Capítulo 22
Noa
Callum se planta en Seattle con una bolsa de fin de semana y sin avisar a nadie. Ni siquiera a mí. Me llama desde el aeropuerto para preguntarme cómo llegar a mi apartamento, como si fuese algo normal cruzar el Atlántico y acordarse de tu hermana cuando ya solo necesitas que te abra la puerta.
—He venido a verte jugar las semifinales. Son mañana, ¿no? —dice sin más cuando voy a buscarle.
Pone la misma cara de cuando era pequeño, cuando hacía algo que le apetecía mucho y luego pensaba que quizá no había sido una buena idea.
—¿Desde aquí se ve el mar? —pregunta tras dejar la bolsa en el dormitorio de mi piso de Belltown.
—Un trozo de la bahía. Tienes que pegarte bien al cristal y mirar hacia la derecha.
Lo hace, con una mano apoyada en la pared, y se queda un rato callado.
—Está bien el piso.
—Me lo puso el club. Casi no vengo por aquí ya, así que puedes quedarte en él el tiempo que quieras. Como si estuvieses en casa.
—¿Vives con Jordan? ¿Voy a conocer a mi futura cuñada? —pregunta alzando las cejas.
Cenamos algo que pido a domicilio. En la nevera solo hay una botella de agua y dos yogures que no me atrevo a abrir porque tendría que haberlos tirado hace semanas.
Me cuenta el viaje, se queja de un niño que pasó medio vuelo dándole patadas al respaldo y me pregunta varias cosas sobre las Seattle Emeralds.
A las diez y media le digo que me voy a casa de Jordan porque quiero acostarme pronto. Mañana es la semifinal y no me conviene cambiar la rutina. En vez de eso, Callum encuentra un balón en el fondo del armario y lo levanta con las dos manos.
—¿Bajamos un rato a ese parque de ahí abajo?
—Mañana juego —le recuerdo.
—No te voy a lesionar. He venido a verte, no a acabar con tu carrera —bromea.
Así que terminamos en el parque, pasándonos el balón bajo una farola, con el frío justo como para que se nos vea el aliento al respirar. Él juega con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta y yo empiezo a arrepentirme de no haber cogido una más gruesa.
Durante unos minutos hablamos de su equipo. De un central nuevo que corre poco, pero manda mucho, y del entrenador que cambia el sistema cada vez que pierden. Callum me devuelve el balón con el interior del pie y tarda un rato en levantar la cabeza.
—¿Papá sabe que has venido? —pregunto.
—No.
—¿Se lo vas a decir?
—Supongo. No sé, quizá cuando vuelva.
Seguimos pasándonos el balón hasta que lo detiene bajo el pie.
—¿Te acuerdas de aquel sábado que marcaste tres goles? —pregunta de pronto.
—He marcado tres goles más de un sábado, no te creas.
—El que luego estuviste casi dos horas con el vídeo porque papá tenía el día torcido y se empeñó en que lo habías hecho todo mal.
Ahora sí sé a cuál se refiere.
Recuerdo bien ese día, las broncas, un par de jugadas que vimos tantas veces que acabé llorando a pesar de que había llegado a casa contentísima tras marcar un hat trick. Aunque ahora que lo pienso, eso era algo bastante normal; salir de un partido contenta y acabar llorando.
—Te encerraste en tu habitación, no sabes de la que te libraste —le recuerdo.
Callum niega con la cabeza.
—Estaba en el coche —corrige, devolviéndome el balón.
Lo dejo quieto bajo la suela.
—¿Qué?
—Me dijo que esperase allí, que enseguida nos íbamos a mi partido. Tenía doce años.
—¿Y te quedaste allí todo el tiempo? ¿Las dos horas? —pregunto confusa.
—Hasta que salió. Luego llegamos tarde al partido, claro, y me dijo que explicase al entrenador que había sido todo culpa mía. Ese día no jugué —añade, encogiéndose de hombros y desviando la mirada hacia el otro lado del parque.
—Podías haber entrado.
Me arrepiento en cuanto lo digo.
—Ya. Perdona. Claro que no podías.
Le devuelvo el balón demasiado flojo y tiene que acercarse para alcanzarlo.
—No te lo cuento para que te sientas mal —aclara.
—Pues me siento fatal de igual modo —reconozco.
—No fue culpa tuya, Noa.
Nos quedamos un momento sin jugar. Él mueve el balón de un pie al otro, despacio, y yo me froto las manos porque se me han quedado heladas.
Siempre he sabido que mi padre le hizo daño, más que a mí, eso seguro. Lo que no sé es cuánto. Entre nosotros hablábamos de sus comentarios como quien habla del mal tiempo: nos quejábamos, pero cambiábamos de tema antes de que las cosas se pusiesen demasiado serias.
—¿Sigue diciéndote que eres una decepción? —pregunto.
Callum suelta una pequeña risa sin ganas.
—Ahora lo dice de otras maneras. Que con lo que se ha esforzado por mí podría haber llegado mucho más lejos. Que no sabe en qué se equivocó conmigo. Es más o menos lo mismo, pero sí, para él he sido una gran decepción.
—Se equivocó en cómo nos trataba. ¿Los cuadernos siguen en casa de mamá en Kent?
Callum asiente, da un toque al balón y me lo manda.
—Allí siguen. A veces pienso que debería quemarlos, al menos los míos. Quizá tú un día quieras leer los tuyos.
—No, no pienso leerlos, pero no los quemes.
No sé por qué me cuesta tanto desprenderme de algo que ni siquiera quiero leer.
—Me alegro de que le dejases las cosas claras a papá en esa comida —murmura, cogiendo el balón y haciéndome una seña hacia el apartamento.
—Me temblaban hasta las rodillas —admito.
—Ya. A mí también me habrían temblado. A lo mejor un día consigo decírselo yo —dice bajito mientras caminamos hacia el portal.