Capítulo 14
Noa
El lunes juego suelta. No sabría explicarlo mejor: cada vez que la pelota me llega, sé de inmediato qué hacer con ella.
—Buah, Inglesa, traes una cara rarísima —bromea Iris mientras se acerca y baja la voz para que solo yo lo escuche—. ¿Qué tal ayer? ¿Esa sonrisa es que habéis…? Ya sabes…
—Estuvo bien, pero no hicimos nada y, aunque lo hubiésemos hecho, no te lo contaría —le aseguro.
—Yo no digo ni una palabra, lo juro por mi vida, que es lo que tengo más a mano.
—Iris.
—Ni una palabra —insiste mientras se lleva dos dedos a los labios y hace el gesto de cerrar una cremallera.
Le dura cuatro minutos, porque cuando Hades pita el rondo, la escucho desde el otro lado del círculo preguntarle a Zoe si ha visto lo contenta que está hoy “la inglesa”.
***
El martes, en la sesión de terapia, se lo cuento a Amara como prometí.
—Hay una persona —admito, aunque me sale más torpe de lo que había previsto, casi con miedo—. Jordan Hayes. La psicóloga que dejó el club en el que juego.
Amara sonríe y asiente. No pide detalles.
—Gracias por contármelo. Es importante, lo iremos mirando —dice, y sigue con la terapia.
Cuando se acaba la hora, me detiene cuando ya estoy a punto de salir por la puerta.
—¿Juegas por ti, por tu padre o por el equipo? —dice de pronto—. Es importante que lo pienses y encuentres una respuesta a esa pregunta.
Trago saliva.
Fuera, la campanilla de la tienda de bicicletas suena dos veces.
***
El jueves quedo a comer con Jordan en su consulta de Capitol Hill.
Deja los tápers sobre la mesa auxiliar y se queda de pie, con la espalda pegada a la pared.
Doy un paso hacia delante y rozo su mandíbula con los nudillos mientras ella cierra los ojos.
Huele a champú de coco y por algún motivo, en ese momento se me pasa por la cabeza que es un olor que no pega con lo ordenado que lo tiene todo.
Deslizo la mano por su cuello y suspira, entreabriendo los labios mientras mi otra mano se cuela por debajo de su blusa.
Justo entonces suenan dos golpes cortos y uno largo en la puerta.
Se separa tan rápido que casi tropieza y la puerta se abre sin esperar permiso. Entra una mujer con su misma mandíbula, un poco más baja que Jordan, que me mira de arriba abajo mientras cuelga un abrigo en el respaldo de la silla.
—Ah, tú eres la jugadora —dice a modo de saludo.
—Beth, esta es Noa.
—Ya lo sé, sale en la tele —responde su hermana, poniendo los ojos en blanco.
Jordan se ruboriza y sale un momento a buscar un vaso de agua que nadie le ha pedido, dejándonos a solas. En cuanto se cierra la puerta, Beth se sienta en el borde de la mesa y me clava la mirada.
—Necesitarás bastante paciencia con ella. Es muy inteligente, pero no es buena con las relaciones. No te va a pedir nunca nada, tendrás que adivinarlo por tu cuenta. Pero si te quiere, dará su vida por ti.
***
El viernes, en la camilla, Tessa me hunde los pulgares en el trapecio derecho y silba por lo bajo.
—Esto está blando, sin tensión acumulada por primera vez en no sé cuántos meses.
No pregunta el motivo, porque estoy segura de que lo sabe. Me pesa antes de irme y apunta algo en mi ficha con una sonrisa.
—Has recuperado los kilos, eso está bien. Y duermes mejor. Se te nota en la cara —añade.
Le doy las gracias, pero justo antes de salir por la puerta me detiene.
—Noa, hace un mes que Recursos Humanos cerró el expediente de Jordan.
Pusieron que no había pasado nada porque era la verdad.
Si ahora te ven aparecer con ella del brazo por el complejo deportivo, ese “no pasó nada” quizá genere algunas dudas.
Y la que se juega la licencia es ella, no tú.
Así que dentro de las instalaciones del club, mucho cuidado —me advierte.
***
El domingo, a mediodía, Jordan sube a mi piso por primera vez, a comer. Fuera llueve sin parar. Se presenta con una maceta pequeña entre las manos, envuelta en papel de periódico.
—Es un esqueje de una de mis plantas, es muy fácil de cuidar, no te preocupes —dice, supongo que al ver la cara de espanto que pongo—. Además, no te ofendas, pero tu piso necesita algo vivo.
Miro los muebles grises que el club compró para amueblarlo y el cuadro de la ola que no significa nada, y pienso que quizá tiene razón, aunque no lo reconozco en voz alta.
Lo que sí hago es enseñarle lo que más me gusta de este piso: si te pegas al cristal, en la esquina de la derecha, se ve un trozo de la bahía.
Comemos en la barra de la cocina. Jordan se ríe de mi versión de la pasta, que se me ha pasado un poco. Y, tras recoger los platos, vamos al salón y le cuento lo que me dijo Tessa antes de salir, porque ya no puedo más.
Jordan escucha con las manos apoyadas sobre las rodillas.
—Tiene razón —reconoce.
—¿En serio? —protesto, levantándome del sofá porque necesito moverme—. Llevo toda la vida escondiendo cosas en vestuarios. Los ataques de ansiedad. Las críticas de mi padre. Toda la vida. ¿Y ahora que por fin tengo algo bueno también hay que esconderlo?
—Yo no he dicho que tengamos que esconderlo, solo que estoy de acuerdo con Tessa en lo que se puede hacer dentro de las instalaciones del equipo.
Son dos cosas distintas. Al menos hasta que se acabe la temporada habría que poner algunos límites.
Nada en el complejo, yo ni entro en él. En el estadio, yo en la grada, como una aficionada más: ni túnel de vestuarios ni zona mixta.
A los actos del club llegamos por separado, si es que me invitan a alguno.
Hasta que acabe la temporada —repite, haciendo una pausa—.
Fuera de eso, se lo cuentas a quien quieras. No es ningún secreto.
—Hasta que acabe la temporada —murmuro—. Ni un día más.
Antes de seguir hablando, cojo el móvil y abro una conversación con Callum. Nunca hablamos de nada que no sea fútbol o de mi padre desde hace años.
Yo: He conocido a alguien.
Callum: ¿Lo sabe papá?
Yo: No.
Callum: Si te distraes y baja tu rendimiento, te va a matar.
—Esto es un ejemplo del tipo de conversaciones que tenemos en mi familia —admito, mostrándole la pantalla a Jordan.
No hace ningún comentario, solo da unos golpecitos en el sofá para que me siente a su lado. Después ponemos un documental sobre un asesinato en algún pueblo pequeño. En el minuto diez, señalo al vecino de la casa de al lado como culpable.
—Es él. Siempre es el vecino —le aseguro, señalando con el dedo índice.
En algún momento dejamos de mirar la pantalla. Empieza como un beso y pronto se convierte en otra cosa.
Recorro su cuello, sintiendo cómo traga saliva. Le paso los dedos por debajo de la blusa y se le pone la piel de gallina. Y mientras siento su respiración entrecortada junto a mi oído, pienso que ir poco a poco es la peor idea que hemos tenido.
Tengo tres botones de su blusa desabrochados, sus pechos prácticamente al aire y mis labios en su clavícula cuando el narrador del documental anuncia con voz solemne que las pruebas de ADN no dejan lugar a dudas de que el asesino era el vecino de la casa de al lado.
—¿Ves? Te lo dije, estaba segura de ello —murmuro, intentando no reírme.
—Te mato —gruñe Jordan.
—Lo siento —me disculpo—. La próxima vez apagamos la tele.
Niega con la cabeza y entorna los ojos. Se aparta, le cuesta un poco, pero lo hace. A continuación, coloca un mechón de pelo detrás de mi oreja y besa mi frente.
—Mañana te invito a cenar en mi casa. Quizá sea un buen día para quedarte a dormir, ya lo decidimos sobre la marcha. Nada de televisión, ya te aviso —bromea.
—¿Quieres que lleve algo?
—Hambre.