Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 15
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Capítulo 15

Jordan

Al día siguiente, Noa viene a mi casa por primera vez. Se queda parada en el umbral más tiempo del necesario, mirando el pasillo, luego mis zapatos junto a la puerta, a continuación, otra vez a mí, como si esperase permiso.

—Pasa, no te quedes ahí parada como un monigote —digo, haciéndome a un lado para dejarla entrar.

Me hace gracia porque no parece saber dónde poner las manos. Las mete en los bolsillos, las saca de nuevo, las frota en el pantalón. Luego se va hacia mis plantas, toca las hojas de algunas de ellas con la punta de los dedos y se detiene frente a la más alta.

—¿Y esta?

—Esa lleva tres años sin dar una sola flor. No sé qué hacer con ella, he probado de todo —reconozco.

Sigue hasta la estantería, de nuevo deslizando la punta de los dedos por los lomos de los libros.

—Está todo demasiado ordenado —murmura—. ¿Es un sistema o una enfermedad?

—Supongo que un poco de las dos cosas —admito—. ¿Quieres beber algo? Tengo té o whisky. Nada intermedio. Bueno, agua del grifo.

—Whisky. Después de la semana que llevo, no me vendrá mal. Con una piedra de hielo, por favor.

La cocina es pequeña, del tamaño justo para una persona, y cuando subo el brazo para coger la botella del estante se me queda el antebrazo entero a la vista.

Noa lo mira, pero no pregunta nada en ese instante.

Se queda sentada sobre la encimera un rato, haciendo girar el hielo en su vaso de whisky, con los tobillos cruzados, hasta que la curiosidad puede más.

—¿Qué dice? —pregunta al fin, señalando con la barbilla el tatuaje.

Le enseño el antebrazo entero. Una frase breve: “No te rindas nunca”.

—Me lo hice a los dieciocho —le explico antes de que ella pregunte—. Antes de irme a la universidad. Tengo una historia complicada con mi madre, algún día te la contaré con calma. Es el único que tengo en caso de que te lo estés preguntando.

Para mi sorpresa, se baja de la encimera y me sujeta por la muñeca. A continuación, tira de mi brazo hacia arriba y besa las letras del tatuaje. Cuando levanta la cabeza y me mira, se me acelera el corazón.

—Se hace tarde y no hemos empezado a preparar la cena.

—Podemos pedir algo. Ayer me dijiste que viniese con hambre, pero no especificaste que debía ser de comida —bromea, guiñándome un ojo.

Ahora sí que se me acelera el pulso. No me esperaba que fuese tan directa, o quizá es que llevo tanto tiempo sin una relación que ya no sé qué esperar. Así que dejo mi vaso de whisky en la encimera, al lado del suyo, y los dos se quedan ahí toda la noche, olvidados.

***

En el dormitorio, me quito las gafas con torpeza antes de besarla y una de las patillas se me queda colgando de la oreja. Noa se ríe contra mis labios y me acaricia los pómulos con suavidad.

—¿Estás nerviosa o eres así de manera habitual? —ironiza muerta de risa.

—Creo que las dos cosas —reconozco—. Quizá deberías saber que llevo bastante sin estar en una relación, me parece que ya te lo dije, y…

—Vamos al ritmo que tú necesites —susurra rozando mi cuello con la punta de la nariz.

—¿Estás bien? —le pregunto—. ¿Tienes frío? ¿Quieres que apague la luz?

Noa me tapa la boca con la mano.

—En el coche, tras mi crisis, me dijiste que aquel día te tocaba escuchar. Hoy toca que te cuiden.

Me quedo con las manos a medio camino. Las bajo, las subo. Noa me las coge y las coloca en su cintura.

—Relájate, ¿vale? —sisea—. O no. Lo que tú prefieras. Y para que conste: estoy bien, no tengo frío y la luz se queda —añade.

Me suelta la goma del pelo de un tirón torpe que me hace reír, y lo suelta con los dedos hasta que me cae por los hombros.

—Llevaba semanas queriendo verte así —murmura.

Me quita la blusa sin prisa, luego el sujetador, y yo hago lo mismo con su ropa. Después me desabrocha el pantalón y sus manos, siempre frías, se cuelan por debajo de la tela.

Sin las gafas el mundo se acaba a un palmo de mi cara, pero hoy a un palmo de mi cara está ella: las pestañas, la boca, la clavícula, sus pechos rozando los míos. La luz sigue encendida y me alegro de no haberla apagado, porque es preciosa.

La cicatriz de su rodilla aparece de pronto bajo mis dedos. Una línea pálida que no había visto antes. La recorro con la punta de los dedos, luego con los labios mientras ella se ríe y me acaricia el pelo.

—Esa no es la parte en la que me gustaría tener tu boca, pero bueno —bromea mientras acaricia con el pulgar las letras de mi tatuaje.

Cuando me tumba y empieza a cubrir de besos mi cuerpo, las costillas, el ombligo, la cadera, se me corta la respiración.

Se coloca entre mis piernas y, al sentir su lengua, me agarro a las sábanas.

—No pares —suspiro.

Me escucho decirlo y me sorprendo a mí misma. Y Noa no para. Me corro con una mano enraizada en su melena, con sus dedos todavía dentro de mí, los muslos temblando contra sus hombros, y tardo un buen rato en soltarla.

Al recuperar el aliento, la empujo despacio hacia la almohada y ella se deja. Le beso los pechos, recorro sus pezones con la lengua y voy descubriendo poco a poco lo que consigue hacerla gemir.

Se balancea sobre mis dedos, moviendo las caderas, echando la cabeza hacia atrás hasta que llega al orgasmo con mi nombre en sus labios.

—¿Y esto qué nota tiene? —le pregunto, todavía sin aliento.

—Un nueve —responde—. Pero solo porque hay que dejar un margen de mejora.

Después nos quedamos tan quietas que se escucha la lluvia otra vez, al otro lado de la ventana, como si hubiese estado esperando su turno todo este rato. Quizá alguien tendría que levantarse a por agua, o a apagar una luz, pero ninguna de las dos se mueve.