Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 21
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Capítulo 21

Jordan

Desde que tuvo la conversación con su padre, Noa ha mejorado una barbaridad, en todos los sentidos.

Duerme bien y juega mejor. Lo más extraño de todo es que incluso habla más con su padre después de dejarle las cosas claras.

La observo jugar desde la grada, con Mireya a mi lado, que hoy grita más fuerte que nadie porque ha dejado a la niña con la abuela.

Lo que no le he contado todavía es que la agenda de mi consulta de Capitol Hill sigue teniendo demasiados huecos libres.

O que me estoy quedando sin ahorros. O que echo de menos sentirme parte de este equipo con todo lo que ello supone.

Los continuos viajes con las chicas, las sesiones de los jueves con Iris que no eran terapia, pero que le venían muy bien.

Los consejos a Jade. Incluso las broncas de Drummond recordándome que todas las jugadoras debían rendir al máximo.

No puedo decir que me arrepienta de haber dimitido, sigo creyendo que hice lo correcto, pero duele. Duele igual que si me arrepintiese.

Esa tarde, antes de que llegue Noa, abro el cajón de abajo de la cocina. La carpeta ha engordado un poco: ahora son dos cartas certificadas en vez de una. Y también hay una fecha subrayada en rojo; la de mi declaración.

Esa noche, mientras pongo la mesa, no puedo aguantar más y se lo empiezo a contar.

—La consulta de Capitol Hill no funciona —reconozco—. Me estoy quedando sin ahorros y…

—Yo gano dinero de sobra para las dos —me interrumpe.

—¡No!

—Hacemos una cuenta compartida y ya está, Jordan —insiste.

—Me busco la vida yo sola desde los dieciséis años. No pienso dejar que empieces a pagar tú ahora.

Sé que lo dice de buena fe, que su cuenta bancaria ni siquiera notaría mis gastos, pero es justo lo que no quiero.

Alguien llama a la puerta a mitad de la conversación.

Abro sin mirar por la mirilla, porque solo hay una persona en mi vida que llama con dos golpes cortos y uno largo.

Beth se planta delante de mí, con una bolsa de viaje al hombro y el pelo más corto que la última vez que nos vimos.

Deja la bolsa junto a la puerta, pasa por delante de mí y abraza a Noa como si la conociese de toda la vida.

—Así que hoy has marcado tú —le dice, sujetándola un momento por los brazos para mirarla antes de abrazarla de nuevo—. Me lo ha contado el taxista, con repetición de la jugada y todo.

Se sienta a la mesa con nosotras y tengo que sacar otro plato.

Mi hermana es así, viene y se va sin avisar.

Supongo que bastante normales hemos salido, teniendo en cuenta la madre que nos ha tocado.

Nos habla de que por fin ha conseguido una buena casa de acogida para el niño ese al que le había cogido cariño y de la manía de su pareja de no sacar nunca la basura o dejar las toallas tiradas en el suelo del baño.

—Tengo el hotel a diez minutos de aquí —dice cuando le ofrecemos quedarse en el sofá—. Prefiero no interrumpir lo que sea que hagáis por las noches —bromea, alzando las cejas—. Mañana desayunamos. Las tres, y pago yo, que para eso estoy de visita.

Más tarde, ya casi a oscuras en la cocina, termino la conversación que mi hermana cortó.

—Quiero tener independencia económica —digo, quitándome las gafas para limpiarlas con un trapo—. No es que no crea que esto vaya a durar. Es que quiero pagarme mis propios gastos, y ya está.

—Lo sé.

—Noa, para ti pagar mis gastos no sería nada. Para mí, poder pagarlos yo es todo —admito, secándome una pequeña lágrima que se me escapa—. Y también echo de menos las Emeralds —reconozco.

Noa no trata de darme ánimos ni consejos. Se sienta en la encimera, frente a mí, con los pies colgando, y me deja terminar.

—¿Te arrepientes? —pregunta, al final.

—No, no me arrepiento, porque me ha permitido ser tu pareja.

—Pero has hecho un sacrificio enorme. No creas que no te lo agradezco.

No añade nada más. Se baja de la encimera y me abraza muy fuerte.

—Te he puesto perdida la camiseta de lágrimas —murmuro contra su cuello.

—Se me ocurre algo con lo que me lo puedes compensar, y tiene que ver con tu lengua en cierta parte de mi cuerpo —responde, y la noto sonreír contra mi pelo.

Me coge de la mano y tira hacia el dormitorio sin decir nada más. Por el camino va dejando caer una sandalia, luego la otra.

***

Me quita las gafas con cuidado y las deja en la mesilla. Le cuestan más los botones de mi blusa: con las prisas, se le resisten los dos últimos y suelta una palabrota tan británica que no tengo ni idea de lo que significa.

—Para ser tan buena con los pies, se te dan fatal los botones —me río.

—Cállate, idiota —protesta, tirando de la manga.

La blusa termina pronto en el suelo, seguida del sujetador. Ella se quita la camiseta de un tirón y el pelo se le queda alborotado. Me tumba en la cama y me besa la clavícula, luego cada costilla, bajando despacio, hasta que llega a la cadera y se detiene ahí un momento a mirarme.

—¿Estás bien?

—Mejor que en toda la semana —admito.

Me separa las piernas con las manos, hunde la boca entre ellas y yo cierro los ojos y me agarro a las sábanas.

—No pares —suplico entre jadeos.

Mete un dedo despacio, luego otro, buscando ese ritmo perfecto que sabe que me vuelve loca, con su lengua en mi clítoris llevándome casi hasta el orgasmo para, a continuación, detenerse.

Mira hacia arriba entre mis piernas. Sonríe y continúa.

Se detiene de nuevo cuando ve que estoy a punto, vuelve a sonreír y a la tercera, tras amenazarla si lo vuelve a hacer, me corro con los dedos hundidos en su pelo y su nombre en los labios, los muslos temblando alrededor de su cabeza.

—¿Ves cómo es mejor que te haga sufrir un poco? —bromea—. Luego es más intenso.

Cuando recupero el aliento, tiro de ella hacia arriba, la beso y la coloco debajo de mí.

—Mi turno.

—Esto no va de turnos...

—Cállate —la corto.

Mueve las caderas contra mis dedos hasta que me incorporo un poco, levanto una de sus piernas y siento su sexo deslizándose contra el mío, un roce que me deja sin respiración. Noa cierra los ojos, gime con la boca abierta y, en ese instante, me parece la mujer más hermosa del mundo.

Nos quedamos enredadas, sin aliento, con las sábanas hechas una bola a los pies de la cama. Ella dibuja círculos en mi espalda con un dedo, sin prisa.

—Eso ha sido un diez —sisea antes de besarme—. Pero ahora te vas a tener que esforzar mucho para no bajar la nota —añade entre risas.

Fuera ha dejado de llover. Ni me había dado cuenta de que estaba lloviendo.