Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

Jordan

El sobre lleva desde ayer en el fondo de mi bolso, sin abrir. Llegó por correo certificado y no había nadie en la casa cuando pasó el cartero. Tuve que ir a la oficina de correos y firmar para recogerlo.

Nada más leer el remitente, se me cortó la respiración. Junta Estatal de Psicología.

No son más de tres líneas. Habla de una denuncia anónima, de una posible relación inapropiada con una de las jugadoras del club mientras yo trabajaba para las Emeralds. No da más datos, solo indica que se abre una investigación preliminar.

Lo tengo que leer varias veces. Por mucho que me imagine a qué se refiere, sigo sin creérmelo o entenderlo.

Después lo doblo por la misma raya y lo guardo en el cajón de abajo de la cocina.

Noa nunca lo abre, porque ahí solo hay pilas sueltas y cables antiguos que no sirven para nada.

Cierro el cajón con la rodilla y me lavo las manos a pesar de que no las tengo sucias.

Mientras me visto para la boda, pienso sin querer en la fecha del escrito y cuento hacia atrás. El padre de Noa todavía seguía en la ciudad.

***

Las sillas plegables no combinan entre sí.

La mayor parte de ellas son azules, pero hay una hilera entera de color verde jardín que tiene pinta de que las han sacado de algún trastero.

A nadie de Aura Valley parece importarle.

Las mesas las han colocado directamente sobre el campo de tierra, con manteles blancos cuyos bordes empiezan a mancharse de polvo.

El escudo del club preside la fachada del vestuario. Lo dibujó el padre de Mireya hace treinta años y nadie lo ha renovado. Hades pasa junto a él antes de ir a la mesa principal, lo toca con la punta de los dedos y sigue caminando.

Antes de sentarse, acaricia el vientre de Mireya y la sonrisa que le dedica es lo más tierno que le he visto desde que la conozco.

En cada una de las dos porterías han colocado un gran lazo blanco y en una de las gradas todavía cuelga un cartel que pone “SE RUEGA SILENCIO, ESTAMOS ENTRENANDO”.

—Mireya Guerrero aprendió a jugar aquí, en este campo de tierra, con botas de segunda mano, mucho antes de que nadie hablase de traspasos récord —le cuenta Iris a quien quiera escuchar, como si el mérito fuese suyo o no lo supiésemos ya.

Se me hace raro estar aquí. Durante los seis años que he estado en las Emeralds, casi todo el equipo ha pasado alguna vez por mi consulta.

Hoy soy tan solo una invitada a una boda.

Noa ni siquiera ha venido conmigo en el coche, la ha traído Iris en moto, y debo reconocer que hasta que no las vi llegar, casi no me atreví a respirar.

—Comed, que hay de sobra —dice la madre de Mireya, dejando una bandeja de aperitivos frente a nosotras.

Ha venido toda la comunidad de Aura Valley y varias de sus antiguas compañeras lloran sin parar.

Iris parece que se contagia y se pone a llorar mientras Hades lee los votos, aunque trata de disimular.

—Es el polen, Inglesa. No me mires así —dice, secándose una lágrima con el reverso de la mano cuando se da cuenta de que Noa no deja de mirarla sorprendida.

Wesley elige el momento de mayor silencio para preguntarle a Lina si ya se puede empezar a comer las aceitunas y todo el mundo se ríe menos sus madres.

La ceremonia termina entre aplausos y el ruido de las sillas plegables arrastrándose sobre la tierra.

Drummond llega justo para la celebración y se va pronto; da un pequeño discurso, eso sí. Supongo que no puede evitarlo.

Mientras los camareros empiezan a repartir platos de costillas a la brasa, Zoe se sienta un momento a mi lado, con Wesley acurrucado contra su hombro, a punto de quedarse dormido.

—Todavía no sé qué voy a hacer con el contrato —dice, sin mirarme, sirviéndose agua—. Puede que firme un año más, solo un año, y luego ya veremos.

—¿Lo tienes claro?

—No tengo nada claro —suspira.

En los postres, Natalia Costa, la jugadora brasileña, levanta su copa hacia Noa.

—La banda de Mireya está en buenas manos —grita desde el otro extremo de la mesa.

Las dos llegaron a este equipo de fuera, sin conocer a nadie, y ahora forman parte de la misma familia.

Antes de los brindis, veo que Paula se acerca a Iris y le dice algo al oído, deprisa, sujetándola por la muñeca. Iris pone los ojos en blanco, pero asiente.

—Vale —dice, y se levanta con la copa en la mano.

—Buah, esto no se me da nada bien, que conste, y Paula me acaba de pedir que no llore, así que ya empezamos mal —anuncia mientras media mesa se ríe—.

Jefa, desde que juego en este club casi no te he visto sonreír, ni siquiera cuando ganamos la liga.

Este año sonríes casi dos veces por semana, las llevo contadas, no te creas.

Mireya, cuida a la jefa, que este año nos riñe menos.

Y, bueno, eso, que os quiero mucho a las dos y nada más —concluye, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.

Se sienta y trata de disimular al tiempo que Paula le aprieta la rodilla por debajo de la mesa.

—Lo has hecho bien —le susurra.

—Ya, ya lo sé, si yo nací para dar discursos —bromea con la voz todavía un poco rota.

Al atardecer, Noa y alguna otra jugadora ya se han quitado los tacones y caminan descalzas, con los zapatos colgando de dos dedos.

—Los pies te lo van a agradecer —le aseguro.

—Los pies, sí. El vestido, no tanto —ironiza, señalando la parte baja que se ha empezado a poner de color marrón.

Sonrío y le aparto un mechón de pelo que se le ha pegado. Ella cierra los ojos y busca mi caricia. Por debajo de la manga del vestido le asoma un rasguño del último partido que todavía no ha terminado de curar.

—Hoy tengo que fingir que no tenemos nada y se me da fatal —reconozco.

—Prácticamente lo sabe todo el mundo, Iris no es muy buena guardando secretos —me recuerda entre risas.

Con el sol ya bajo, Tina hace de DJ y pincha música a todo volumen.

Una parte del campo de fútbol se convierte en pista de baile donde se mezclan las actuales compañeras de Mireya y las antiguas, junto con medio pueblo de Aura Valley.

Paula baila con Iris. Un poco más allá, Zoe y Tessa dan vueltas con Wesley.

Jade trata de seguir unos pasos que ha aprendido con la misma concentración con la que lo hace todo, pero no baila con la misma facilidad con la que juega al fútbol y el resultado es horrible.

Nosotras también salimos a bailar, a la distancia correcta como para que nadie tenga que apartar la vista, su mano en mi hombro y la mía en su cintura, aunque Iris nos dice que corra el aire al pasar a nuestro lado.

—Te la quito solo cinco minutos —le dice a Noa, cogiéndome del brazo y llevándome hacia la barra donde me planta una cerveza en la mano sin que yo la pida.

—Iris, creo que no estás en condiciones de volver conduciendo a Seattle —le recuerdo.

—Buah. Deja de ser mi psicóloga cinco minutos —protesta—. La moto la va a conducir Paula o puede que nos quedemos a dormir aquí, todavía no lo hemos decidido. Por cierto, mis sesiones con Valeria no son lo mismo, pero no le digas que he dicho eso.

—Prometo no decírselo.

—Te veo bien —dice, girando la cerveza sin beber—. Mejor que nunca. Y me alegro mucho por ti, bueno, y también por la inglesa, claro.

Luego hace un brindis imaginario hacia la pista de baile, donde Lina intenta enseñarle a Noa unos pasos y me aprieta la mano una sola vez, fuerte y rápido, como lo hace casi todo.

***

Recogemos hacia las once, cuando ya solo queda el grupo de siempre apurando las últimas cervezas junto a la barra. Tina baja un poco el volumen de la música. Alguien comienza a apilar las sillas verdes. Paula se lleva a Iris, rodeando su cintura, hacia un hotel cercano.

—Esta noche conduzco yo —me dice Noa, quitándome las llaves del coche—. Llevas toda la tarde con cara de sueño.

No discuto. Me dejo caer en el asiento del copiloto y apoyo la cabeza contra la ventanilla mientras las luces de Aura Valley empiezan a quedarse atrás.

Me quedo dormida en cuanto entramos en la autopista.