Cinco cosas que veo (Seattle Emerals 5) Capítulo 13
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Capítulo 13

Jordan

El domingo me planto frente a la entrada del Space Needle veinte minutos antes de la hora, con las entradas impresas en papel y grapadas dentro del bolso.

Me refugio bajo el toldo de la entrada y las saco de nuevo para comprobar la hora. Creo que es la cuarta vez que lo hago. Quedan diecisiete minutos y no sé qué hacer con las manos.

Noa aparece un buen rato más tarde entre la gente, con una sudadera oscura bajo el abrigo y el pelo mojado por la lluvia. Me saluda desde lejos y, a continuación, baja la vista para esquivar un charco mientras se aparta un mechón de pelo húmedo de la frente.

—Hola, ¿llevas mucho esperando? —saluda cuando llega donde estoy.

—Qué va, acabo de llegar —miento.

En cuanto sonríe, se me borra el guion que había preparado. Tengo las entradas en el bolso. La reserva hecha. Un plan entero que anoche me pareció muy buena idea… y ahora me quedo en blanco.

—Sabes que puedes llevar las entradas en el móvil, ¿verdad? —bromea al ver que las tengo en la mano.

—Es por… por si falla el teléfono.

—Ah, vale. Y las has grapado y todo, por si una se escapaba corriendo —ironiza, poniendo los ojos en blanco.

—No te rías —protesto.

—No, no, si solo estoy admirando tu capacidad para organizar una sencilla actividad turística.

—También he reservado mesa para cenar. Por si… por si te apetece más tarde, he oído que es un buen sitio y…

Ahora sí se ríe. Una risa preciosa, con la cabeza echada un poco hacia atrás.

—Tranquila, ya me avisó Iris de que lo planificas absolutamente todo —dice, cogiéndome del brazo para ponernos a la cola.

Y entonces se desata el caos. Aparece un equipo de niñas de unos doce años, quizá dieciséis o diecisiete de ellas, con algunas madres que tratan de mantenerlas juntas, todas vestidas con el mismo chándal.

—¡Mira, mira, es Noa Reeves! —grita una de ellas y todas se nos quedan mirando literalmente con la boca abierta. Bueno, ellas y una gran parte de las personas que hacen cola.

—Parece que soy yo, sí —admite Noa, encogiéndose de hombros—. ¿Cómo te llamas?

—Sophie.

—Sophie, ¿y vosotras? —pregunta, girándose hacia las demás.

Responden en cascada, tanto que algunos de los nombres son imposibles de escuchar.

Noa repite varios en voz alta. La cola se detiene, las crías se colocan junto a ella para una foto, primero en grupo, luego unas pocas, más tarde de una en una.

Algunas personas protestan y tenemos que dejarlas pasar.

—¿Nos haces una foto, por favor? —dice una de las niñas, plantándome su móvil en la mano.

Luego otra y otra más.

Desde el fondo de la cola llega corriendo una niña pequeña con coletas, seguida de su madre, que trata de alcanzarla.

—Yo también juego al fútbol —dice, colocándose frente a Noa.

—¿Ah, sí? ¿De qué juegas?

—De defensa, pero lo hago fatal.

Noa la mira un momento y sonríe.

—¿Qué hiciste bien en tu último partido?

La niña frunce el ceño.

—Nada.

—Algo harías bien.

—Perdimos cuatro a uno.

—Bueno, se puede perder y jugar bien. Eso pasa mucho.

La niña se mira las zapatillas. Luego suelta, muy bajito, que le quitó el balón a la delantera cuatro veces.

—¿Ves? Pues ya tenemos al menos cuatro cosas que hiciste bien —dice Noa—. La próxima vez empiezas por ahí.

La niña asiente con una enorme sonrisa y se gira hacia mí.

—¿Y tú de qué juegas? —pregunta.

—Yo de nada. Yo hago las fotos.

Se encoge de hombros y se va con su madre mientras yo sigo sacando fotos con cualquier móvil que me ponen en la mano, observando de reojo cómo la cola avanza y nosotras seguimos en el mismo lugar.

Mientras tanto, me separo de ella tres metros para no estorbar y que quepan todas en el encuadre. Noa deja de sonreír un instante.

—Habrá que retrasar la reserva de la cena —murmuro cuando por fin se acaban las fotos.

—No vamos a subir.

—Ya he comprado las entradas —protesto.

—Lo sé. Están grapadas.

—¿No te apetece?

—Me apetece estar contigo —responde—. El sitio me da bastante igual, la verdad —añade mientras se mete las manos en los bolsillos del abrigo y mira hacia la calle—. ¡Vamos a coger el ferry!

***

En el barco, cancelo la reserva de la cena y nos sentamos junto a una ventana salpicada de lluvia mientras observamos cómo la ciudad se queda atrás.

—¿Por qué dimitiste? O más bien, ¿por qué desapareciste tras dimitir? —suelta de pronto—. La verdad, porque me dijiste que no era ético y, en cambio, aquí estamos, en una cita. Me gustaría saber qué ha cambiado y no me repitas todo eso de que dirigías el programa de salud mental y bla, bla, bla.

Desvío la mirada hacia los edificios que vamos dejando atrás y suspiro.

—Está bien, me sentí atraída por ti desde el primer día, pero creo que nos acercamos más en el peor momento posible.

Estabas en el suelo de unas duchas con un ataque de ansiedad y yo fui la persona que se quedó contigo y te llevó a casa.

Me preocupaba que pudieses confundir lo que sentías en ese momento.

Ya sabes, gratitud, sentirte cuidada en un momento difícil con…

—¿Con deseo? —me interrumpe.

—Sí.

Noa mira las gotas de lluvia en el cristal. Luego me mira a mí. A continuación, saca su móvil, desbloquea la pantalla, busca algo en las notas y me lo entrega.

Es un borrador de mensaje con mi nombre arriba.

“Muchas gracias por recomendarme la cafetería. Tenías razón, el flat white es muy bueno. Creo que la diferencia está en que calientan bien la leche, porque cuando se pasa de calor cambia el sabor y queda demasiado dulce, aunque supongo que esta explicación no te interesa”.

—¿Cuándo lo escribiste?

—En marzo. Dos semanas antes de lo de las duchas.

Deslizo hacia abajo y hay otras dos versiones del mismo mensaje. Una se limita a darme las gracias. La última intenta hacer un chiste sobre la máquina de café que hay en uno de los pasillos del complejo deportivo donde entrenan las Emeralds. Todos están sin enviar.

Levanto la vista.

—¿Escribiste tres versiones del mismo mensaje?

—Estaba nerviosa —se disculpa.

—¿Por mí?

—No, Jordan, por la leche del flat white. Claro que por ti, joder. Venías a verme en los entrenamientos y siempre se me iba la mirada. No estoy tan rota —dice a continuación, ahora poniéndose muy seria—. Estuve mal, pero sé perfectamente la diferencia entre gratitud y deseo.

***

A la vuelta, cuando embarcamos desde Bainbridge, ya es de noche y en cubierta no hay nadie.

El viento tira la lluvia de lado. Seattle brilla al fondo, los edificios reflejados sobre el agua. El Space Needle se levanta a lo lejos.

Noa se pega a mi brazo.

—Desde aquí se ve mejor —me susurra al oído.

Tengo las gafas llenas de gotas de lluvia. Intento limpiarlas con la manga, pero Noa me las quita para hacerlo ella. Sin gafas, la ciudad se convierte en manchas de luz.

—Necesito ver —le recuerdo.

—No para esto.

Me acaricia la mejilla con la punta de los dedos. Los tiene helados.

Y mi corazón se vuelve loco. El frío de la cubierta desaparece: solo noto que su respiración hace nubecitas que se borran antes de llegar a mí o que sus dedos siguen acariciando mi mejilla. Me resulta raro ser yo quien se mueva primero, porque nunca lo hago, pero esta vez no puedo esperar.

El beso no dura nada. Me pongo muy nerviosa, mi nariz choca con la suya, me disculpo y Noa se ríe contra mis labios.

—Suelo besar mejor —le aseguro, sintiendo que se me pone roja hasta la punta de las orejas.

—No importa, podemos repetir. Ya sabes, por motivos científicos, para comprobar esa afirmación —dice antes de besarme.

Esta vez sale más natural. Noa me sujeta por la cintura con una mano y tira de mí hasta que no queda hueco entre nuestros abrigos. Tiene los labios fríos del viento, pero tardan poco en dejar de estarlo.

Cuando nos separamos, mi mano continúa en su nuca y ella tiene los ojos cerrados y una sonrisa preciosa.

—Ese ha estado mucho mejor —murmura—. Te doy un siete.

—¿Solo un siete?

—Ya sabes, siempre hay que dejar margen para mejorar.

***

Del muelle a su portal tardamos bastante más de lo necesario. En el último cruce, Noa me coge de la solapa y me besa antes de que cambie el semáforo.

Cuando llegamos, casi ha dejado de llover, mete la llave en la cerradura, se gira y apoya la frente sobre la mía.

—¿Subes?

Quiero decir que sí antes de que acabe la pregunta. Pienso en sus manos frías colándose por debajo de mi ropa. Se me van los ojos al ascensor, detrás del cristal, y vuelven a su boca.

—Otro día. Creo que es mejor así —digo muy bajito.

—Eso me suena.

—Ya, es por hacerlo bien.

—Esa frase también me suena.

—Quiero ir poco a poco. Y no quiero que algo que me ha costado el trabajo empiece con las dos decidiendo a lo loco, por muchas ganas que tengamos, y te juro que yo me muero de ganas.

Noa baja la vista a mi chaqueta y alisa la tela que me ha arrugado.

—Está bien, pero no vayas demasiado poco a poco, ¿vale? —dice con un guiño de ojo.

—Una cosa más. Creo que tu psicóloga debería saberlo.

—¿Me pones deberes en nuestra primera cita? —pregunta antes de entrar en el portal.

Regreso caminando hacia mi coche, pero no pasan ni cinco minutos antes de recibir un mensaje de texto.

Noa: todavía me debes una cita en el Space Needle.