Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 20
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Capítulo 20

Noa

Observo a Iris hablando con Jordan en la barra cuando Lina me coge de la mano y me arrastra al centro de la pista de baile.

—Uno, dos, tres. Otra vez —cuenta en voz baja, muy seria, con los ojos clavados en mis pies.

—Vaya, se te da mejor que a mí —le digo.

Lo intento otra vez. Ella cuenta hasta tres, niega con la cabeza y empieza de nuevo desde el principio, sin piedad.

—¿Quién te enseña a bailar tan bien? ¿Alguna de tus madres? —le pregunto.

—Las dos. Pero mamá Holland lo hace mejor.

—Eso no se lo digas a Natalia, que es brasileña y allí se supone que todo el mundo sabe bailar.

—Ya se lo he dicho —admite muerta de risa.

A unos metros, Iris, que ya ha acabado con Jordan, le grita a Tina.

—¿Esto es una boda o un funeral con reguetón?

Tina entorna los ojos mientras pone una nueva canción.

Iris protesta, pero sale a bailar igual, con los brazos por encima de la cabeza.

La madre de Mireya me llama cuando estoy descansando.

—Lo pintó mi marido, hace treinta años ya —dice, señalando con el dedo índice hacia el escudo del club.

Es un escudo sencillo. Un balón, dos estrellas y las siglas del club. No es nada especial, pero cuando se suelta y empieza a contarme cómo enseñaron a Mireya a jugar pienso en lo mucho que me habría gustado tener un padre así.

Cuando la música empieza a hacerse más lenta, me encuentro a Jordan sentada con una copa de champán sin tocar al lado.

—¿Estás bien?

—Solo estoy cansada. Ha sido un día largo.

—Esta noche conduzco yo —le digo—. Llevas toda la tarde con cara de sueño.

***

Se queda dormida contra la ventanilla en cuanto entramos en la autopista.

Cuando llevamos una hora de trayecto, llueve un poco y el asfalto brilla bajo los faros.

Enciendo la calefacción, aunque no hace frío, y bajo la música para que duerma mejor.

Le coloco también una chaqueta por encima de las piernas y ella ni se entera.

Si no hay tráfico, nos quedan unas cuatro horas hasta llegar a Seattle.

Poco más tarde se remueve un poco.

—¿Cuánto falta? —pregunta, sin abrir los ojos del todo.

—Poco. Ya casi estamos, duérmete otra vez.

No estamos ni a la mitad.

La radio sigue encendida, muy baja, con una emisora de jazz que no habría elegido si fuese sola.

Mientras conduzco, regresa a mi memoria la pregunta de Amara en su consulta. ¿Juegas por ti, por tu padre o por el equipo?

La repito para mí misma, palabra por palabra, como si repasase una jugada.

No la contesto. No me atrevo a hacerlo.

***

El mensaje que todas estábamos esperando nos llega unas semanas más tarde, a la una de la mañana, por el chat del equipo.

Una foto en una habitación de hospital. Mireya en la cama, cansada, pero con una sonrisa de oreja a oreja.

La niña recién nacida en sus brazos, su diminuto puño cerrado sobre la bata de hospital y Hades sentada junto a ellas.

Le han puesto a la pequeña una bufanda de Aura Valley para la foto, no de las Emeralds. No sé qué pensará Drummond de eso.

—Qué guapa —suspira Jordan, inclinándose para besarme.