Capítulo 16
Noa
La primera alarma suena a las siete y diez. La segunda justo seis minutos más tarde, como si Jordan no se fiase de su capacidad para levantarse a la primera. Llevo dos semanas durmiendo casi todas las noches en su casa, aunque conservo mi piso de Belltown, y todavía no consigo acostumbrarme.
Por la mañana, riega las plantas siempre en el mismo orden. Primero la más alta, la que no ha florecido en tres años. Después, las dos macetas del alféizar. La última, la que está junto a la televisión.
A veces, cuando quiere romper el silencio, tiene la manía de contar un chiste malo y tarda un tiempo en reírse ella misma. He aprendido a esperar ese pequeño instante para reírme yo también, o al menos para sonreír.
Compartimos el mismo bote de gel y ahora huelo a chicle de fresa cuando salgo de la ducha.
Por supuesto, Iris lo ha notado y ha tenido que hacer su típico comentario.
Si no tiene prisa, a Jordan le gusta preparar el desayuno desnuda y me vuelve loca verla.
Ya he recibido dos avisos de Hades por llegar tarde y eso que yo solía ser la persona más puntual del mundo.
Esta mañana la pillo escribiendo en una libreta pequeña, de tapa negra, apoyada en la encimera mientras prepara el café.
—¿Qué apuntas? —pregunto, sin darle mucha importancia mientras busco los cereales en el armario de la cocina.
—Datos.
—¿Datos de qué?
—De ti no, eso seguro.
Lo suelta tan rápido y con la cara tan seria que prefiero no seguir preguntando. A continuación, cierra la libreta y la guarda en el cajón de siempre, el segundo de la cómoda del pasillo. Yo finjo que no me doy cuenta.
***
Por la tarde, el entrenamiento vuelve a salir de maravilla. En el partidillo doy dos asistencias y meto un gol por la escuadra. Hades no dice nada, pero pita el final casi diez minutos tarde. Eso, a su manera, significa que le gusta lo que ve.
Zoe me choca la mano de camino al vestuario.
—Se te ve distinta —dice, sin más explicación.
—Serán los suplementos que me recetó tu mujer —respondo, encogiéndome de hombros.
En el vestuario, Iris me abraza por detrás antes de que empiece a quitarme la ropa.
—Buah, Inglesa, estás jugando de maravilla últimamente. Se te ve... —hace una pausa demasiado larga para su ritmo habitual—, contenta. Bueno. Eso. Que se nota que alguien te hace feliz por las noches —añade muerta de risa.
Y se va antes de que pueda preguntarle qué ha querido decir con esa pausa.
***
Mi padre llama a las diez de la noche, mientras estoy en el sofá viendo un documental, con la cabeza apoyada en las piernas de Jordan. Me empieza hablando de una de las chicas del filial antes de saludar.
—Todo el mundo insiste en que se convertirá en una gran estrella y no soporta la presión —gruñe, chasqueando la lengua con desprecio.
No habla de mí, pero el pulso se me dispara de igual modo y no tiene nada que ver con que Jordan haya colado una mano por debajo de mi sujetador. He escuchado esa misma crítica de su boca en demasiadas ocasiones.
Sigue cinco minutos más quejándose de la pobre chica y le tengo que decir a Jordan con un gesto que no es un buen momento para que juegue con mis pezones.
—¿Y tú qué tal? —pregunta al final—. ¿Has visto el análisis que te envié del último partido?
No me gusta nada el esquema de tu entrenadora, todo el equipo parece jugar para esa tal Iris Vance, para que marque más goles.
Tienes que asumir riesgos y dejarte ver en los partidos.
Eres mucho mejor que ella y lo único que haces es darle asistencias.
A este paso vas a acabar con la peor racha goleadora de tu carrera.
—Estoy bien. Todas mis compañeras me han facilitado mucho adaptarme —respondo. Prefiero no explicarle que somos un equipo y lo importante son los resultados, no quién marca más goles.
—Por cierto, llego el próximo jueves —añade, dejándome sin palabras.
Cuelga de manera abrupta, como siempre. Sin que me dé tiempo a preguntar a qué narices viene.
Desde que tengo uso de razón, es como si estuviese enfadado con el mundo.
Mi hermano dice que todavía le duele no haber llegado a jugar en un equipo profesional y echa la culpa a sus entrenadores y al universo en general.
Ahora solo sabe ver los errores de la gente, pero no los aciertos.