Capítulo 12
Noa
—Hemos terminado con la parte en la que necesitas una sesión por semana —dice la doctora Osei con una sonrisa—. A partir de ahora, nos vemos cada quince días. Estoy muy orgullosa de ti —añade.
Su taza sigue en el mismo lugar en el que estaba en la sesión anterior, medio llena y supongo que ya fría. No sé si es una persona muy maniática o si tiene el café ahí de adorno.
—¿Cómo llevas todo lo demás?
Todo lo demás. Una manera elegante de no mencionar ningún nombre.
Aquel día. El coche de Jordan alejándose bajo la lluvia en el aparcamiento y el teléfono sonando en el bolsillo.
La llamada de mi padre. En esa llamada no me preguntó por mí o por el equipo.
Estaba más interesado en discutir sobre una jugada de nuestro último partido.
Más concretamente, sobre todas las cosas que hice mal en aquella jugada.
Me dijo que en este club no me exigen lo suficiente.
Colgué yo primero. Nunca lo había hecho.
Me quedé allí, de pie bajo la lluvia, con el teléfono apretado contra el pecho.
Y en ese instante decidí ir a buscar a Jordan.
En el coche, con la lluvia salpicando el parabrisas antes de encender el motor, le doy vueltas en mi cabeza, una vez más, a lo de Jordan.
Dimitió a pesar de que no había absolutamente nada entre nosotras y me sigue pareciendo algo excesivo.
¿Podríamos haber llegado a algo? Desde luego, por mi parte sí.
Y ahora tengo bastante claro que por parte de ella también, porque si no, no hubiese tomado esa decisión.
Iris me asaltó un día mientras tomaba el café y me dijo que a Jordan le temblaban las rodillas cada vez que estábamos cerca.
Bueno, utilizó una imagen con otra parte del cuerpo, pero eso es típico de Iris.
Incluso me pasó una dirección en un papel doblado, escrita a boli y subrayada dos veces, y me hizo jurar que no diría a nadie de dónde la había sacado.
Cuando llamo al timbre del despacho de Capitol Hill, Jordan me abre la puerta con el teléfono todavía en la mano, sorprendida, como si fuese la última persona del mundo que esperaría encontrarse frente a ella.
—Fue Iris —digo a modo de explicación, señalando el papel con la dirección.
—Ya, por supuesto que ha sido Iris —suspira, poniendo los ojos en blanco y negando con la cabeza.
Se hace a un lado para dejarme pasar y me encuentro con la consulta de psicología más impersonal que he visto en años, y eso que he estado en muchas.
—Te he traído algo de comer, me han dicho que es tu favorito —anuncio mientras levanto la bolsa de un restaurante japonés en el que he parado antes de venir.
Jordan levanta las cejas con sorpresa.
—Guau, has hecho los deberes —bromea con una sonrisa.
Nos sentamos juntas en un sofá pequeño, las rodillas casi tocándose, y coloca una diminuta mesa delante de nosotras.
—¿Podemos tener una conversación como dos mujeres adultas? —suelto sin más preámbulo en vista de que se me queda mirando.
—Sería bueno, sí —admite.
—Ya no estás en el club —digo, mientras abro los tápers—. Me gustaría saber por qué. La verdad.
Se lo piensa más tiempo del necesario mientras se muerde el labio inferior y desvía de manera instintiva la mirada hacia la ventana, ruborizándose un poco.
—Joder, Jordan, la respuesta no puede ser tan difícil. Supongo que antes de tomar la decisión de dimitir lo habrás pensado mucho —insisto.
—Está bien. Sentía algo por ti… siento —corrige—. No es ético.
—¿No es ético? Creo que no nos acostamos, porque estoy segura de que lo recordaría si lo hubiésemos hecho. No me tocaste una teta, ni siquiera nos besamos. Lo único que hiciste fue cogerme de la mano. Nada más.
—Sigue sin ser ético.
—Vale, ¿qué te parece si empezamos desde cero?
Y esta vez con mejor pie —bromeo—. Hola, soy Noa Reeves, futbolista profesional, y me gustaría conocerte mejor.
No quiero asustarte, pero a veces tengo ataques de ansiedad, aunque eso es más problema de mi psicóloga actual que tuyo, ya que no tienes nada que ver con mi club.
—No es tan sencillo —dice Jordan, apartando los palillos del táper—. Fueron seis años de trabajo a los que renuncié por hacer las cosas bien. No creo que puedas convencerme en cinco minutos.
—Nadie ha dicho nada de convencerte. —Le acerco mi táper—. Toma, un rollito. Considéralo un soborno de poca monta.
—Sigue siendo convencerme, Noa.
—Vale, pues no te convenzo. Pero cómete el rollito, que si no lo hago yo y luego me arrepiento.
—Eso ha sonado a chantaje —bromea sin poder esconder una sonrisa.
—En Inglaterra lo llamamos negociación.
—Eres tonta, Noa. ¿Eso es humor inglés? Porque parece que fue Iris la que te preparó la frase. Sí, yo también quiero conocerte mejor, o tener una cita o lo que sea, ya ves que estoy un poco oxidada, llevo bastante sin tener una relación —admite.
El plan era pasar por su despacho para hablar un rato y comer rápido, pero dos horas más tarde seguimos allí, con los tápers vacíos sobre la mesa y su portátil abierto mientras vemos una película un poco cursi a la que ninguna de las dos prestamos mucha atención, aunque nos la vemos entera.
Por la ventana, entre los tejados, se ve un trozo de la aguja del Space Needle, una punta de metal contra el cielo gris de Seattle mientras empieza a oscurecer.
—Nunca he subido —admito.
—Yo tampoco, y llevo aquí seis temporadas.
—Pues sería un buen lugar para una cita —propongo, dándole un pequeño golpecito en el hombro.
Se hace de noche mientras hablamos de todo y de nada. De mi hermano, de un entrenador de cuando era una cría que me hacía llorar de risa y que a mi padre le parecía muy poco profesional. De su familia.
Al salir a la calle, caminamos sin paraguas porque a ninguna de las dos se le ha ocurrido traer uno. Jordan no acelera el paso ni busca resguardarse bajo los toldos: camina como si la lluvia no fuese con ella.
—¿No te importa mojarte?
—Depende del día —dice—. Hoy no.
En un semáforo, sin decir nada, me coge la mano y se le queda una sonrisa tonta, pero que me encanta.
Caminamos así las cuatro manzanas que quedan hasta su casa, su mano fría y la mía más fría todavía, y en algún momento todo se desdibuja y pierde importancia, solo me fijo en el tacto de sus dedos entre los míos.
—Deberías vivir más lejos —bromeo cuando llegamos a su portal.
Jordan mira mis labios antes de mirarme a los ojos, y aparta la vista tan rápido que casi no me da tiempo a darme cuenta.
—Te has ruborizado —murmuro.
—Supongo que no quieres… —dice, haciendo una torpe seña con el dedo hacia el edificio.
—Otro día, todavía me debes una cita de verdad —respondo con un guiño de ojo.