Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

Noa

Cuando llego al restaurante, mi padre ya ha pedido. Dos platos, y ninguno de ellos algo que yo habría elegido. Y lo peor de todo es que sabe perfectamente que yo no los habría elegido, porque para algo es mi padre.

—Llegas tarde —protesta, sin levantar la vista de su libreta.

—Tres minutos.

—Tres minutos es tarde cuando el resto llega a la hora —insiste.

Guarda la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta, el gesto de siempre, y desdobla la servilleta sobre las piernas antes de tocar el tenedor.

Durante un buen rato comemos en silencio, solo se escucha el murmullo de las conversaciones de las otras mesas y el sonido de los cubiertos contra los platos. Parecemos dos perfectos desconocidos.

El restaurante también lo ha elegido él, a pesar de ser la primera vez que pisa Seattle. Incluso la mesa, junto a la ventana, con vistas a una calle peatonal.

—¿Sigues yendo al campo de las juveniles los sábados?

No me interesa lo más mínimo, pero de algo tenemos que hablar.

—Alguien tiene que enseñarles a defender bien.

Ni siquiera es una respuesta a lo que le pregunto.

—¿Has hablado con Callum esta semana? —pruebo, solo por decir algo.

Deja escapar un bufido que no se molesta en disimular mientras pincha una patata con su tenedor.

—Le mandé un análisis de su último partido. No sé para qué sigo insistiendo, ese chico cada vez juega peor, no sé lo que hice mal con él.

—No te preguntaba por fútbol, papá.

No levanta la vista del plato.

—¿Le has llamado, aunque sea? La semana pasada fue su cumpleaños.

—Ya te he dicho lo del análisis —insiste, limpiándose la boca con la servilleta.

Pongo los ojos en blanco mientras corto un trozo de pescado y decido cambiar de tema.

—¿A mamá la ves algo?

Se encoge de hombros y corta otro trozo de carne.

—Eso no es un sí ni un no.

—Es lo que hay, Noa.

—¿Y tú, qué tal estás? En serio, papá.

No contesta. Aparta la vista hacia la barra un segundo.

—Papá.

—Come, que se enfría —dice, señalando mi plato con el tenedor.

Hace una señal al camarero para que retire su plato, ya vacío, y yo dejo de intentar tener una conversación normal. Ya debería saber que ocurriría esto.

—El sábado te vi salir del estadio acompañada —dice de pronto.

Se me queda mirando. No pregunta con quién, aunque lo sabe perfectamente porque incluso ha hablado con ella, así que sigo comiendo y no contesto.

—Contra línea de cinco ya no te quedas pegada a la banda más tiempo del necesario —dice al fin—. Pero sigues sin soltar el balón a tiempo cuando te doblan. Pierdes varias ocasiones por partido. Aquí nadie te lo dice porque no te exigen lo suficiente.

Por un momento pienso que me ha hecho un halago y casi me atraganto con el agua.

Luego viene el “pero”, debí haberlo esperado.

Aun así, poquísimas veces en mi vida ha reconocido que hago algo bien y lo primero que pienso es que, a los veintiséis años, sus comentarios me siguen haciendo el mismo daño que cuando era una niña.

Por un segundo estoy a punto de preguntarle si es consciente de que soy una de las mejores jugadoras de la liga, de esta o de la anterior. Me freno antes de darle la satisfacción de discutir.

Deja el cuchillo sobre el borde del plato, con el filo hacia dentro, y espera.

Desde que tengo uso de razón, hace eso; se me queda mirando y espera a que yo intente justificar por qué he hecho una u otra jugada para luego rebatirlo y dejarme con los ojos llenos de lágrimas.

Hoy no se lo voy a dar. Hoy le voy a dar otra cosa muy diferente, porque llevo dos sesiones ensayando las frases con Amara.

No soy tan tonta como para creer que he perdido el miedo, pero creo que me hará bien soltarlo.

Así que cojo aire y me seco las manos en el pantalón antes de empezar.

—Papá, no voy a discutir si lo que hiciste conmigo y con mi hermano fue o no fue maltrato psicológico —suelto, casi sin respirar—. Lo hecho, hecho está y eso ya no lo podemos deshacer.

La voz se me quiebra hacia el final de la frase y necesito beber dos tragos de agua que hubiese preferido que fuesen de whisky. Los dedos me tiemblan un poco alrededor del cristal. Lo dejo en su sitio muy rápido, para intentar que no se note.

Él espera. En la mesa de al lado, alguien pide la cuenta. Yo, mientras tanto, trago saliva y busco las fuerzas necesarias para continuar.

—Te digo lo que necesito —continúo—: que vuelvas a casa y que, si tienes que mandarme algún mensaje, sea algo positivo o algo típico de un padre, no sé, un “te echo de menos” o algo así. No puede ser muy difícil, incluso para ti.

—Muy bonito, veo que la psicóloga esa con la que te estás acostando es muy buena influencia para ti.

Sabe muy bien cómo hacerme daño, eso debo reconocerlo.

Cierro el puño bajo la mesa y el pulso se me dispara, pero debo terminar con esto de una vez.

—Tengo una entrenadora y es ella la que decide si debo cambiar algún aspecto de mi juego. No tú. En realidad, tú nunca tuviste ese derecho, te creíste que lo tenías solo por ser mi padre.

Ahora alza las cejas y me mira con desprecio y yo sigo comiendo hasta terminar el plato, porque no pienso irme con hambre por él.

—No habrías llegado a nada sin mis consejos —gruñe cuando estoy a punto de pedir el postre.

Y así, sin más, se levanta de la mesa y me deja sola.

Pido el postre de igual modo. Un pastel de limón que me como despacio, saboreándolo, mirando de vez en cuando la silla que se ha quedado vacía delante de mí.

—¿La comida estaba bien? —pregunta el camarero mientras retira el plato de mi padre.

—Sí, es que tenía mucha prisa y se tuvo que ir —disimulo.

***

Esa misma tarde reviso al doble de velocidad varios partidos. A continuación, llamo por teléfono a Hades.

—Mi padre vio una cosa en mi juego —digo, antes de que me pregunte qué quiero—. Me gustaría saber si es verdad.

—Lo es —admite cuando se lo cuento—. No lo hemos trabajado porque hay cosas mucho más urgentes. Noa, siempre hay algo que mejorar en cualquier jugadora, incluso en una tan técnica como tú.

Me quedo con el teléfono pegado a la oreja, esperando que añada algo más.

—Tu padre sabe mucho de fútbol —añade—. Pero eso no le da ningún derecho a nada más. Y saber mucho de fútbol tampoco le haría un buen entrenador.