Capítulo 23
Noa
Por la mañana, Jordan está en la cocina con el teléfono en la mano y el café casi sin tocar. Lleva una chaqueta que no suele ponerse para trabajar y se ha recogido el pelo con más cuidado de lo habitual.
—Tengo una reunión —aclara mientras guarda el móvil en el bolso.
—¿Hoy?
—Sí. Es un trámite rápido, nada importante. Llegaré a tiempo al partido, no te preocupes.
Lo dice mirando dentro del bolso, como si estuviese buscando algo.
—¿Qué tal con Callum? Ayer estaba dormida cuando llegaste —pregunta.
—Bien. Creo que le ha sentado bien venir. Y a mí también, incluso hemos estado hablando de mi padre. ¿Estás nerviosa por algo? —pregunto al ver que no para quieta.
—No. Voy un poco justa de tiempo, quizá nerviosa por tu partido —añade con un guiño de ojo.
Me acerco para despedirme y me coge la cara con las dos manos antes de besarme. Se queda así un instante, mirándome.
—Que te vaya muy bien hoy. Vais a ganar.
—A ti también con ese trámite tan poco importante.
Cuando se marcha, recojo el desayuno y, al dejar su taza en el fregadero, me doy cuenta de que apenas ha bebido.
Me molesta que no me cuente lo que le ocurre, porque estoy bastante segura de que algo le ocurre. Pero no voy a resolverlo mandándole ahora tres mensajes antes de que llegue a su reunión. Esta noche lo hablaremos.
Ahora debo concentrarme en una semifinal.
***
Paso a buscar a Callum poco después de mediodía. Me espera en el portal con la camiseta verde y una bolsa de patatas en la mano. Le robo una antes de arrancar.
Al llegar, se queda mirando el estadio.
—En la televisión parece más pequeño.
—Sí, eso dicen todas las personas que vienen por primera vez.
Le explico por dónde tiene que entrar y le recuerdo que se sentará con Mireya. Ya se lo he dicho durante el trayecto, pero parece haber olvidado todo menos que Jordan vendrá un poco más tarde.
Le abrazo antes de separarnos y él me da dos palmadas en la espalda, un poco torpes.
—No te voy a mandar un análisis cuando acabes.
—Eres idiota —mascullo entre dientes mientras pongo los ojos en blanco.
En el vestuario, Iris busca una media que lleva en la mano, aunque, según me dice Tina, eso es buena señal.
—Buah, Inglesa, no te rías, que hoy estoy muy concentrada —protesta—. Ha venido tu hermano, ¿no? Luego me lo presentas.
Todo es bastante parecido a cualquier otro partido hasta que salimos a calentar. Entonces veo las gradas llenas, escucho mi nombre, y noto una pequeña opresión en el pecho.
No mucho, pero lo suficiente para reconocerlo.
Pienso en si Jordan llegará y en si mi padre lo estará viendo por la televisión.
Busco cinco cosas. La red de la portería. El banderín del córner. Zoe, que está gritándole algo a Iris. El marcador, todavía a cero porque no hemos empezado. Una botella de agua junto al banquillo.
Después noto la hierba bajo mis pies, la tela de la media contra la rodilla, el balón. Sigo con lo que oigo.
No se me pasa de golpe, pero tampoco sigue creciendo.
—¿Todo bien? —pregunta Zoe al pasar.
—Sí, sí, tranquila. Muchas ganas de que empiece, eso es todo —disimulo.
Me observa un instante y luego señala hacia Iris.
—Pues vamos, que esa ya está pidiendo balones.
El partido empieza bastante peor de lo que nos gustaría. Nos presionan arriba, cierran mi banda con dos jugadoras y cada vez que recibo tengo a una de ellas encima. En el minuto veinte encajamos un gol de córner después de un despeje que se queda corto.
Iris recoge el balón de la portería y lo lleva hacia el centro del campo sin decir nada y eso es suficiente como para saber que está muy enfadada.
Intentamos empatar antes del descanso, aunque llegamos al vestuario con el uno a cero y las camisetas pegadas al cuerpo por el sudor.
Hades nos deja beber agua antes de empezar a hablar y la bronca es de las peores de la temporada.
Iris se sienta a mi lado y me da un golpe con la rodilla.
—Tú dámela una vez en condiciones y yo me arreglo.
—Te la he dado dos veces en condiciones.
—Bueno, pues a la tercera va la vencida. Eso dicen, ¿no? No vamos a discutir ahora por las estadísticas, me la pasas otra vez en condiciones y tan amigas.
En la segunda parte empiezo a moverme más por dentro. Recibo, devuelvo, vuelvo a ofrecerme. No todas las jugadas salen bien, pero al menos dejamos de hacer lo mismo una y otra vez y cambiamos el esquema táctico, tal como nos pidió Hades.
El empate llega en el minuto cincuenta y dos. Natalia entra por la otra banda, cruza un disparo y la portera consigue rechazarlo a duras penas. El balón cae cerca del área pequeña y llego antes que la defensa.
Lo empujo casi sin colocar el pie y durante un segundo, no estoy segura de si ha entrado. Luego escucho la grada y veo a Iris venir hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Buah, Inglesa, menos mal! —me grita al oído cuando me abraza—. Ya me estaba poniendo nerviosa.
—Pues no se te notaba nada —ironizo.
—Ya lo sé, es porque tengo mucho autocontrol —responde, aunque no tengo claro si me lo dice en serio o en broma.
Tras el gol del empate, empiezan a dejar más espacio y lo aprovechamos, aunque nos llevamos un buen susto en un contragolpe que nuestra portera saca con el pie. Zoe nos grita que no nos volvamos locas y señala el reloj. Queda tiempo.
En el minuto setenta y nueve, un despeje corto termina en sus botas. Levanto la mano antes de que controle y me manda el balón hacia la izquierda.
La lateral sale a buscarme. Esta vez no tiene a la otra defensa tan cerca y puedo correr.
Doy el primer toque largo, gano espacio y levanto la cabeza. Iris entra por el centro, pero hay una defensora cerrándole el pase. La portera está un poco adelantada.
Puedo intentarlo.
Hace tan solo unos meses habría pensado primero en lo que me diría mi padre si fallaba. Le habría pasado el balón a Iris, un buen pase, y si ella no lo aprovechaba, mi padre no me corregiría. Hoy veo a la portera adelantada y disparo desde lejos.
El balón entra por el segundo palo.
Iris llega tan deprisa que casi me tira al suelo. Después aparecen Natalia, Jade y no sé cuántas más. Me cuesta respirar entre tantos brazos.
Los últimos minutos se nos hacen larguísimos. Defendemos más atrás de lo que me gustaría, despejo un balón que seguramente podía haber jugado, pero se han volcado en el ataque y debemos mantener el resultado.
Cuando escucho el pitido final, me dejo caer de rodillas. Iris se tumba en la hierba con los brazos abiertos y Zoe nos recuerda que debemos saludar a las jugadoras del otro equipo.
Todas tenemos una sonrisa tonta dibujada en la cara. Estamos en la final.
En la zona mixta me preguntan por los goles y la remontada. Contesto lo de siempre hasta que una periodista quiere saber qué ha cambiado en los últimos partidos.
—Estoy más tranquila —digo después de pensarlo un poco—. Creo que eso se nota cuando juego.
No es una respuesta especialmente brillante, pero es verdad.
Cuando salgo, Jordan está junto a las familias. Lleva la chaqueta de esta mañana y tiene las manos metidas en los bolsillos. En cuanto me ve, sonríe.
—Llegué al descanso. Se alargó más de lo que pensaba, lo siento. De todos modos, tu hermano me contó la primera parte con todo detalle.
Callum está unos metros más allá, hablando con Mireya y mueve los brazos mientras explica alguna jugada.
—Te avisé de que habla mucho de fútbol.
—Creo que hoy tiene motivos para estar orgulloso de su hermana —dice mientras acaricia con suavidad mi brazo izquierdo.
Quiero abrazarla, pero hay demasiada gente alrededor y todavía nos queda un partido. Nunca me había molestado tanto nuestro acuerdo.
—¿Qué tal ha ido la reunión?
—Luego te cuento. Ahora hay que celebrar que estáis en la final —dice sin más.