permiso. Sé que esto es tuyo, pero yo… solo quería pasar una noche más. Te prometo que ya me voy, ¿vale?
Alzo la vista hacia él. Su cuerpo, de más de un metro ochenta, parece aún más grande en este espacio tan estrecho. Asiente una sola vez y parpadea despacio, como si le diera vueltas a algún acertijo. Fuera hablan otros hombres, pero no consigo oír lo que dicen. Entonces se oye un grito:
—¡Cash! ¿Dónde demonios estás?
El hombre niega con la cabeza, sin apartar la atención de mí.
—¿Adónde vas ahora?
Miro el techo del granero e intento pensar en una buena mentira, pero tengo la mente embotada por la falta de sueño y por su presencia imponente. No se me ocurre nada creíble, así que me encojo de hombros.
—No es tu problema, ¿no?
Unos pasos se acercan por detrás del hombre que ahora supongo que es Cash.
—Ahí estás. ¿Qué haces…?
Se detiene en seco y nos mira alternativamente, sorprendido de encontrarme charlando con su hermano.
Incluso a primera vista, el parecido entre ellos resulta asombroso.
Bajo las alas de los sombreros se distinguen las mismas narices rectas y fuertes y los mismos labios carnosos.
Eso, y los ojos del color del acero pulido.
—Esta es Melanie —dice Cash—. Iba a preguntarle si busca trabajo. Nos vendría bien alguien que se encargue de la casa ahora que hemos adquirido más tierras.
—¿Quieres que venga a trabajar para nosotros?
Supongo que su hermano no está acostumbrado a que Cash tome decisiones unilaterales, y da igual, porque no puedo aceptar la oferta. Sería como trabajar para el diablo.
—No necesito tu compasión.
Enderezo los hombros y me yergo hasta alcanzar mi metro setenta y dos, agradecida de haber heredado la estatura de la familia de mi madre.
—Eres tú quien debería compadecerse de nosotros —dice el hermano de Cash con un brillo en los ojos—. Nos quedan las últimas camisas limpias y la última ropa interior. Hay más platos en el fregadero que en los armarios y hace más de un mes que nadie pasa la aspiradora.
Cash vuelve a negar con la cabeza. Su hermano ha contado más de lo que él quería soltar.
Tengo la clara impresión de que a Cash le gusta aparentar que lo tiene todo bajo control.
Es el cisne que se desliza por la superficie del agua mientras debajo patalea como un loco.
Su hermano, en cambio, no tiene reparos en mostrar su lado humano.
—Pagamos un sueldo justo y tendrás alojamiento y comida incluidos.
—No soy limpiadora —digo—. Sé trabajar la tierra. Sé cuidar del ganado. Conozco este negocio.
Más pasos se acercan por detrás.
—¿Qué demonios pasa aquí dentro? ¿Cuántos hombres hacen falta para inspeccionar un granero?
El tercer trillizo aparece junto a sus hermanos, con unos vaqueros de tiro bajo y una camisa cuyo bolsillo cuelga medio arrancado.
Está masticando algo, quizá chicle o quizá tabaco.
No habría imaginado que estos chicos fueran rancheros tradicionales, de los que siguen las viejas costumbres del Oeste, pero tal vez lo sean.
—Vaya, no recuerdo que ayer pujáramos por una mujer guapa en la subasta.
—¿A lo mejor la incluían en el lote de la granja? —dice el otro hermano.
Me da vueltas la cabeza con la imagen de tres hombres casi idénticos, como si estuviera borracha y la figura de uno solo se multiplicara.
Cash frunce el ceño.
—Perdona a mis hermanos, Melanie.
—Cary.
El hermano del bolsillo roto me tiende la mano. La miro, sorprendida, y luego libero la derecha para no dejarlo con la mano en el aire.
—Colt —dice el otro hermano, y hace lo mismo—. Y esta versión malhumorada de mí es Cash.
Se ríe de su propia ocurrencia, pero sin fanfarronería. Hay una ligereza en sus ojos que hace que todo parezca más fácil. Se vuelve hacia Cary.
—Cash está pujando por la mujer guapa. Negocia duro.
—Lo que te haya ofrecido, duplícaselo —dice Cary—. Y ¿nos vamos ya? Vamos a llegar tarde.
Cash alarga la mano para cogerme la bolsa con gesto caballeroso, pero me niego. No he aceptado nada y estos hombres ya dan por hecho que soy suya, parte del lote.
—No he dicho que sí —les recuerdo.
Colt se vuelve desde la puerta del granero.
—Pero lo dirás.
Me guiña un ojo, se lleva dos dedos al ala del sombrero y desaparece por donde ha venido.
—Una semana —digo, sosteniéndole a Cash la mirada gris metálica—. Y si no funciona, me iré. Sin garantías.
Asiente, y siento que entre nosotros existe cierto respeto mutuo.
Sigo a Cash fuera del granero, parpadeando y entrecerrando los ojos ante el sol feroz de la mañana. La casa me atrae como un imán y me quedo mirando sus ventanas a oscuras, recordando el olor de los panecillos de mamá y del pan recién hecho que solía hornear.
Cuando vuelvo la vista hacia los Bradford, que ya están subíendose a su enorme camioneta, me doy cuenta de que Cash me observa con atención.
Quizá me he imaginado lo del respeto. A lo mejor esta oferta de trabajo tiene que ver con salvar las apariencias.
¿Qué imagen daría que una chica joven durmiera a la intemperie en el pueblo por culpa de la estrategia de adquisiciones de los Bradford? Nada buena.
Subirme al asiento trasero resulta extraño. ¿Es esto lo que sienten los delincuentes cuando se los llevan en un coche de policía? Sé que voy con ellos por voluntad propia, pero ¿hasta qué punto es libre mi voluntad cuando tengo tan pocas alternativas?
Nunca había pisado la propiedad de Hard Valley.
El cartel de la cancela es nuevo y reluciente y, al acercarnos a la casa principal, su preciosa fachada encalada me deja impresionada.
Es enorme: al menos el doble de grande que la que era mía.
No me extraña que no den abasto con las tareas, con tanta casa y tanta tierra que atender.
—Ya hemos llegado —dice Cary, girándose para dedicarme una enorme sonrisa de dientes blanquísimos—. Seguimos llamándola la Casa Flint, aunque ya no tenga nada de pedernal.
—Yo me encargo de instalar a Melanie. Vosotros seguid con lo vuestro —dice Cash. Es una orden en toda regla.
Colt y Cary intercambian una mirada, pero no contradicen a su hermano trillizo, así que acabo siguiendo solo a Cash al interior de una casa desconocida.
Cuando la puerta principal se cierra a mi espalda, me doy cuenta de que nadie sabe dónde estoy. Estos hombres podrían ser asesinos en serie decididos a tenerme encerrada en su sótano. Podrían tener deseos extraños y querer que yo los satisfaga. ¿Y si mi papá tenía razón después de todo?
Me tranquiliza descubrir que, aunque le hace falta un buen fregado, la cocina es luminosa, nueva y acogedora, nada siniestra.
Los armarios son de una preciosa madera cálida y el suelo, de unas baldosas oscuras que a mí sí me parecen bastante de pedernal.
Hay un perro durmiendo en un rincón. Me observa con un ojo entreabierto y luego se incorpora despacio, sin prisa.
—Ese es Big Boy —dice Cash—. Lleva años con nosotros. Ya es demasiado viejo para moverse mucho.
Me agacho cuando Big Boy se acerca arrastrando las patas para olisquearme.
Es alto, de pelaje marrón, y en sus buenos tiempos debió de ser fuerte.
Ahora me hunde el hocico en la mano y sus ojos húmedos, color chocolate, calibran si soy buena o mala persona.
Supongo que paso el examen, porque emite un pequeño gemido y se deja caer a mis pies, rodando para que pueda acariciarle la barriga.
Cash observa todo con una expresión que no revela absolutamente nada. Me gusta pensar que está impresionado por mi habilidad para congeniar con los perros. Quizá deja que Big Boy decida en quién se puede confiar. El vínculo entre el hombre y el perro puede ser muy complejo.
—Te enseñaré la habitación de invitados —dice Cash, que ya enfila derecho hacia la puerta del pasillo.
—Hasta luego, Big Boy —susurro mientras le alboroto el pelaje de la cabeza.
Como respuesta, recibo un gemido reconfortante y un cansado movimiento de la cola.
El pasillo es sencillo, con el suelo de madera oscura y las paredes pintadas de crema, pero no hay cuadros ni muebles. Los laterales de la escalera están cubiertos de polvo y el centro, desgastado. Podría ser bonito, pero le faltan esas cosas que convierten una casa en un hogar.
Cash sube las escaleras delante de mí con paso pesado y no puedo evitar fijarme en sus musculosos muslos y en su firme trasero redondeado.
No hay nada en este hombre que no transmita solidez y fuerza.
Sacudo la cabeza, desconcertada por mis propias observaciones sobre el cuerpo de este desconocido.
No es posible que mirar a Cash me haga sentir tan acalorada y turbada.
Si hiciera caso a mi papá, ningún hombre me provocaría jamás estas sensaciones.
En lo alto de la escalera hay muchas puertas abiertas. La habitación del final del pasillo está cerrada; Cash se dirige hacia ella, gira el pomo y echa un vistazo al interior antes de cruzar el umbral.
—Hay que cambiar las sábanas. Y hace falta una buena limpieza. Aquí no entra nadie desde hace meses.
Entro tras él y echo un vistazo al sitio donde voy a quedarme. Es bonito, pero todas las superficies están cubiertas por una capa de polvo tan gruesa que se podría escribir sobre ella. Voy a tener trabajo de sobra solo para hacer habitable esta habitación. Del resto de la casa, ni hablemos.
—Ahora tengo que irme —dice Cash—. En el cuarto de la colada encontrarás los productos de limpieza. La aspiradora, la fregona y la escoba también están allí. Si necesitas algo, te dejo mi número en la mesa de la cocina. Llámame, ¿de acuerdo?
Asiente una vez, con sequedad, y me deja ahí de pie, en el que ahora es mi hogar.
Hogar. ¿Sentiré eso algún día por algún sitio que no sea mi granja?
No tengo ni idea, pero al menos esta noche tendré una cama blanda donde descansar. Desde luego, es mejor que el suelo de un granero cubierto de paja.
Supongo que «tomar cada día como venga» tendrá que ser mi nuevo mantra.
Ahora vivo con los despiadados hermanos Bradford. ¿Qué pensarían mi mamá y mi papá de todo esto?
Supongo que tendré que acostumbrarme a dormir con un ojo abierto. Creo que fue Shakespeare quien dijo: «El cielo está vacío; todos los demonios están aquí». Bueno, pues ahora tengo cinco con los que lidiar.
Si creen que voy a dejarme pisotear, se van a llevar una buena sorpresa.