Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 26
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Capítulo 26

Jordan

La citación llega por correo certificado mientras estoy preparando el desayuno. Abro el sobre de pie en la cocina y compruebo la fecha dos veces.

Dentro de dos semanas.

Noa aparece con la mochila del gimnasio al hombro y se detiene al verme.

—¿Ha llegado? —pregunta.

Le paso la carta, la lee sin quitarse la mochila del hombro.

—¿Qué necesitas?

—Nada, lo tengo todo…

Me callo antes de terminar. Noa alza las cejas y espera.

—No lo sé —admito con un largo suspiro—. Ahora mismo, no lo sé.

Deja la mochila en el suelo.

—Pues me siento a desayunar contigo hasta que lo sepas, y luego vemos un documental de crímenes. Tengo tiempo, estoy de vacaciones —me recuerda, acercándose a mí para colocar su frente sobre la mía.

***

Beth me llama esa tarde.

—¿Cómo estás?

Le explico qué documentos faltan y cuánto tiempo queda para la audiencia.

—Jordan, te he preguntado cómo estás —insiste.

Dejo una de las hojas sobre la mesa y aliso la esquina con el pulgar.

—Asustada —reconozco.

Mi hermana se queda callada un instante.

—Vale. Eso ya se parece más a una respuesta.

Hablamos un rato. No consigue quitarme el miedo, pero tampoco intenta hacerlo. Solo me recuerda que está ahí para cualquier cosa que necesite y que salga de casa, aunque solo sea para comprar el pan, pero que no me encierre hasta la audiencia.

***

La noche antes de la audiencia me siento con Noa en el sofá.

—Luego te quejas de que no duermes bien —dice, quitándome de la mano una taza de café.

La deja sobre la mesa y se acomoda a mi lado.

—Hay una cosa que quiero contarte antes de mañana —empiezo.

Le hablo de los días que pasaron después de llevarla a casa, cuando ya sabía lo que sentía por ella, pero todavía no había hablado con Tessa. De los mensajes que escribí y no envié. De cómo la veía en la cafetería y buscaba cualquier excusa para no acercarme.

—Tardé cuatro días en pedir ayuda. Sabía que tenía que hacerlo y seguía diciéndome a mí misma que al día siguiente sería más fácil.

Noa coge mi mano entre las suyas y la aprieta.

—¿Por eso estabas tan rara conmigo? Ya no venías a ver los entrenamientos.

—Sí. No habías hecho nada, fui yo la que empezó a evitarte porque estaba asustada de mis propios sentimientos. Luego te cité para decirte que me apartaba del programa porque prefería hacerlo en persona.

—Lo recuerdo bastante bien —responde—. Te di una oportunidad para que lo admitieses, porque yo sentía lo mismo.

—También fui a la cafetería de Ballard un sábado y me senté enfrente solo por ver si aparecías —confieso.

—¿En serio?

—En serio. Ni siquiera entré. Supongo que así podía seguir fingiendo que solo había salido a dar un paseo.

Noa me coge las gafas y las deja junto a la taza.

—Gracias por contármelo.

—No sé qué van a decidir mañana. Podría… podría perder la licencia si las cosas salen mal.

Me acaricia el antebrazo con el pulgar, sobre las letras del tatuaje.

—¿Quieres que te lleve?

Estoy a punto de decir que no hace falta. Por suerte, esta vez me doy cuenta.

—Sí. Y me gustaría que estuvieses allí cuando salga. Creo que necesitaré que me abraces, sea cual sea el resultado —admito.

***

Llegamos con veinte minutos de antelación. Noa aparca junto a la entrada y me recuerda que tiene el teléfono encendido por si necesito algo antes de que me baje.

Mientras espero a que me llamen, recibo un mensaje de Iris y eso que ella nunca suele escribir ni una coma.

Buah, bruja, tú tranquila. Si necesitas que vaya a explicarles lo buena que eres, me dices. O a quemarles la sede. Lo que haga falta. Estoy fuera con Noa. Han venido también Zoe y Jade. Ahora llegan varias más del equipo. Bueno. Eso. Suerte.

Sonrío. Prefiero no imaginármela entrando en esa sala.

Al otro lado de la mesa hay cinco personas y en mi sitio una pequeña botella de agua. La abro y me sirvo un vaso. No es que tenga sed, pero necesito hacer algo con las manos.

Primero repasamos las fechas. Mi intervención durante la crisis, la recusación, la derivación a la doctora Osei y la salida del club. Después me preguntan cuándo empezó nuestra relación.

Contesto sin intentar que las respuestas suenen más bonitas de lo que son. Yo sé que lo hice todo bien. Solo espero que la junta también lo entienda así.

La mujer que preside la reunión se encoge de hombros, revisa una vez más el expediente y le dice algo en voz baja al hombre que tiene a su lado. Luego me mira.

—La verdad es que no entiendo a qué viene la denuncia anónima que hemos recibido. Toda la documentación confirma que en ningún momento hubo nada que rompiese las reglas de la ética, ni siquiera que las bordease.

Se extiende un poco más diciendo que mi salida del club fue antes de haber nada con Noa y que en ese momento ni siquiera hubiese sido necesaria, aunque ahora ayuda.

—La denuncia queda archivada, sin sanción.

—¿Sin sanción? —repito.

—Sin sanción, doctora Hayes. La resolución se enviará por escrito.

Asiento casi sin saber cómo reaccionar. Me había preparado para explicar cada fecha, cada conversación, hasta por qué tardé unos días en hablar con Tessa. Ahora no sé qué hacer con todo lo que todavía tengo en la cabeza.

—Gracias —digo antes de levantarme.

***

Las veo a través de las puertas de cristal.

Iris mueve tanto los brazos al hablar que Zoe tiene que apartarse un poco. Jade mira hacia la entrada. Hay varias más detrás, junto a Hades y Mireya, que balancea un cochecito de bebé.

Noa viene corriendo hacia mí, aunque se detiene antes de tocarme.

—¿Qué te han dicho?

—Todo archivado. Sin sanción —suspiro.

Cierra los ojos y suelta el aire despacio. Luego me abraza y siento sus lágrimas en mis mejillas.

—Se acabó. Por fin se acabó —me dice al oído.

—Buah, bruja, menos mal —escucho a Iris—. Porque lo de quemarles la sede era una forma de hablar, que luego todo se sabe.

Nos reímos sin separarnos y cuando levanto la vista, veo a Iris con los brazos abiertos.

—Ahora yo —dice, abrazándonos a las dos.

Tessa me acaricia la espalda. Zoe me besa en la mejilla y las demás se van acercando, algunas preguntan, otras solo me abrazan. No consigo contestar demasiado.

Mireya se queda junto al cochecito.

—Yo te abrazo ahora, que acaba de dormirse y nos ha costado un montón —dice a modo de disculpa.

Me acerco a ella. La niña tiene un puño apoyado junto a la cara y la boca entreabierta. La manta se le ha resbalado un poco y tiro de ella para cubrirle el hombro.

—Nunca quiere dormirse si está Iris cerca, no sé por qué será —se queja Hades.

—Buah, qué vida, ¿eh? Come, duerme, vuelve a comer…

—Shh, habla más bajo, que la vas a despertar —susurra Mireya.

***

En el coche llamo a Beth antes incluso de que Noa arranque.

—Lo han archivado —anuncio a modo de saludo.

Mi hermana se queda callada.

—¿Beth?

—Te he oído, solo estoy intentando no llorar en el trabajo.

—Pues yo no he parado de llorar desde que salí —admito.

Se ríe y me pide que la llame por la noche, cuando pueda contárselo todo con detalle. Antes de colgar, me dice que le pase a Noa un momento y le hace prometer que me obligará a comer bien.

—Por cierto, mientras esperaba recibí un correo del club sobre el apartamento de Belltown —me dice, soltando la mano derecha del volante para coger la mía cuando paramos en un semáforo—. Les he dicho que no renueven el alquiler.

Por un instante me preocupo.

—Me quedan varios años de contrato, Jordan. No estoy de paso —añade al arrancar de nuevo—. Y estoy muy a gusto aquí. En el equipo, en Seattle… contigo.

—¿Te mudas definitivamente a mi casa?

—En la práctica ya lo he hecho y alguien tiene que asegurarse de que comas bien —responde con un guiño de ojo.

***

Esa noche ponemos un documental de crímenes. No llevamos ni cinco minutos cuando Noa señala a una mujer que acaba de aparecer en pantalla.

—Es la hermana. La asesina. Estoy segura —dice, señalando hacia la pantalla con el dedo índice.

Cojo la libreta negra de la mesa y apunto el título.

—¿Cuántas llevo acertadas? —pregunta, inclinándose para mirar—. ¿Una de quince?

—Una de dieciséis. Y te recuerdo que la que acertaste interrumpió nuestra primera vez. Eso sí que fue puntería —bromeo, acercándome para besarla.

—No me puedo creer que apuntes esas cosas. Tienes demasiado tiempo libre.

—Todavía te debo una cita en el Space Needle —le recuerdo—. ¿Qué tal el sábado? Pero esta vez subimos.

—¿Ya tienes las entradas?

—Todavía no.

—Guau. Sí que estás cambiando —murmura mientras tira de mi camiseta hacia arriba.

—Las pienso imprimir y grapar —le aseguro con un suspiro al sentir sus pulgares rozando mis pechos.

—No esperaba menos de ti —ironiza.

En el documental, la hermana comienza a explicar dónde estaba la noche del asesinato y Noa desvía la mirada, dispuesta a recordarme su teoría.

Apago la televisión.