Capítulo 17
Jordan
El sábado, en el partido, me siento junto a Mireya en la grada, tres filas por detrás del banquillo. Abajo, Noa hace la vuelta de calentamiento con las rodillas altas y solo mira hacia la grada cuando pasa frente a mí.
A él, no tardo en verle.
Unos minutos después del pitido inicial, me fijo en un hombre que mantiene la espalda demasiado recta, con un cuaderno pequeño apoyado en la rodilla en el que apunta cosas cada vez que Noa toca el balón.
Y ya no puedo disfrutar del encuentro porque cada vez que Noa entra en juego, me fijo en la reacción de su padre en vez de en lo que ocurre en el campo. Mireya se da cuenta y me pregunta si le conozco. Le explico quién es y menea la cabeza.
Cuando termina el partido, la grada se vacía poco a poco, con familias que llevan banderines enrollados y niños que no quieren irse.
Yo bajo hacia la puerta por la que suelen salir las jugadoras tras la ducha, donde siempre espero a Noa, y él ya está allí.
La espera apoyado contra la barandilla, como si llevase toda la vida plantado en ese mismo lugar.
—Tú eres la psicóloga —dice haciendo un gesto hacia mí con la barbilla en cuanto me ve—. Necesito saber lo que le ocurre a mi hija, si está en condiciones de jugar, porque no me gusta lo que veo.
—Ya no trabajo para este equipo —me disculpo, levantando las manos—. Y yo diría que está jugando muy bien.
—Obviamente no tienes ni idea de fútbol —me suelta.
Me encojo de hombros, no me apetece nada ponerme a discutir en estos momentos.
—En cualquier caso, eso serían datos totalmente privados —le recuerdo—. Aunque siguiese dentro del club, no podría hablar de ello.
—Soy su padre —me corta.
—Y Noa es una mujer adulta.
No insiste.
Escribe en su cuaderno algo que no consigo ver desde donde estoy y lo cierra con el dedo índice marcando la página, como si quisiese recordar que todavía tiene que apuntar alguna cosa más.
—Esa entrenadora no tiene ni puñetera idea —gruñe al pasar a mi lado antes de marcharse sin ni siquiera saludar a su hija.
Noa sale del vestuario diez minutos más tarde, con el pelo todavía mojado y la bolsa de deporte al hombro.
—¿Qué pasa? Tienes una cara rara —pregunta extrañada.
—Acabo de tener una breve conversación con tu padre.
—Joder, lo que faltaba —bufa.
—Ya, esta noche te lo cuento con calma. Aquí no.
Asiente, y cruzamos el aparcamiento a medio metro la una de la otra, como marca nuestro acuerdo, aunque me coge la mano en cuanto cierra la puerta del coche, y solo la suelta para arrancar.
Le vemos al pasar, junto a un coche al fondo del aparcamiento, mirándonos fijamente, pero sin hacer un solo gesto. Si no lo supiese, jamás diría que es su padre.
—No me puedo creer que te haya dicho eso —se queja cuando le cuento la conversación al llegar a casa.
—Solo para que quede claro, no pienso hablar con nadie de temas personales como tu salud.
Ni siquiera con tu actual psicóloga deportiva.
Y yo no soy el cauce adecuado para decidir si el sistema de Hades es bueno o es malo o si tú estás jugando bien.
Que además todo el mundo dice que lo estás haciendo de maravilla —añado.
—Para mi padre nunca juego bien —admite con mirada triste, encogiéndose de hombros—. Siempre ha sido así, desde que era una niña. Si pudiese conseguir la perfección absoluta, todavía le parecería poco. Al menos no me repite constantemente que he sido una gran decepción como hace con Callum.