CINCO DUROS (Amor múltiple nº 3)
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Estoy al fondo de la sala de subastas, con el corazón desbocado y las palmas sudorosas.
Me siento como pez fuera del agua y, la verdad, no sé muy bien qué hago aquí.
El banco me ha dicho que el precio que probablemente alcance mi granja no bastará para cubrir lo que le debo.
No tengo ningún interés material en lo que pase ahora; solo uno emocional.
Papá tenía un grave problema con el juego que logró ocultarnos hasta el final. Desde que lo enterramos, no he hecho otra cosa que poner orden en el desastre que dejó.
Primero se vendió todo el ganado. Nuestros trabajadores se marcharon hace semanas y encontraron trabajo en las fincas vecinas. Lloré cuando vendieron los caballos. Para mí eran mucho más que animales de trabajo, y se me partió el corazón al despedirme de ellos.
Ahora solo queda la tierra.
Esta última transacción pondrá fin a mi vínculo con el lugar donde he pasado toda la vida, y marcharme sin ver quién compra mi granja sería como fallarle.
La subasta está llena de hombres con vaqueros gastados y botas de trabajo embarradas. Desde aquí es difícil distinguir quién es quién: solo veo una masa de hombros anchos y sombreros de ala ancha. Esperan la oportunidad de hacerse con mi hogar a precio de saldo, y eso me revuelve el estómago.
Algunos de estos hombres apostaron con mi padre. Algunos son responsables de la pérdida de la tierra que mi familia ha poseído durante generaciones. Y algunos sacarán ahora provecho de su debilidad.
Me apoyo en la pared mientras la inmensidad de la pérdida me arrasa como una crecida tras las lluvias de otoño.
El subastador lee el título de mi propiedad y la sala se queda en silencio.
Al principio las pujas van rápidas, pero, en cuanto queda claro quién va en serio, la gente empieza a retirarse.
No necesito verles la cara para saber quién quiere mi tierra.
Mis vecinos, los hermanos Bradford, llevan años expandiéndose poco a poco desde que compraron la vieja granja Flint hace ocho años.
Al principio nadie los tomaba en serio: según los rancheros veteranos de la zona, eran demasiado jóvenes e inexpertos.
Parece que esos viejos rancheros se precipitaron al juzgarlos.
El rancho de los Bradford, llamado Hard Valley, está formado ya por tres propiedades, y parece que mi granja será la cuarta.
Las pujas se frenan cuando el último competidor niega con la cabeza. El precio es más bajo de lo que esperaba y, una vez que el banco se cobre lo suyo, de verdad no me quedará nada.
Jamás imaginé que acabaría sin hogar. Tener tierras parece algo seguro, y podría haberlo sido. En mis manos, la granja habría prosperado. Nunca lo habría arriesgado todo como hizo mi padre, porque quiero demasiado esta forma de vida.
Y ahora tengo que dejarlo todo atrás.
Debería haber hecho planes, pero algo me ha impedido imaginarme una vida lejos de aquí.
Soy como un árbol arrancado de la tierra, con las raíces colgando al aire, sin saber cómo sostenerme.
Planear una vida fuera de la granja me parecía rendirme.
No soy ninguna soñadora, pero había un rincón diminuto y esperanzado de mi corazón que imaginaba a un caballero en un caballo blanco alzándome en brazos y partiendo al galope para salvar mi granja.
Qué tonta.
Los caballeros solo existen en los cuentos de hadas. No me queda dinero en el banco. Solo tengo ropa, artículos de aseo y unos sándwiches que preparé para mi viaje a ninguna parte.
—Vendido —anuncia el subastador.
Uno de los hermanos Bradford, el que se ha encargado de las pujas, asiente una sola vez. No celebran su triunfo. Van sin más a donde hay que hacer el papeleo y, cuando terminan, se dan la vuelta para irse.
Los veo avanzar hacia la puerta. No hay chulería en su forma de andar, solo un aire relajado que grita aplomo masculino. Trillizos y gemelos: hay algo extraño en lo parecidos que son al moverse, en cómo recorren la multitud con la mirada, en cómo sus ojos acaban posándose en mí.
Dios mío. Saben quién soy, y al instante las lágrimas me arden en la garganta.
Quiero gritarles por haberme robado mi hogar.
Todos mis recuerdos, los buenos y los malos, tienen allí sus raíces.
Cada esperanza y cada sueño nacieron en aquella tierra.
Quiero gritar, pero no puedo, porque no es culpa suya.
No son malos hombres, solo hombres que estaban en el lugar adecuado en el momento adecuado para sacar provecho de mi desgracia.
Aparto la cara y rebusco en el bolso algo imaginario, distracción suficiente para que pasen de largo sin hacer ningún comentario.
No sé qué imagino que podrían querer decirme.
¿Lo siento? Sonaría a disculpa hueca, dadas las circunstancias.
No nos conocemos lo bastante para hablar de cosas como mis planes de futuro.
Papá no quería que me relacionara con rancheros.
Me contaba historias de lo repugnantes que podían llegar a ser: perseguían mujeres, se peleaban, apostaban y pagaban por favores que una chica como yo no tiene por qué conocer.
Espero diez minutos más antes de irme de la subasta y, al salir al sol de la tarde, me siento extrañamente ligera. No es una sensación agradable.
Todos necesitamos algo que nos ancle al suelo: familia, amigos, un lugar al que pertenecer.
Yo solo tenía a papá y a los hombres en los que él confiaba para trabajar nuestra granja, pero ya no.
Ahora voy a la deriva. El mundo se ha abierto ante mí, pero no me resulta emocionante.
Es demasiado grande y abrumador, y yo soy demasiado pequeña y he vivido demasiado protegida.
Al final de Main Street hay una plaza con bancos; me siento en uno y saco los sándwiches envueltos.
Comer me distrae y me da una excusa para quedarme por allí.
La gente pasa, absorta en su propia vida, haciendo recados: comprar comida o ropa, o quizá arreglar alguna herramienta.
Tal vez van al restaurante a por una hamburguesa deliciosa, como las que papá me compraba cada año por mi cumpleaños.
Veo a Amber Davis con su madre. Jugábamos juntas de niñas, cuando mi madre aún vivía.
Amber ha cambiado muchísimo. Ya no viste los vaqueros y las camisetas heredados de sus hermanos.
El vestido de flores que lleva ondea con la brisa y sus rizos dorados rebotan a cada paso.
No me ve o, si me ve, no me reconoce. Mejor así.
Lo último que quiero hoy es explicar mi situación, y menos aún a Amber.
Quizá los Davis me darían un techo por una lealtad hacia mi madre olvidada hace mucho, pero no querría eso.
Después de devorar el sándwich, sigo sentada en el banco hasta que empieza a anochecer y no me queda más remedio que hacer planes.
Pero ¿cuáles?
¿Dormir al raso, en este banco?
¿Buscar otro sitio? ¿Un portal de Main Street o la marquesina del autobús?
Dentro de esta ropa de trabajo holgada me siento vulnerable. Puede que sepa cargar fardos y manejar caballos rebeldes, pero ahí fuera, en el mundo, solo soy una chica que no sabe cómo funciona nada.
Mi mente vuelve a la granja. La casa, ahora cerrada y con la llave ya entregada, era preciosa cuando estaba bien cuidada.
Mamá tenía un pequeño huerto a un lado, donde cultivaba frutas y verduras.
Intenté mantenerlo, pero siempre había muchísimo que hacer.
El granero era mi lugar favorito para pasar el rato: cálido, cómodo, con un olor que me resultaba familiar.
Sé que no debería, pero volver allí es lo único que se me ocurre.
Solo será por esta noche. No creo que a los hermanos Bradford les corra prisa ir a inspeccionar lo que acaban de comprar.
Estaré allanando una propiedad, pero supongo que, en cierto modo, hasta hoy la casa seguía siendo mía.
Será solo una noche más para despedirme.
Recojo mis cosas y salgo del pueblo. En coche se llega a la granja en un momento, pero a pie tardo más de una hora.
Me adelantan unas cuantas camionetas y cada vez se me acelera el corazón y bajo la cabeza, agradecida de llevar la gorra de béisbol para esconderme.
Incluso me meto el pelo por dentro de la camisa, para que no se note tanto que soy una mujer.
Cooper’s Cottage lleva solo unas horas vacía, pero ya parece venirse abajo, como si la hubieran tenido abandonada años. Y hay un silencio enorme: ni un ruido de animales, salvo el canto esporádico de algún pájaro que pasa volando.
El sol se pone en el horizonte cuando descorro el pestillo de la puerta del granero y respiro ese olor que para mí es el de casa.
Busco mi rincón favorito, el que era mi sitio de niña para jugar con las muñecas.
Me gustaba más que ninguno porque por una rendija de la madera veía la casa y oía a mamá cuando me llamaba para cenar.
Cuando cae la noche, la luz se va escurriendo del granero hasta que todo se queda negro como la boca de un lobo.
Saco de la bolsa el abrigo gordo y una manta que he logrado enrollar lo justo para poder cargar con ella.
Me pongo la bolsa de almohada y cierro los ojos; intento pensar en sitios nuevos que he visto por la televisión, sitios a los que ya puedo ir ahora que nada me ata aquí.
Pero todo se me tiñe de gris en cuanto la soledad se cuela en ese intento de esperanza y optimismo.
El desasosiego me mantiene en vela hasta que, muerta de cansancio, acabo quedándome dormida.
Me despierto de cara al rincón, hecha un ovillo de lado, como protegiéndome.
La primera vez que respiro conscientemente me sale un silbido.
Será el polvo de la paja, o el frío. No quiero caer enferma sin un sitio cómodo donde descansar y recuperarme.
Solo al darme la vuelta para estirarme descubro qué me ha despertado.
Hay un hombre de pie, cerniéndose sobre mí.
Un hombre enorme, con los ojos grises más severos que he visto en mi vida.